Europa no es tecnófoba: tiene memoria

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El pasado 9 de septiembre, el Bulletin of the Atomic Scientists publicó mi artículo «Three reasons Europe learned to distrust Big Tech before America did«, dentro de un número especial dedicado a analizar qué salió mal con internet y qué podemos hacer para intentar arreglarlo.El artículo nació de una propuesta de Daniel —Dan— Drollette Jr., editor ejecutivo del Bulletin, que me contactó después de leer algunos de mis textos en Medium. Su pregunta partía de una observación muy frecuente en Estados Unidos: ¿por qué los europeos parecen mucho más preocupados que los norteamericanos por la privacidad, la vigilancia y el poder de las grandes tecnológicas? ¿Es simplemente tecnofobia, burocracia o aversión al riesgo, como tantos comentaristas americanos afirman sin demasiado esfuerzo analítico, o hay razones históricas y estructurales bastante más profundas?Publicar en el Bulletin of the Atomic Scientists es para mí un honor especialmente significativo. La revista fue fundada en diciembre de 1945 por científicos e ingenieros que habían participado en el Proyecto Manhattan y que, tras Hiroshima y Nagasaki, decidieron dedicar sus esfuerzos a advertir a la sociedad de los riesgos que la propia humanidad había creado. Albert Einstein impulsó su Board of Sponsors, J. Robert Oppenheimer fue su primer presidente y, a lo largo de su historia, cuarenta premios Nobel han formado parte de él. Es también la institución responsable del célebre Reloj del Juicio Final, quizás el símbolo más reconocible del riesgo existencial, y hoy extiende su análisis desde las armas nucleares hasta el cambio climático, la bioseguridad y las tecnologías disruptivas, incluyendo la inteligencia artificial.Con alrededor de 600,000 lectores mensuales, entre los que hay científicos, responsables políticos, periodistas, profesores y estudiantes, el Bulletin ocupa un espacio muy poco frecuente: el que nace cuando el rigor científico se combina con la voluntad explícita de intervenir en el debate público. En este número comparto páginas, entre otros, con Vint Cerf y Cory Doctorow. Si eso no da una idea del nivel de la publicación, no sé qué puede darlo.Mi respuesta a la pregunta de Drollette se articula en torno a tres razones. La primera es la memoria histórica: el nazismo, el régimen de Vichy y la Stasi demostraron a los europeos que los datos personales, cuando se concentran en manos de instituciones poderosas y sin control, pueden convertirse en un instrumento de persecución. La privacidad, desde esa perspectiva, no es una manía ni un capricho regulatorio: es una defensa aprendida a un coste espantosamente alto.La segunda razón es económica y política: Europa no tiene equivalentes propios de Google, Meta, Amazon, Apple o Microsoft que proteger, y eso le permite ver con bastante más claridad la enorme asimetría que supone que empresas extranjeras extraigan datos y valor de cientos de millones de ciudadanos europeos sin someterse de verdad a ningún control democrático efectivo.La tercera razón es filosófica: mientras Estados Unidos tiende a tratar los datos como una propiedad que podemos ceder mediante un contrato, Europa los entiende como una extensión de la persona, algo que no puede transferirse completamente con un clic en «I agree», especialmente cuando no existe ninguna alternativa real.Europa no ha arreglado internet, y sus regulaciones están muy lejos de ser perfectas. Pero diagnosticó antes el problema: no se trata de desconfiar de la tecnología, sino del poder sin responsabilidad que la tecnología permite acumular. Europa tenía razón al preocuparse. La cuestión ahora es cuánto tardarán los demás en evolucionar y madurar lo suficiente como para entender por qué.