La inteligencia artificial se ha convertido en una de las grandes apuestas estratégicas de EEUU, pero también en un nuevo problema político para Donald Trump. A menos de dos meses de las elecciones de medio mandato, los centros de datos están irrumpiendo en las campañas electorales, enfrentando a comunidades locales con las grandes tecnológicas y obligando a candidatos republicanos y demócratas a revisar sus posiciones. Y mientras la Casa Blanca considera imprescindible acelerar el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) para mantener su liderazgo frente a China, una parte creciente de los estadounidenses se pregunta no sólo quién pagará el coste de esa carrera sino quién quedará al mando de la revolución tecnológica.Los centros de datos se han convertido en el símbolo más visible de ese malestar. Lo que hasta hace poco se presentaba como una oportunidad de inversión, creación de empleo y desarrollo tecnológico está generando resistencias en comunidades rurales y urbanas. Agricultores preocupados por el consumo de agua, vecinos que rechazan la transformación de su entorno, grupos ecologistas y consumidores que temen nuevas subidas de la electricidad están encontrando motivos comunes para oponerse a estos proyectos. Una oposición que no siempre implica rechazar la IA, sino cuestionar quién decide dónde se construyen sus infraestructuras, quién asume sus costes y qué beneficios dejan en las comunidades.Y aquí aparece su dimensión electoral. La controversia sobre los centros de datos está conectando directamente con la affordability –asequibilidad, principal preocupación de los votantes–y la tecnología está dejando de ser una cuestión abstracta para convertirse en un problema cotidiano, con responsables políticos. Según una encuesta de Reuters/Ipsos de junio, el 64% de los estadounidenses rechaza su construcción a un ritmo acelerado, el 77% teme que provoquen un aumento de las tarifas eléctricas y sólo el 14% estaría dispuesto a vivir cerca de uno. Otra encuesta de AP-NORC muestra que el 53% está muy o extremadamente preocupado por el impacto medioambiental de la IA, frente al 41% en 2025. El rechazo a los centros de datos atraviesa las divisiones partidistas, aunque existen ciertas diferencias entre republicanos –más proclives a reconocer sus beneficios económicos y tecnológicos– y demócratas –entre los que pesan más las preocupaciones medioambientales–. Pero la oposición a construir estas instalaciones cerca de las comunidades es amplia en ambos electorados. Según una reciente encuesta, el 52% de los republicanos rechaza un centro de datos en su localidad, frente a sólo un 18% que lo apoya.Hemos visto como en Ohio el demócrata Sherrod Brown ha convertido la expansión de los centros de datos en un argumento contra el senador republicano Jon Husted, al que ha presentado como el rostro político de estas instalaciones. En Texas la candidata demócrata a gobernadora, Gina Hinojosa, ha cuestionado el apoyo del republicano Greg Abbott a los centros de datos y éste ha respondido planteando una revisión de los incentivos fiscales del sector. Y en Pensilvania el gobernador demócrata Josh Shapiro también ha endurecido su posición, estableciendo nuevas exigencias para la autorización de estas instalaciones. En los tres casos los candidatos de ambos partidos han descubierto que defender el desarrollo tecnológico no siempre equivale a defender los intereses de sus votantes. Al mismo tiempo, los sindicatos de la construcción defienden estos proyectos por el empleo que generan. La división no es ya simplemente entre republicanos y demócratas, sino entre intereses locales, económicos y estratégicos que no siempre coinciden.Pero la controversia no se limita a dónde se construyen los centros de datos y cuánto cuestan. En las últimas semanas, las advertencias sobre los riesgos de la propia IA han adquirido una nueva dimensión. Ya no proceden únicamente de quienes cuestionan a las grandes tecnológicas, sino también de quienes están desarrollando los modelos más avanzados. Jacob Coxon, antiguo investigador de OpenAI y Anthropic, alertó de que las empresas estaban avanzando hacia sistemas cada vez más potentes sin garantías de seguridad suficientes. