Donald Trump ha presentado en redes sociales una imagen del posible nuevo uniforme de la Fuerza Espacial estadounidense, asegurando que su diseño está inspirado en "la disciplina y funcionalidad de Starship Troopers". El problema es que la película de Paul Verhoeven utilizó precisamente esa estética militarista para construir una feroz sátira contra el fascismo, la propaganda y el imperialismo.La imagen, generada mediante inteligencia artificial, muestra a unos soldados vestidos de negro, con botas altas, cinturones y gorros que han provocado inmediatamente comparaciones con los uniformes de las SS nazis. Si bien no está claro que se trate del diseño definitivo que utilizará la Fuerza Espacial estadounidense, la referencia escogida por Trump resulta especialmente llamativa, ya que Starship Troopers no pretendía glorificar el sistema militarista, sino ridiculizarlo.Y ahí está precisamente la parte que parece haber pasado por alto el presidente estadounidense. Porque cuando Starship Troopers llegó a los cines en 1997, una parte importante del público y de la crítica interpretó que la película hacía apología de aquello que, en realidad, estaba caricaturizando, siendo tachada de fascista y poniendo en el punto de mira a Verhoeven. Una lectura diferentePara entender la película hay que remontarse a la novela Tropas del espacio, publicada en 1959 por Robert A. Heinlein, una obra mucho más cercana al pensamiento militarista que la adaptación cinematográfica. Heinlein planteaba una sociedad en la que los derechos políticos estaban estrechamente ligados al servicio militar, además de presentar una visión mucho más favorable de la disciplina, el sacrificio y la estructura castrense.Verhoeven tomó ese material y decidió darle la vuelta. El director holandés había crecido en los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial y conocía perfectamente la iconografía y la propaganda de los regímenes fascistas. Su intención no era presentar como admirable aquella sociedad, sino hacer que resultara tan exagerada y absurda que el espectador pudiera reconocer los mecanismos de la propaganda.Para ese fin, decidió reclutar a un reparto integrado por actores que parecían salidos de Sensación de vivir o Melrose Place (de hecho, en esta salió uno de ellos, Patrick Muldoon). Intérpretes guapos, jóvenes y en buena forma que se ponían en la piel de militares presentados como héroes ante enemigos deshumanizados que recibían el nombre de "bichos".El imaginario del Tercer ReichLa estética de la película tampoco dejaba demasiado margen a la casualidad. Los uniformes y la puesta en escena recurrían a elementos reconocibles de la iconografía militarista y fascista —que tiene uno de sus máximos exponentes en Leni Riefenstahl y películas como El triunfo de la voluntad— con el fin de establecer un paralelismo con la propaganda nazi. Asimismo, introduce discursos políticos, anuncios y piezas informativas que funcionan como una parodia de este tipo de regímenes. Una parodia que muchos no entendieron como tal en su momento. Vista hoy, en un contexto sociopolítico que va más allá de nuestra imaginación, la película deja mucho más claro su objetivo. Así, lo que en 1997 podía parecer una exagerada cinta de ciencia ficción es, en realidad, una sátira del militarismo, el imperialismo estadounidense y la propaganda, así como de la facilidad con la que una sociedad puede aceptar la violencia cuando esta se presenta envuelta en discursos patrióticos.El problema es que la sátira también terminó jugando en contra de su propio director. El fracaso crítico de Starship Troopers contribuyó a consolidar una etapa especialmente complicada para Paul Verhoeven en Hollywood, después de éxitos como RoboCop, Desafío total e Instinto básico. Así y todo, el paso del tiempo ha acabado convirtiéndola en una de las grandes películas de la ciencia ficción de los noventa.