Experimentos recientes con agentes de inteligencia artificial capaces de colaborar, programar y realizar tareas de ciberseguridad han reavivado una vieja pregunta: ¿podremos mantener bajo control sistemas cada vez más autónomos? Investigadores y empresas tecnológicas discrepan sobre el riesgo real, pero coinciden en que la supervisión se está volviendo más complicada.