Actualmente hay más de 5.600 misioneros españoles por el mundo ( OMP, 2024 ). Son miles de personas que han dejado atrás su vida en España por llevar el Evangelio y una sanidad, educación y arquitectura de calidad a los rincones más desfavorecidos del planeta. Están presentes en 1.100 territorios y ayudan a millones de personas que, de otro modo, tendrían menos oportunidades de prosperar. Carlos Bobillo , llamado 'Bobi' en su entorno cercano, es uno de ellos. Hace seis años se despidió de la comodidad de su hogar en Madrid y de una prometedora trayectoria en Garrigues para dar su vida a los más necesitados. Pudo colaborar con los proyectos que ya están activos en la capital o incluso dentro de Europa, pero decidió entregar su tiempo y energías a 9.000 kilómetros de distancia de casa. Pasó unos meses de misión en Canaima, en plena Amazonía venezolana, de la mano de Hakuna , pero ahora está asentado en Burundi . El madrileño lleva seis años trabajando en este pequeño país ubicado entre Ruanda, Tanzania y República Democrática del Congo. Allí es Director de Proyectos de la ONG Komera y comparte en las redes sociales ( @komera.es ) su experiencia de la misión. Antes de reproducir su testimonio, recordamos que Burundi es uno de los países más densamente poblados de África, con alrededor de 14,5 millones de habitantes en una superficie del tamaño de Galicia —que, en comparación, solo tiene 2,7 millones de vecinos —. Allí la población tiene una edad media de 16,6 años . La alta tasa de mortalidad infantil hace que los niños no reciban una educación de calidad pasada la adolescencia, ya que tienen menos años para trabajar y ser productivos para sus familias. La ONG de Carlos se dedica a proporcionarles esta formación en los niveles de primaria, universidad y profesional. «Yo creo que esto es una escuela de vida. Hablábamos mucho estos días con los chicos jóvenes que están aquí que esto vale más que cualquier máster . Y es verdad que aquí te encuentras con lo que es el mundo, con la realidad del mundo», afirma el joven en ' Se buscan rebeldes '. El misionero cuenta su experiencia en un episodio especial del podcast que se grabó directamente desde Kirundo, un pueblo burundés en el que hay una fuerte comunidad católica. La realidad dialoga constantemente con la idendidad de uno mismo, por eso Carlos siente que desde que está allí se conoce mejor. El 'máster de la vida' que Carlos ha vivido en la misión no lo podría haber encontrado ni en las escuelas más prestigiosas de España. «Es imposible, sin conocer esta realidad y sin estar en contacto con lo que estamos viendo, entender a lo que estamos llamados. Yo creo que aquí hay un redescubrimiento muy claro», asegura. La misión es al mismo tiempo un tiempo de entregar y de recibir, también en el plano espiritual. «Puedes venir con muchas ideas», reconoce. Los misioneros llegan con una visión clara de sus propias vidas, «de lo que de quién soy y para quién soy, qué es mi vida, cuál es mi identidad, a qué estoy llamado», y vuelven con el autoconcepto transformado. «Vienes desde España con tus ideas, muy lleno de ti mismo, con tu 'yo' en el centro. Aquí te das cuenta clarísimamente de que tu 'yo' vale muy poco y de que, en cuanto empiezas a salir de ti mismo, de salir del 'yo', para ir al encuentro del 'tú', en esa entrega hay una belleza muy grande que te dice que esa es tu vida, eso es a lo que estás llamado», explica Carlos. Carlos cree que la misión es la oportunidad ideal para encontrar la vocación personal. Aunque esto también se puede lograr en casa, pero no es lo mismo, dice: «Obviamente se puede vivir en España, pero viniendo aquí yo creo que es fácil verlo muy claro y luego llevártelo a España». La pobreza que ven y comparten los misioneros con las personas de sus misiones les pone inevitablemente en una posición de exigencia, en ese sentido. Para vivir allí, deben salir de sí mismos: «No es que te ayude, es que te obliga». «Obviamente hay una libertad, ¿no? Pero yo creo que es muy difícil venir a un país como Burundi o cualquier otro y viendo lo que hay que no te salga inevitablemente decir que la vida está para darla . Esto a lo mejor no es el primer día. Es un proceso, lógicamente», explica. Pero Carlos no se queda en los beneficios que él recibe como misionero. Entiende que todo lo bueno que ha conseguido en estos años es un tesoro diseñado para ser compartido con los demás, tanto en Burundi como en España. « Esto que estoy viendo, yo solo puedo entregarlo otra vez », confiesa. Imagina el bien que cabe en su corazón como un vaso que se desborda: «Es tan grande que hay un desbordamiento, una sobreabundancia de belleza, de verdad, de amor y de entrega. No me lo puedo guardar». Anima a otros jóvenes y matrimonios a irse de misiones al menos durante un mes para que entiendan el alcance de ese desbordamiento. «Y eso lo puedes haber leído, te lo pueden haber explicado mil veces, pero hasta que no te das de bruces con ello no lo vas a poder vivir de verdad», insiste. Carlos, desde que está en el país africano, no vive en pobreza sino en riqueza. «Obviamente hay muchísima pobreza», reconoce, pero « esa pobreza se transfigura en esa riqueza ». Este proceso puede parecer «imposible» a ojos de un escéptico, pero el misionero sabe que esto sucede porque «aquí hay algo más».