Crecí en Hogwarts, pero la nueva serie de 'Harry Potter' me enfrenta a un dilema moral por las creencias de J.K. Rowling

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La respuesta a la pregunta de si deberíamos ver la nueva serie de Harry Potter no es tan difícil de hallar. Si J. K. Rowling, autora de la saga sobre el niño mago, destina su dinero a luchar contra los derechos de las personas trans, la razón más simple aplica: ver de nuevo la historia del niño que sobrevivió implica visualizaciones para HBO Max, que implica el éxito de la serie, que implica su renovación, que implica la generación de dinero, que implica más fondos para la escritora para seguir con sus actividades tránsfobas.La respuesta a la pregunta de si deberíamos ver la nueva serie de Harry Potter no es tan difícil de hallar, pero sí que es, sin embargo, extremadamente dura de aceptar cuando se involucra el sentimentalismo. ¿Cómo de racionales nos sentimos respecto a aquellos personajes junto a los que crecimos y que marcaron nuestra infancia y nuestra personalidad? Guiarse únicamente por la razón resulta más difícil cuanto más cercano a nuestra fecha de nacimiento en nuestra cronología vital se encuentra el tema a tratar.Los que son capaces de hacerlo sin pensar se preguntarán dónde está el dilema. Aunque el uso de la palabra "sentimentalismo" sea el correcto para referirse a aquello que se interpone entre la lógica y la acción (o, en este caso, la inacción), esta misma esta dotada, en ocasiones, de cierta connotación negativa. Se culpa al "sentimentalismo" de decisiones consideradas injustamente débiles solo por ser movidas por la emoción.Filósofos y guionistas de películas se han debatido siempre entre razón y emoción al ver actuar y decidir cómo deben proceder los humanos. Nos preguntamos a cuál de los dos deberíamos hacerle caso cuando, en realidad, la pregunta correcta, en este caso en concreto, sería más bien la siguiente: ¿cómo se lucha contra lo que eres? Si la postura racional es tan clara e implica la defensa de derechos fundamentales, ¿por qué, entonces, seguimos hablando de la polémica de J. K. Rowling y su nueva serie como un dilema moral?Nuestra vida en HogwartsLa escuela de magia y hechicería siempre ha sido nuestro lugar seguro. Acudimos a ella durante 10 años, desde 2001 a 2011, y caminamos por sus pasillos mucho antes, entre las páginas de sus libros. Las películas hicieron realidad un mundo de fantasía en el que los banquetes eran infinitos, los retratos eran unos cotillas, la hora de educación física se hacía en escoba y la profesora era un gato. Nos atrajo el imaginar como posible una escuela como aquella y nos quedamos por las historias reales que encontramos en su interior.Las niñas teníamos a Hermione. El ser aplicadas, admirar el conocimiento y soñar con alcanzar todo aquello que nos propongamos seguramente nos venga de querer ser como ella. A los 11 años no sabíamos que el mundo no estaba hecho para considerarnos listas y capaces y ser bien vistas por ello, por lo que, para cuando de mayores nos enseñaron la realidad social en la que vivimos, ya habíamos decidido junto a ella que esas normas absurdas no iban con nosotras.Después pasamos las Navidades entre árboles nevados y la sala común de Gryffindor –todo el mundo sabe que las películas de Harry Potter se saborean mejor en diciembre, por eso la serie se estrenará el día de Navidad–, donde la verdadera amistad adquirió la forma de un jersey con una H cosida a mano o de un consuelo en silencio sobre la nieve tras descubrir la mayor de las traiciones por parte de un ser querido.Ojalá el baile de instituto no hubiese sido tan agridulce, aunque no nos importa que no existan en la vida real las pruebas de los Tres Magos si estas implican que acabe muriendo gente buena. Quizá vivir en Hogwarts no sería tan bonito con Voldemort intentando superar sus barreras. Pero la realidad es que poca gente te hablará de ello si le preguntas por qué la historia del niño con una cicatriz en forma de rayo marcó tanto a su generación. Todo lo vivido allí pesa mucho más que una mala persona haciendo cosas malas. O, al menos, eso es lo que creíamos.El niño que revivióEsa nostalgia asociada a las películas que nos hicieron definirnos según cuatro casas y colores es la que hoy nos plantea un dilema que, de no ser por su antigüedad y por ser el pilar de nuestra niñez, no sería un dilema en absoluto. La realidad, sin