Septiembre es un lunes largo al que se entra arrastrando los pies y rezongando, excepción hecha de los cenizos que odian el verano y los nostálgicos de todo. Pero si algo bueno tiene septiembre es que se desactiva en la prensa el modo presentador sustituto y se aligera la opinión de sus típicas columnas fresquitas y melifluas. Si hay algo que detesto, y en verano se potencia, es que el columnista de turno me tome por su psicoanalista, su mejor amiga o su madre. O, peor, que me utilice como 'sparring' involuntario para sus ejercicios de estilo, todavía con el primer café y la legaña puesta. Decía Umbral que la columna de opinión debe aunar información, ideas y lirismo, pero... Ver Más