Lucho Mellera lleva cerca de 18 años dedicado al stand up y todavía se sorprende cuando llega el domingo y recuerda que al día siguiente no tiene que regresar a una oficina. Antes de vivir de la comedia estudió psicología, se formó en publicidad y trabajó durante cinco años en distintas agencias. Hasta que un compañero descubrió antes que él cuál podía ser su verdadera vocación y le sugirió que tomara clases de comedia.Hoy sus espectáculos, con muy buena repercusión en redes sociales, lo llevan por la Argentina, México, Colombia, los Estados Unidos y España. Esa expansión le permitió hacer menos funciones, aunque en escenarios cada vez más grandes, pero también lo mantiene conectado permanentemente con el trabajo. “Aunque te guste, sigue siendo trabajo”, suelen recordarle quienes lo rodean.En medio de las giras y a punto de cumplir 42 años, Mellera aceptó un nuevo desafío: conducir Enfrentados, el programa que se estrenará el domingo 13 de septiembre, a las 20, en la señal de streaming Olga. En cada episodio, dos grupos con miradas opuestas se sentarán frente a frente para conversar. El objetivo, aclara, no será alimentar el conflicto, sino encontrar puntos en común. —¿Cómo vivís este momento de tanto trabajo?—La verdad es que no trabajo más que antes. Fuera de la comedia trabajaba muchas más horas y, cuando empecé a hacer stand up, también hacía más funciones que ahora. Por suerte hoy puedo hacer menos porque son en teatros más grandes. De todas maneras, me doy cuenta de que trabajo todo el tiempo. Como lo disfruto, es muy fácil confundir el placer con el trabajo y a veces necesito que mi entorno me recuerde: “Esto, aunque te guste, es trabajo”. Estoy muy feliz, agradecido e intentando honrar la posibilidad que tengo de llegar a más gente. —¿Te cuesta apagar el “modo trabajo”?—Sí, lo tengo prendido todo el tiempo. No necesariamente estoy haciendo algo concreto, pero siempre estoy disponible. No tengo mails ni mensajes de WhatsApp atrasados. Puede escribirme un productor de cualquier lugar del mundo, en un horario distinto al de la Argentina, y de repente estoy contestando a las dos de la mañana. Disfrutarlo es mi excusa, pero trato de manejarlo bien. Estoy muy “terapiado” y la idea es no quemarme.—¿Quiénes te ayudan a poner un límite?—Sobre todo Poli, mi novia, que es con quien más tiempo paso. Ella me hace dar cuenta de que esto también es trabajo. Estamos juntos desde hace aproximadamente diez años, así que vio todo el proceso: cuando hacía shows principalmente en la Argentina, después en países limítrofes y ahora en México, Colombia, Estados Unidos o España. Las giras las organizamos juntos para tratar de coincidir lo máximo posible. Ella tiene un trabajo de oficina tradicional, me acompaña hermosamente en lo mío y yo intento acompañarla en lo suyo. —Tu humor se nutre mucho de la vida cotidiana. ¿Seguís anotando situaciones o ya tenés el radar incorporado?—Las dos cosas. El radar de comediante está siempre encendido. Cuando aparece algo que puede tener madera para llevarlo al escenario, lo registro. Después, cada tanto, me siento y trabajo en un nuevo guion. Con los años vas desarrollando un criterio y también aprendés cuáles son tus capacidades y tus limitaciones. Hay comediantes con una preparación actoral mucho mayor que la mía, que pueden hacer cosas más performáticas. Yo voy más desde el texto, desde un humor que intenta desafiar intelectualmente. No sé si siempre lo logro, pero es lo que me divierte. View this post on Instagram —¿Qué conservan tus espectáculos de aquel Lucho que recién comenzaba?—La esencia es la misma: una persona que mira el mundo como si todo fuera una novedad, como un extraterrestre que llega a la Tierra y observa las cosas por primera vez. Me parece un buen ejercicio para un comediante. La diferencia es que pasaron 18 años, viví nuevas experiencias y cambió mi actitud sobre el escenario. Al principio todo era miedo y aventura. Con el tiempo generás anticuerpos, entendés a qué te podés enfrentar y lo transitás con mayor firmeza. Pero me sigo divirtiendo muchísimo.—¿El Lucho del escenario es distinto del de la vida privada?—Sí. El comediante es una caricaturización y una exageración de ciertos rasgos de mi personalidad. Son partes mías, pero yo no soy completamente así porque sería insostenible para mí y para mi entorno. Me bajo del escenario y se termina: en mi vida soy mucho más tranquilo, callado y reservado.—¿Cómo nació tu vínculo con el humor?—Creo que vino instalado en mi sistema operativo. En todos los grupos de los que formé parte, en el colegio, el trabajo o el club, siempre sentí la necesidad de hacer reír. Ese era mi rol. Un día empecé un curso de stand up, subí al escenario y entendí que la gente podía comprar lo que yo le proponía. Seguiré haciendo esto hasta que me lo prohíban o hasta que se den cuenta.—¿Imaginabas que el stand up podía convertirse en tu medio de vida?—No, porque en esa época prácticamente no había comediantes en la Argentina que vivieran exclusivamente del stand up. Lo tomaba como un hobby, como la posibilidad de conocer desde adentro algo que me interesaba mucho. Mientras tanto trabajaba en una oficina de publicidad. Cuando la comedia empezó a tomar forma, entendí que, si realmente quería dedicarme a esto, en algún momento iba a tener que dejar la oficina. Di ese salto de fe y jamás me arrepentí.—¿Recordás cuándo tomaste esa decisión?