embargo, nos obliga a sentir rechazo hacia una serie que podría devolvernos, temporada tras temporada, a aquel lugar en el que crecimos.Sus nuevos tres protagonistas no tienen la culpa. Los tres parecen sacados directamente de las páginas de los libros, y eso que, cuando éramos más jóvenes, parecía impensable que otros que no fuesen Dan, Rupert y Emma se convirtiesen en el nuevo trío dorado. Por entonces no sabíamos que, en nuestros 30, existiría una fiebre millennial por hacer remakes de todo aquello que significó algo para nosotros.Si no existiera autora a la que ligar la obra, estaríamos de celebración: aunque para nosotros Harry Potter sea irrepetible, lo poquito que hemos podido ver de Dominic McLaughin, Alastair Stout y Arabella Stanton demuestra que sí que es posible volver a dar una buena vida a los libros; a lo que hay que sumarle el pequeño documental Descubriendo a Harry que, aunque con nuestro rechazo por prejuicio, hizo que volviésemos a creer en que quizá la magia volverá a existir.Pero la realidad es que sí hay quien ha dado vida a este mundo, y resulta que esta es una mujer que destina las ganancias adquiridas gracias a sus libros y derivados a atentar contra los derechos de las personas. Así la situación: no se puede separar a la autora de su obra cuando esta repercute directamente en la política, el progreso y el futuro de la sociedad.Aquella que no debe ser nombradaCigarrillo y copa en mano celebró en 2025 J. K. Rowling el fallo del Tribunal Supremo del Reino Unido que dictaminó que el término "mujer" se refiere estrictamente al sexo biológico. "Me encanta cuando un plan se ejecuta con éxito" fue la frase con la que acompañó la fotografía. Aquello fue solo una muestra muy viral de una lucha a la que le dedica todas sus fuerzas. Y también su riqueza.La repercusión de la autora en los movimientos y leyes alrededor de los derechos de las personas trans va mucho más allá de ser una figura pública con millones de seguidores a los que influir con unas opiniones que pueden transformarse en votos. Rowling es creadora de The J. K. Rowling Women's Fund, la cual se describe como "una fundación de apoyo legal para las mujeres que defienden sus derechos relacionados con el sexo".Destinada a ofrecer "apoyo financiero para gastos legales a personas y organizaciones que luchan por defender los derechos de las mujeres y las niñas basados en el género en todos los ámbitos de la vida", destaca en sus fundamentos el hecho de que, tras el fallo del Tribunal Supremo, todavía hay organizaciones que "siguen incumpliendo su obligación de garantizar espacios exclusivos para mujeres y niñas", siendo lo que define a mujeres y niñas su sexo biológico.Un activismo tránsfobo que está financiado enteramente por Rowling, pues ella misma afirmó explícitamente que no acepta donaciones públicas. Ello quiere decir que todo aquel dinero que gana de haber escrito la saga más famosa del mundo va destinado directamente a luchar contra los derechos de las personas trans. Y eso incluye cada una de las visualizaciones que la nueva serie de Harry Potter se llevará a partir de su estreno en diciembre de 2026.Hogwarts ya no es un lugar seguroDesde la segunda película no se cansaron de avisarnos de que Hogwarts ya no era un lugar seguro. Y, aún así, como el resto de alumnos de la escuela, nosotros volvíamos a ella cada vez que llegaba Navidad, que no sabíamos qué ver o que, en mitad de nuestra vida adulta, buscábamos volver a sentir esa emoción por una historia que nos marcó y que solo se siente con aquellas películas que vimos durante nuestra niñez.Pocas cosas han conseguido marcar una identidad a nivel global como lo hizo la historia de amistad entre Harry, Ron y Hermione. A riesgo de sonar sentimental –aunque ya hayamos establecido que ello no tiene nada de malo–, la escuela de magia y hechicería se convirtió en el mejor lugar del mundo solo por el hecho de que fue el lugar ficticio en el que crecimos todos juntos y felices.Pero ahora el mundo real es diferente. Resulta que Hogwarts no acepta a todo el mundo. No todo el mundo puede ser mago, ni ponerse el sombrero seleccionador, ni aprender Quidditch, ni tener un patronus, ni presentar sus respetos a un hipogrifo. Hogwarts ya no es un lugar seguro porque su creadora se ha encargado de que así sea, una acción irreparable que nos obliga a escoger un bando: ¿realmente podemos ser felices en un lugar que hace daño a la gente?