Lo suyo era estar detrás. Durante más de cuatro décadas, Nora Colosimo (62) parecía tener su historia escrita en la trinchera del bajo perfil, acompañando los hitos de las carreras de sus hijas, Wanda (39) y Zaira Nara (38). Sin embargo, el destino le tenía preparado un giro: se convirtió en panelista de televisión, streamer y tiene ofertas para debutar en teatro. En menos de dos meses, pasó de nada a todo y sin escalas. “Por años me escondí. Estaba guardadita”, dice, divertida, mientras posa para ¡HOLA! Argentina con la naturalidad de quien lo ha hecho toda la vida. Y un poco sí, porque ella, que es la segunda de cuatro hermanos que nacieron en el barrio porteño de Saavedra y se mudaron a San Isidro, ya había pasado por el mundo de la actuación y la publicidad. Espontánea, locuaz y afectuosa, cuenta: “Cuando era joven, entre mis 18 y los 20 años, hacía comerciales. Todo muy tranquilo –nada de lencería… era muy tímida–. Pero duró poco porque conocí al papá [Andrés Nara] de las chicas y él me dijo: ‘Tu carrera o yo’”.–Y te dedicaste a tu casa...–Él quería que, cuando volviera del trabajo, yo estuviera ahí. No voy a echarle la culpa: yo acepté las reglas del juego. Me casé en María Madre de la Iglesia, en la Ruta 197, donde se habían casado mis primos grandes, a seis meses de haberlo conocido a Andrés y con conciencia de lo que hacía. Era otra época. Te aviso que yo las metí en esto: desde sus primeros comerciales de yogurcitos, fui yo quien las acompañó. Mientras el papá estaba en su mundo, me ocupaba de todo: las ayudaba a vestirse, iba a las reuniones de padres y las llevaba a los castings sin que tuvieran faltas en el colegio. Mi rol fue ser apoyo, estar. A mis dos hijas por igual, les dediqué los mejores años de mi vida. Quise ayudarlas a crecer y a brillar.–¿Quién de tus hijas se parece más a vos?–Ahora las veo cada vez más parecidas a mí, pero cada una con su estilo. Ellas también se ven parecidas a mí: “Acá estoy muy mamá”, dicen. Ellas son mi mayor orgullo. Heredaron los valores que a mí me transmitieron mis padres. Son educadas, trabajadoras y muy compañeras entre sí. “Necesito un hombre que me mire como Wanda”, posteó Zaira en sus redes. Eso se logra hablando y hablando. Insistí mucho para que fueran unidas: “Un día no voy a estar más. Quiero que se cuiden, que sean socias en la vida”, les decía. Cuando Zaira cobró por su primer trabajo importante, le sugerí que compartiera un monto que ella considerara con Wanda: “El trabajo es un sube y baja, y está bueno que sean socias, que se ayuden”.–¿Cómo se organizó el tema de la plata?–Soy cero materialista. Para mí la plata es un medio y, si llega a romper una familia, te das cuenta de que no sirve para nada. ”Al dinero que ganaban ellas, lo resguardé: abrí una cuenta en el banco y se los manejé hasta la mayoría de edad. Después fui apoderada legal: cuando Wanda se casó y se fue a Rusia, yo me encargaba de pagar las cuentas de su departamento de soltera. Cuando Zaira puso un local en Las Cañitas lo puso a mi nombre. A las dos les cuidé el dinero y jamás les pedí un peso. Si me hubiera faltado algo, sé que habrían cuidado mi espalda. Son dos ángeles.–¿Cómo te las arreglabas?–Después de separarme, quedé en menos cero. ¿Qué podía hacer? Mi primer trabajo había sido como vendedora de ropa y también había trabajado con mi papá [Carlos Alberto Colosimo], vendiendo seguros de sepelios. Entonces, empecé a vender ropa: armé un showroom. Mis vecinas y mis amigas me bancaron. Wanda me regaló este departamento viendo todo lo que me pasó, lo desprotegida que había quedado económicamente tras separarme del papá. Lo compró diez años atrás, para mi cumpleaños. Y lo hizo desde Italia, donde vivía entonces, y mandó llenarlo de globos… y contrató a un stripper.–¿Lo decoraste vos?–Cuando Wanda me lo compró aún estaba sin revocar. Lo decoré con mi estilo, que es el mismo que compartimos con Wanda y Zaira, con paredes blancas… Tiene pocos metros, pero yo no necesito más. “No tengo todo lo que quiero, pero amo todo lo que tengo”, decía mi papá; yo creo eso también. Tiene el tamaño ideal para mí: si las chicas me llaman para que las ayude, lo arreglo en cinco minutos, armo un carry-on y me voy. Las tres somos fanáticas del orden y de la limpieza; yo lo heredé de mi mamá, que era tremenda: nos hacía caminar con patines para no rayar los pisos, nos perseguía si se te caían miguitas al piso. ¡Yo terminé heredando eso y se los heredé a las chicas! [Se ríe]. Si abrís nuestras alacenas o cajones de nuestras casas, podés ver cómo somos las tres.–¿Te gusta cocinar?