—Empecé a fines de 2008 y aproximadamente en 2010 dejé la oficina. Todavía me parece una novedad. A veces se acerca el lunes y pienso: “Ah, es cierto que mañana no tengo que ir a una oficina”. Hay personas que disfrutan ese mundo y lo hacen muy bien. Yo no era bueno para eso, no me encontraba ahí. Al final del día me sentía angustiado y pensaba: “No sé qué quiero hacer, pero esto no”. De una manera medio mágica apareció la comedia.—¿Quién te impulsó a probar?—Un compañero de una agencia, Nico, me decía todo el tiempo que tenía que hacer stand up porque, cuando comíamos todos juntos, yo era una especie de bufón. Me puse a investigar, fui a ver a Fernando Sanjiao al teatro y pensé: “Quiero que este tipo me enseñe”. Me anoté en uno de sus talleres y, al final del curso, hicimos una muestra para familiares y amigos. Esa fue mi primera vez. Por suerte sigo en contacto con Nico, porque me dio la pista y me resolvió completamente la situación vocacional.—¿Sentís que actualmente el humor está condicionado por el miedo a ofender?—Si tenés claros tus principios y lo que pensás, no deberías tener miedo. Si querés quedar bien con todo el mundo, caés en una trampa porque nunca lo vas a lograr. Como comediante y como artista —porque para mí la comedia es arte— tenés que expresarte como sos. Si alguien no está de acuerdo, no te consumirá. El que quiere ofenderse siempre va a encontrar una excusa.—¿Alguna vez eliminaste un chiste porque sentiste que ya no podías decirlo?—Sí, pero no necesariamente porque me haya arrepentido, sino porque quizás ya no me representaba o me había cansado de decirlo. Uno crece y hay cosas que antes le causaban gracia y hoy ya no. No hace falta seguir insistiendo. Pero trato de no preocuparme demasiado por esta cultura del miedo al qué dirán porque te congela. Como sociedad aprendimos que hay cosas que no causan tanta gracia y que reírse de la víctima o del golpeado no está bueno. Echarle la culpa a eso porque no se te ocurre un chiste es una excusa: se puede hacer humor siendo humano.—¿Todavía existe cierto prejuicio hacia el stand up?—Siempre va a existir gente con prejuicios o con ganas de quejarse, pero el stand up tiene muchísimos años de historia. En la Argentina creo que se lo respeta. Que una persona invierta su fin de semana, su tiempo libre y su dinero para ir a ver un espectáculo es una muestra suficiente de respeto. No necesito la aprobación de ningún medio tradicional. Que la gente esté presente, escuche y se ría es lo único que necesito como comediante.—¿Cuál es el sueño profesional que todavía te queda por cumplir?—Siempre tuve un único sueño: vivir de esto. Puede parecer poco, pero es muchísimo. Vivir de tus ideas, pararte solo sobre un escenario, sin ninguna herramienta más que un micrófono, y que la gente te regale su atención es enorme. Después aparecen hitos: hacer estadios o arenas me parece una locura, pero mi sueño es seguir vigente, que a la gente le guste lo que hago y me siga dando ese rato de atención. Quiero continuar haciendo lo mismo que hago desde hace 18 años. Es así de simple y de complejo.—Ahora llega Enfrentados, tu nuevo programa en Olga. ¿Qué te sedujo de la propuesta?—Viajar y hacer más shows lejos hace que tenga menos tiempo tranquilo en Buenos Aires, en mi casa y con mi gente. A medida que tenés más exposición empiezan a proponerte distintas cosas y aprender a decir que no es muy importante, porque eso también delimita tu carrera. Pude darme el lujo de rechazar proyectos porque no eran para mí, no era el momento, no me interesaban o no me sentía capaz. Cada tanto aparece un desafío al que siento que puedo aportarle algo desde mis herramientas, y Enfrentados fue uno de ellos.—Por el título podría pensarse que estará centrado en la pelea.—La idea no es que estén enfrentados porque sean enemigos, sino porque van a estar frente a frente. Generalmente serán tres personas de cada lado, con posiciones opuestas, pero el objetivo será que puedan contar su mirada y, sobre todo, escuchar al otro. No quería hacer un programa de discusiones amarillistas porque de eso ya hay mucho. Buscamos saber si al final de cada episodio podemos encontrar uno o más puntos en común.—¿Qué ocurrió durante las grabaciones?—Me sorprendió que, cuando terminaban los episodios, los invitados se quedaban hablando entre ellos. Muchos incluso siguieron en contacto. Me pareció muy enriquecedor. —¿Hubo algún debate que te impactara especialmente?—No quiero spoilear demasiado, pero hubo un episodio de “cuna de oro versus cuna de barro”. Quienes habían crecido en situaciones más humildes tenían reflexiones muy profundas y también cosas duras para contar. Del otro lado los escucharon con respeto. En todos los programas hubo muy pocos momentos de tensión y me parece un triunfo porque hoy todo saca chispas. Para todo hay una grieta y, si no estás de mi lado, pareciera que sos mi enemigo. Estoy harto de eso. Encontrar un espacio donde todos podamos conversar desde posturas diferentes me pareció hermoso y refrescante.—¿Te preocupaba que alguna discusión se descontrolara o que una frase aislada se viralizara fuera de contexto?—Me preocupaba que no se entendiera el espíritu del programa o que alguien llegara con una actitud de pelea. Pero no sucedió. Incluso quienes podían venir con una posición un poco más combativa se calmaron cuando comenzó la conversación, porque todos tuvieron espacio para hablar y también para escuchar. Reinó el amor.—¿El humor puede ayudar a destrabar esas diferencias?—El humor es el mejor vehículo para comunicar cualquier cosa. Por eso me parece una pavada ponerle límites. Hacer humor con un tema no significa reírse de ese tema: puede servir para exorcizar el dolor que genera y transformarlo en algo hermoso, que es la risa. El humor es necesario y útil.