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, reclamó ralentizar el desarrollo de los modelos más avanzados para dar tiempo a establecer más controles y mecanismos de coordinación. Sus advertencias recibieron el respaldo de Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis, una coincidencia poco habitual entre competidores que mantienen una intensa carrera por desarrollar la tecnología.Frente a esta sucesión de advertencias y creciente preocupación –dos tercios de los estadounidenses consideran que los sistemas avanzados de IA podrían representar un riesgo para la supervivencia de la humanidad–, Donald Trump mantiene intacto su desafío por acelerar el desarrollo de la IA y de los centros de datos como parte de su apuesta por el liderazgo tecnológico estadounidense frente a China. Esta posición del presidente ofrece a los demócratas un nuevo terreno de confrontación con los republicanos, pero también pone de manifiesto sus propias contradicciones. Mientras algunos sectores progresistas reclaman una regulación más estricta y mayores controles sobre las grandes tecnológicas, otros candidatos temen que una posición excesivamente crítica perjudique la innovación, las inversiones y el empleo en sus estados. Y, sobre todo, que provoque una intervención financiera de la industria en su contra.Según algunos medios, asesores demócratas están recomendando a candidatos en circunscripciones competitivas evitar convertir la regulación de la IA en uno de los asuntos centrales de sus campañas. El temor no es únicamente perder votos, sino enfrentarse a campañas publicitarias financiadas por grupos vinculados a las grandes empresas tecnológicas. Estas últimas tampoco están dispuestas a permanecer al margen de unas elecciones que pueden determinar las reglas de su negocio durante los próximos años.Leading the Future, respaldado por inversores y ejecutivos vinculados a OpenAI, defiende que sea el gobierno federal quien establezca unas reglas comunes para todo el país, evitando que cada estado imponga sus propias restricciones. Public First Action, financiado por Anthropic, considera que los estados deben conservar su capacidad para regular la tecnología mientras Washington no apruebe garantías federales suficientes. Ambos defienden alguna forma de regulación, pero discrepan sobre su alcance y sobre quién debe establecerla.La disputa ya ha tenido consecuencias electorales. En las primarias demócratas del 12º distrito de Nueva York, la candidatura de Alex Bores, que había impulsado una legislación estatal sobre seguridad de la IA, se convirtió en escenario de una batalla financiera entre ambos grupos. Leading the Future financió publicidad contra su candidatura, mientras Public First respaldó su campaña. El caso demuestra que la regulación tecnológica ya puede convertirse en un criterio para decidir a qué candidatos apoyar o combatir electoralmente.La cuestión de fondo no es únicamente cuánto debe regularse la IA, sino quién tendrá capacidad para escribir las reglas. Las empresas buscan influir en la composición de un Congreso que deberá abordar asuntos como la seguridad de los modelos, la protección de datos, la responsabilidad empresarial, los controles de exportación y la distribución de competencias entre Washington y los estados. La intervención de la industria puede condicionar el debate político incluso allí donde la IA todavía no constituye una prioridad para los votantes.Las elecciones de noviembre serán, por tanto, una primera ocasión para observar cómo se traduce políticamente el malestar ante la expansión de la IA, aunque todavía no exista evidencia suficiente para atribuirle un efecto decisivo sobre el control de la Cámara o del Senado. Lo que sí está cambiando es la naturaleza del debate. La IA ha dejado de ser únicamente una cuestión de innovación y competencia geopolítica para convertirse también en un asunto de empleo, energía, desigualdad, poder empresarial y responsabilidad política.Y este debate no terminará el 3 de noviembre. Con la carrera presidencial de 2028 comenzando a tomar forma, republicanos y demócratas tendrán que definir qué papel debe desempeñar el Estado en una transformación tecnológica que está modificando la economía estadounidense y la relación entre los ciudadanos, las empresas y el poder político.Autor: Carlota García EncinaLa entrada Medio mandato en EEUU: la IA entra en campaña se publicó primero en Real Instituto Elcano.