Lo que comienza con una simple pastilla para el dolor puede derivar en una espiral en la que los pacientes más mayores terminan consumiendo múltiples medicamentos; no para curar una nueva enfermedad, sino para combatir los efectos secundarios que les provocó la primera receta. Esta sobremedicación, conocida en el ámbito clínico como ' cascada de prescripción ', es un problema de primera magnitud en sociedades que, como la española, acusan un envejecimiento demográfico. Esta semana, una investigación publicada en la revista ' BMJ ' pone cifras y nombres a este fenómeno. El estudio, liderado desde Canadá por la doctora Paula Rochon, investigadora en la Escuela de Medicina de la Universidad de Toronto, demuestra que ciertas combinaciones de fármacos comunes, desde estatinas hasta suplementos de hierro, contribuyen a generar daños en la población y añaden costes innecesarios al sistema sanitario. La mecánica de este pernicioso fallo del sistema es sencilla. Una cascada de prescripción ocurre cuando el efecto adverso de un medicamento se diagnostica erróneamente como una nueva patología, lo que empuja al médico a extender una receta adicional que nunca habría sido necesaria. El ejemplo clásico, subrayado por los propios investigadores, involucra a los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), que se toman para aliviar el dolor articular o muscular. Su uso continuado suele elevar la presión arterial , un síntoma que a menudo desemboca en la prescripción de un fármaco contra la hipertensión, en lugar de invitar a una revisión de la pauta del analgésico original. Los adultos mayores son especialmente vulnerables a este patrón. Al convivir con varias dolencias crónicas , es habitual que tomen múltiples medicamentos a la vez, lo que crea una maraña química en el organismo que dificulta enormemente, tanto a los facultativos como a los propios pacientes, rastrear el verdadero origen de un nuevo síntoma para asociarlo al tratamiento previo. «Estas secuencias de acontecimientos son frecuentes, pero a menudo pasan desapercibidas en la práctica clínica», explica Rochon, que también ejerce como directora de investigación en los hospitales Sinai Health. Para la investigadora principal del estudio, la clave de la prevención reside en la trazabilidad: «Saber qué medicamentos se están tomando, cuándo se empezaron y para qué indicación es importante a la hora de identificar posibles cascadas de prescripción que puedan resultar problemáticas». Para desentrañar este complejo ovillo, el equipo reunió a un panel interdisciplinar de expertos en farmacología clínica, geriatría y medicina interna procedentes de Estados Unidos, Bélgica, Italia, Israel e Irlanda. Inicialmente, elaboraron un catálogo con 65 posibles cascadas farmacológicas . Al cruzar esa lista con los datos de prescripción de la población de Ontario, evaluaron qué fármaco inicial era más frecuente, con qué asiduidad le seguía un segundo tratamiento y la solidez del vínculo entre ambos. El análisis les permitió aislar las 24 cascadas inapropiadas más comunes y con mayor potencial de causar daño a gran escala. Esta realidad clínica castiga con especial dureza a las mujeres maduras. A lo largo de su vida, tienden a acumular más enfermedades crónicas que los hombres, lo que se traduce de manera ineludible en un mayor número de terapias y, por consiguiente, en una exposición más alta a los efectos adversos. Al convivir con varias recetas simultáneas, el riesgo de que la reacción de su cuerpo a un compuesto se disfrace de un nuevo diagnóstico se multiplica, alejándolas de la verdadera raíz del problema. Para Rochon, los hallazgos revelan una brecha que se ensancha con cada visita al ambulatorio. «Nuestra preocupación es que, muy a menudo, estas conversaciones entre el profesional que prescribe y el paciente no se están produciendo, por lo que la gente no reconoce las secuencias de eventos ni que están conectados entre sí», lamenta la científica. Frenar esta inercia exige un cambio de mentalidad en la consulta. Los médicos deben evaluar el historial de medicación de manera integral en cada cita clínica, cuestionando no solo qué está tomando el paciente en la actualidad, sino por qué se inició cada terapia en su momento y si la incorporación de la siguiente es indispensable. Pero depender únicamente del instinto del facultativo (más en sistemas sanitarios habitualmente saturados) no es suficiente, por lo que los autores del estudio sugieren dos vías de actuación. La primera pasa por introducir herramientas automatizadas de apoyo a la decisión clínica para alertar a los médicos. Un aviso en la pantalla del ordenador, activado en el mismo punto de atención, obligaría a realizar una segunda comprobación antes de que se autorice una nueva receta, abortando la cascada antes de que comience. El segundo paso estratégico consiste en revalorizar el papel de los farmacéuticos dentro del equipo de atención al paciente, integrando su experiencia de manera más directa en el proceso de prescripción. Su conocimiento farmacológico, actualmente no demasiado bien aprovechado, resultaría una herramienta fundamental para identificar combinaciones inapropiadas y detener la espiral de sobremedicación que actualmente satura los pastilleros de nuestros mayores.