'Lionel', la película «vulgar» sobre una familia rota

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'Lionel' es una película diferente o, como uno de sus protagonista la define, «vulgar». Pero no desde una perspectiva despectiva, sino como aquello que es del pueblo, aquello que todos identificamos como una realidad existente. En esta ocasión, esa realidad es una familia rota, un divorcio, el fallecimiento de una madre y la distancia física y psicológica de un padre con sus hijos. Carlos Saiz presenta en su ópera prima la verdad tras la familia Corral y cómo un viaje puede curar heridas. La fina línea que separa el documental de la ficción en este primer largometraje de Saiz radica en la verdad de las emociones que se muestran. Una historia que nació hace muchos años del primer viaje que hicieron como familia a Francia. Saiz, director de esta película que se estrena este viernes en cines, lo cuenta de una forma más solemne: «Lionel me narró este viaje y ya sentí que era como algo muy cinematográfico». Pero el padre y el hijo (ambos con el mismo nombre) son más de andar por casa: «Fuimos él, yo y mi hija –cuenta el Lionel mayor–; él tenía una pelo enquistado en el culo, aguantó con un flotador así de lado en el coche y me filmaba y se lo enviaba al Carlos». Una dupla, esa de un padre y su hijo, imparable. Aunque durante la entrevista pocas veces están de acuerdo. —¿Fue duro físicamente hacer el viaje? —Lionel hijo: Nosotros fuimos los que menos sufrimos. Cualquier persona que estuviese en la parte de atrás del coche grabando o con el sonido, que no podíamos poner el aire del coche, lo pasó mal. Nosotros estábamos cuidadísimos, éramos la piedra angular. —Lionel padre: Lo pasamos canuto. Él es joven, pero yo necesitaba otra manera de descansar, a mí me daban una silla de plástico de esas baratas y le pedía al Carlos de conseguir una caravana. —¿Cuál es el momento más bonito que recuerdan grabando la película? —L.P.: La playa al final. —L.H.: Hay una escena donde jugamos en un gimnasio con unas pelotas de baloncesto, para mí ese es el momento más bonito. —L.P.: A mí ese momento no me atrae. El tatuaje también estuvo bonito. Aunque en lo que sí coinciden es en dos cosas: Alicia (el tercer personaje en discordia, hermana e hija de los Lionel) y en que no podrían haber grabado esta película sin un guion. Por un lado está Alicia que «es maravillosa», comenta Lionel hijo, mientras su padre asiente y completa diciendo que «intenta arreglar el asunto». La mujer actúa como un contrapeso brutal (en la vida real y en la ficción) entre los dos hombres. Saiz cuenta que «cuando llegamos a Francia, lo primero que vemos es a Alicia, y ahí entra como una frescura nueva. Pone las cartas encima de la mesa, habla claro y hace nudo entre los dos, los une». Por el otro lado está la cuestión del guion. Es el propio Saiz el que explica que sí existía un guion «muy cerrado, pero que ellos nunca lo leyeron. A mí me servía mucho para ubicar cada escena, para saber lo que podía pasar y que posibilidades había». Aunque la familia, al no tener acceso a ese documento, se dejó guiar por su director: «Ellos lo tenían como una especie de mapa –explica Lionel hijo–, Carlos nos decía: 'Aquí recuerda cuando te cabreaste por esto', 'aquí vamos a hablar de esto'... pero creo que con un guion no podríamos haber hecho la película». Su padre lo corrobora, a su manera: «Yo soy muy natural. Me gusta mucho bromear, tontear, iba a mi bola. Él [Carlos Saiz] me dejaba con mala leche sin mala leche. Cuántas veces le decía, que no rodaba para picarlo», recuerda entre risas. Porque otra cosa no, pero la sonrisa no se la quitan ni al padre ni al hijo rememorando un viaje que, aunque han pasado dos años, todavía ayuda a sanar alguna que otra herida. Como dice Lionel hijo, «es un ejercicio que no es fácil, pero es muy necesario porque luego la recompensa es buena». Saiz, también como espectador de esta aventura, quiere creer que «se han curado un poquito, pero es verdad que, como esto sigue, y el viaje sigue». El recuerdo de la rave en Marsella, el parque de bomberos en Tolon, el tatuaje improvisado (y real) con la máquina rota, el calor, el alcohol, las peleas y las lágrimas de felicidad, no se las podrá quitar nadie. Y el padre de esta historia deja la puerta abierta a una segunda película: «¿Por qué no? Aunque yo ya tengo 63 años como se alargue un poco más...».