–¡Obvio! Cuando me casé, a los 20 años, no sabía hacer ni una sopa, pero fui aprendiendo. ¿Viste la torta invertida de manzana que nombra Wanda en MasterChef? La hacía mi mamá, Rosa, que fue una genia: madraza, compañera, cariñosa y buena cocinera. Y tengo una receta para hacer pollo con pesto que me enseñó mi papá que es una locura. Cocino sano y armo tuppers para almorzar con Valentino, que viene los mediodías después de entrenar en River Plate. Valu viene porque quiere. ¿Sabés lo lindo que es que tu nieto, teniendo un restaurante en el edificio en donde vive, te elija? Soy cariñosa e intensa como abuela como lo soy como mamá. Soy tan intensa que más de una vez mis hijas me mandaron al psicólogo. ¡Creo que no lo voy a cambiar! [Se ríe]. Sé que, cuando me dicen “Mami, ¡qué metida!” lo dicen con amor. Y así como no tengo hijas preferidas, no tengo nietos preferidos. Los amo a todos por igual y, si ahora suena el teléfono, salgo corriendo por cualquiera de los siete. Son educados, cariñosos y nada caprichosos. Para mis hijas y mis yernos, yo he sido su persona de confianza para el cuidado de sus hijos: les he cambiado los pañales, he ido a reuniones de colegio, a adaptaciones, a clases abiertas con plastilina…–¿Te costó rehacer tu vida sentimental después de divorciarte de Nara?–No. Soy fiel, estable y me gusta estar en pareja. Después de separarme de Andrés, ¿qué iba a quedarme a esperar? La vida se va. No pierdo tiempo. Desde hace cinco años estoy con Rafa [Rafael Stancanelli, 62, representante de jugadores de fútbol de divisiones inferiores].–¿Cómo se conocieron?–Por Tinder. Fue cosa de Wanda. Estábamos en Francia, me sacó el celular y me abrió la cuenta. Pero recién la usé más tarde, cuando una vez me quedé en lo de Zaira para cuidar a Malaika y Viggo. Los llevaba al colegio a la mañana y hasta las 16, que los buscaba, no tenía mucho para hacer. ¡Un embole! [Se ríe]. Abrí Tinder y apareció Rafa. Me gustó su foto y que fuera manager: yo venía de Maxi [López], Mauro [Icardi], de Valu, Constantino y Benedicto [todos juegan al fútbol; y Viggo ya manifestó que le gusta también], así que pensé que, al menos, tendríamos tema de conversación. [Se ríe].–Cuando se encontraron, ¿se dio cuenta de quién eras?–¡No! Como yo no quería que en mi perfil se notara que era la mamá de Wanda y Zaira, me había puesto otro nombre y había subido una foto en la que no se me veía nada: estaba toda tapada, como una carmelita, y llevaba un sombrero de paja para que no se me viera la cara. Después del cuarto encuentro, le blanqueé quién era. No me gusta que me mientan y no me gusta mentir.–¿Te gustaría casarte?–Casarme me trajo mala suerte. Zaira piensa lo mismo, por eso ella es soltera. Con Rafa estamos bien así: él tiene su departamento y yo el mío. Tenemos la misma edad y gustos parecidos. Yo lo acompaño a los viajes que hace a Europa por su trabajo y él me ha acompañado a Estambul, París, Milán. Tiene un hijo, pero aún no tiene nietos… Yo le presto mis siete nietos: Rafa les cocina, los retira del colegio si yo no puedo, viene a ver a Valentino a jugar a River. ¡Él va encantado! Somos muy compañeros. Estuvo conmigo hasta en la peor parte, con lo de esta chica [se refiere a Eugenia “China” Suárez], y también me acompañó al restaurante donde Ángel de Brito me propuso sumarme a su programa.–¿Qué dijeron tus hijas cuando se enteraron de que serías panelista de televisión?–¡No podían creer que no les hubiera contado nada! Ángel me había pedido reserva y soy una persona de palabra. En el chat que compartimos, Wanda le decía a Zaira: “¿Vos sabías?”. Y Zaira no sabía: “¡Qué zorra!”, repetía. Mientras Wanda se mataba de risa, Zaira se quería morir. El otro día fuimos a navegar en el barco de Wanda y alguien dijo: “Cuidado, que ahora tenemos una angelita a bordo”. A mis hijas las han traicionado novios, maridos o colaboradores, pero yo jamás traicionaría o humillaría a mis hijas. Estoy cansada de que se metan con ellas: son buenas personas, excelentes madres, trabajadoras y no le deben nada a nadie.–¿Te intimidan la exposición y la crítica?–¿Qué podrían decirme que me duela y que la vida no me haya hecho? A mí no me entran las balas. Me he quedado en banda, endeudada y sin un peso y, aun así, seguí adelante. ¿Qué me van a decir que no sea tan duro como saber que tu hija tiene un diagnóstico de leucemia? ¿Que no hice nada de mi vida? Soy madre de dos hijas famosas y emprendedoras que superaron mis expectativas; y soy una abuela con siete nietos. ¡Mirá todo lo que logré! ¿Insultarme diciéndome que soy una señora grande? No me importa nada porque tengo la autoestima bien alta: mido metro y medio, pero, para arriba, tengo metro y medio de autoestima. Tengo 62 años, pero me siento joven y en mi máximo esplendor. Soy positiva y, cuando hablo, lo hago sin faltar el respeto. Después de estos años, después de este stop de 42 años en los cuales me quedé fuera de mercado, la vida me dio una revancha. Es una sensación rara y linda a la vez. ¡Mirá qué mensaje! Soy la prueba viviente de que se puede salir adelante.Agradecimientos: Viviana Rojas @vivianarojas (maquillaje), @Hairmalambo (peinado) y a @sweet