Dura la cogida sufrida el día anterior por Roca Rey en San Martín de Valdeiglesias, donde se entretuvo en cortar un rabo. Ni se miró el peruano aquel varetazo, un latigazo de hierro que surcaba el muslo derecho, contundiendo la escotadura ciática y el músculo semitendinoso. ¿Quién dijo dolor? En el olvido quedó sepultado. Tocaba cumplir la cita pucelana, y el Cóndor voló alto. Muy alto. Se estiró a la verónica y se ralentízó por chicuelinas ajustadísimas. Y más apretado aún cuando se echó el capote a la espalda por gaoneras, en las que a punto estuvo de ser prendido. Había que tenerlos cuadrados para pisar ese terreno frente a la aspereza de aquel victoriano. Pero como lo imposible solo... Ver Más