“Gracias por cuidar de mi perro”, decía Brendan Gleeson. Colin Farrell asentía, musitaba un “siempre”, y daba media vuelta para abandonar la playa. Se trataba del último acercamiento, y acaso el más honesto, entre los dos protagonistas de Almas en pena de Inisherin. Su amistad había quedado destruida de forma irreparable pero, gracias a un perro, de sus despojos podía seguir brotando algo parecido a un sentimiento fraternal.Y eso era todo. Colm y Pádraic, Gleeson y Farrell, no podían llegar a más, cada uno encerrado dentro de sí desde el momento en que Colm había sorprendido a Pádraic diciendo que no quería seguir siendo su amigo, que ya no le gustaba. Martin McDonagh tejía en torno a estos personajes una fábula sobre el aislamiento que también, inevitablemente, apelaba a una masculinidad heterosexual: ambos personajes reclamaban, de un modo u otro, una coraza que implantaba distancia, y que solo hallaba alivio puntual en su amor compartido por los perros.Es fácil conectar este paisaje psicológico con En el corazón de la bestia, la nueva película de David Ayer. Si antes este director había metido a Brad Pitt en un tanque para establecer con Corazones de acero (voluntariamente o no) una metáfora sobre el encierro masculino, en esta ocasión le sitúa perdido en Alaska, en la única compañía de su perro. James Belmont es un veterano de guerra que estuvo acompañado de este mismo perro, Odín, en el campo de batalla, y ha mantenido esta relación durante la vida civil. De hecho es, bueno, su única relación.Las fábulas contrapuestas de Almas en pena de Inisherin y En el corazón de la bestia tienen un equipaje, más que cultural, atávico. El perro es el mejor amigo del hombre (del “hombre”, no de la humanidad), y ha sido así desde su prehistórica domesticación y su empleo en una actividad tan quintaesencialmente patriarcal como la caza. Por mucho tiempo que haya pasado, por muchas deconstrucciones a las que queramos someter la masculinidad canónica, sigue habiendo algo muy profundo e instintivo en el vínculo de un hombre y su perro.Virilidad a la caninaEste vínculo es capaz de sobrevivir al mismísimo fin del mundo. No hace mucho se estrenó La constelación del perro, y en ella encontrábamos a Jacob Elordi junto a un perrete llamado Jasper. El mundo había sucumbido a un apocalipsis vírico y la única forma de frenar la soledad radicaba en su mascota y en la compañía de otro hombre, un furibundo preparacionista interpretado por Josh Brolin. Pero Will Smith había estado incluso más solo. En Soy leyenda, otro final de todas las cosas, se resignaba a vagabundear por ciudades vacías junto a Sam, y por si fuera poco al final tenía que sacrificarlo por contraer el maldito virus.De la prehistoria al postapocalipsis, de la vida primitiva en las cavernas al simbólico regreso a las mismas que trae cualquier fin del mundo se precie, el hombre ha de quedarse solo con su perro. Como siempre ha estado, podría replicar. La construcción cultural de la masculinidad impele al silencio y al control de los sentimientos (imprescindibles si se quiere llevar una buena pieza de caza a la cueva, básicos para ser un buen proveedor), y esto naturalmente tiene sus pegas pero no hay nada como un buen perro para ejercer de catarsis. El perro ofrece una compañía tan silenciosa como El silencio de un hombre (recordemos cuando Alain Delon se empeñó en que sacrificaran a su perro Loubo una vez muriera para que los enterraran juntos); una compañía sobre la que volcar frustraciones y traumas.En la película de Ayer estos son los traumas de la guerra, del mismo modo que lo eran en otra película reciente titulada Dog. Channing Tatum, como Brad Pitt ahora, era un antiguo soldado. Y gracias a la conexión con Lulu, la perra de un compañero caído, veía una luz al final del túnel. Porque cuidar de un perro, cuidar de cualquier ser vivo, es algo eminentemente positivo, mueve a ser mejores personas. No cabe la menor duda de esto, y todos los personajes referidos hacen acopio de briznas de felicidad más o menos determinantes gracias a hacerlo. Nada hay de malo en ello.Ahora bien. ¿Qué significa exactamente cuidar de un perro? O, mejor dicho y aun a riesgo de sonar mezquino, ¿qué satisfacciones entraña?Cuidar a un perro supone, antes de cualquier cosa, atender a un ser vivo que depende de ti y puede hacer saltar partes de tu carácter que creías reprimidas o directamente inexistentes (la sonrisa de un Tom Hardy de pasado tormentoso al cuidar a un cachorrito, como veíamos en The Drop). También supone corresponder a una dependencia, similar a la de un bebé recién nacido con sus padres pero sujeta a términos distintos. El perro puede salirte respondón, pero ahí están la domesticación y adiestramiento para suavizar el conflicto.Entonces pasa algo agradable y es que el perro te ama sin pedir casi nada a cambio. A un nivel puramente afectivo es la relación más sencilla del mundo. No tiene por qué haber fricciones en absoluto. Es un régimen de subyugación pero el hombre (sigamos ciñendo la conversación al hombre) prefiere no leerlo como subyugación, sino como lealtad. Cuánto nos gusta la lealtad, cuánto la valoramos en detrimento de los desaires cotidianos. Un perro es, antes que cualquier cosa, un compañero de quien te fías ciegamente. Un compañero que te retrotrae a las jornadas de caza o, llegado el caso, al campo de batalla.Y un compañero, insistimos, que exige más bien poco. No va a decepcionarte, no vas a decepcionarlo. No va a crecer desafiando su autoridad, apenas si exigirá en algún momento un replanteamiento de los términos de vuestra relación. Tener un perro es, en fin, mucho más fácil que tener un hijo o una pareja. Tener un perro es la solución de una soledad autosatisfecha, en busca de las recompensas de una relación con una gran parte de los conflictos posibles totalmente ausente. Por eso los perros son una herramienta terapéutica tan eficaz. Por eso la ficción los usa tanto.Boys don't cry (solo cuando merece la pena)“Yo nunca lloro, salvo cuando veo Old Yeller. Todos sabemos que no hay nada más triste que eso”. Esto lo dijo Al Bundy (Ed O’Neill) en un episodio de Matrimonio con hijos a mediados de los 80. Se estaba refiriendo a un clásico generacional del cine estadounidense que en España tampoco ha tenido mayor pábulo: Old Yeller o, como se tituló aquí, Fiel amigo. Fiel amigo es una producción de acción real estrenada por Disney en 1957. Cuenta la historia de un perro vagabundo, “Amarillo”, que es adoptado por una familia de colonos texanos.La película es tan famosa, fundamentalmente, porque al final el perro muere. Lo tienen que sacrificar porque ha contraído la rabia, en una escena violentísima que conmocionó al público. La muerte de Amarillo, en el imaginario audiovisual estadounidense, es comparable a la muerte de Mufasa o a la muerte del caballo de La historia interminable. Pero, a diferencia de estos memorables óbitos, el de Amarillo se ha conformado como un resorte aceptable entre los adultos para las lágrimas masculinas. Ya se sabe que los hombres no lloran. