Ulises, agotado después de años de naufragios y batallas, se repetía dos palabras para no rendirse ante la furia: aguanta, corazón. La frase aparece en el canto veinte de la Odisea, cuando el héroe, disfrazado de mendigo en su propia casa, contiene el impulso de estallar y espera el momento justo para actuar. Miles de años más tarde, esa misma frase le dio nombre a un proyecto artístico nacido en Buenos Aires, en el cuerpo y en las manos de una mujer que tuvo que aprender, casi a la fuerza, a esperar, a resistir y, finalmente, a crear de nuevo. Gabriela Gruszko pasó buena parte de su vida adulta entre oficinas, reuniones y planillas, hasta que un químico irrumpió en su rutina y la obligó a reconstruir, desde los cimientos, una identidad entera.“El arte es meditación en movimiento, el arte cobija”En su casa no sobraban los recursos ni la atención. Sus padres se separaron cuando ella tenía dos años y desde chica tuvo que arreglárselas con lo que había, en todos los sentidos. Esa escasez, dice hoy, “terminó afilando una curiosidad y una sensibilidad que encontraban material para crear en cualquier parte. Todo podía ser apto para algo”, resume. A los diez años entró a un local que vendía alfombras y empapelados, pidió los muestrarios viejos, consiguió unas cajas de cartón y con un poco de témpera armó una casa de muñecas entera. El modelado llegó por ese mismo camino, primero con plastilinas de la escuela, después con un paquete de crealina que le pidió a su madre cerca de una Navidad. Con telas, cartones, paja de escoba y papel tissue armó su primer pesebre. Tenía ocho años y todavía recuerda la emoción de terminarlo. “El arte es meditación en movimiento, te transporta y te transforma, el arte cobija -describe-. Es como si me sumergiera en una especie de vientre, me siento abrigada, plena, existiendo como corresponde que exista”.“No había un equilibrio entre mi persona, la mujer, y la mamá”Fue madre joven y debió hacerse cargo sola de su hija. Necesitaba un trabajo que le permitiera sostenerla y que además fuera rentable, y esa necesidad la llevó al ámbito corporativo, donde construyó una carrera de años, con distintos puestos y responsabilidades crecientes. La jornada se estiraba entre el trabajo y la crianza, sin espacio de por medio. “No había un equilibrio entre mi persona, la mujer, y la mamá”, cuenta. Durante mucho tiempo se convenció de que ese ritmo estaba bien, aunque algo, dentro suyo, pedía otra cosa.En marzo de 2025 alquiló un PH en Vicente López. La primera noche sintió un olor intenso que no la dejó dormir adentro y pasó horas en el patio, hasta que una tormenta la obligó a entrar. Al día siguiente le avisó al dueño, que negó cualquier problema con los materiales de la vivienda. Los días siguientes trajeron sarpullidos, una conjuntivitis sin causa aparente, ardor en la nariz y en la boca, y una inflamación en el pecho que crecía de forma sostenida. Un profesional de la construcción, consultado ante la falta de respuestas, dio con el diagnóstico casi de inmediato: ácido muriático, un químico altamente tóxico que impregnaba el lugar. Ocho días de exposición fueron suficientes para destrozar su salud. “Cada crisis es como un bombardeo -describe-. Empieza con un ardor y un entumecimiento externos, después la sensación de inflamación se mete para adentro y todo el cuerpo se empieza a quemar, literal, como si se incendiaran los órganos, las manos, los pies, la garganta. Con que pase una persona perfumada cerca, el humo de los autos, pasar por una vereda que estén baldeando, o la góndola del supermercado con productos de limpieza o perfumería, ya es terrorífico”.