Cuando pensamos en agua por debajo de cero, lo normal es imaginar hielo. Pero un equipo internacional liderado por físicos de ETH Zúrich ha conseguido observar cómo cantidades diminutas de agua pueden frenar su movimiento hasta comportarse como un vidrio, un sólido desordenado en el que las moléculas quedan atrapadas sin formar la estructura ordenada del hielo.El truco ha sido confinar capas de agua de menos de un nanómetro entre estructuras hechas con fitantriol, un compuesto parecido a los lípidos. Así evitaron que se cristalizara al enfriarse y pudieron seguir un proceso que normalmente queda oculto porque el hielo aparece antes.Encerrarla entre lípidos permitió ver una transformación que suele quedar escondidaEn condiciones normales, el agua pura suele cristalizarse alrededor de los –45 ºC, lo que dificulta estudiar qué sucede a temperaturas aún más bajas. Los investigadores solucionaron ese problema atrapando una película de apenas unas tres moléculas de grosor entre capas flexibles que seguían móviles incluso con mucho frío. Después combinaron rayos X, neutrones y simulaciones para observar su estructura y movimiento.Lo que encontraron fue más complejo de lo esperado. Entre aproximadamente –63 y –20 ºC, el movimiento del agua se ralentizó dependiendo de cómo se observara. En algunos experimentos, el cambio más claro apareció entre –35 y –21 ºC. Al estudiar la estructura, en cambio, detectaron una transición vítrea entre –74 y –64 ºC. O sea, no existe una única temperatura a la que toda esa agua “se convierte en vidrio”.Además, el agua vítrea no tiene los cristales ordenados del hielo, sino una disposición desordenada, más parecida a la de otros materiales amorfos. El comportamiento recuerda a investigaciones sobre el llamado vidrio ideal, aunque aquí hablamos específicamente de agua confinada en un espacio extremadamente pequeño.Puede ser útil para conservar alimentos y material biológicoEl hallazgo no significa que podamos dejar una botella en el congelador y obtener un bloque de “vidrio de agua”. El efecto se observó en cantidades minúsculas y bajo unas condiciones muy específicas, diseñadas para impedir la formación de hielo. Su principal valor está en entender mejor qué hace el agua cuando queda atrapada en espacios diminutos, algo que también sucede en sistemas biológicos.Los autores de este estudio indican posibles aplicaciones en la conservación a temperaturas muy bajas. Evitar que aparezcan cristales puede ser importante al congelar células, tejidos u otros materiales biológicos, porque esos cristales pueden dañarlos. También podría aportar pistas para mejorar algunos procesos de congelación de alimentos, aunque todavía estamos ante una investigación prematura.El trabajo añade otra rareza a un material que todavía guarda muchas sorpresas pese a estar en todas partes. También demuestra cómo cambios mínimos en la estructura pueden alterar propiedades que damos por sentadas, igual que ocurre con los nuevos cristales para energía solar. En este caso, bastó con encerar unas pocas capas de agua para observar un estado que normalmente permanece escondido detrás del hielo.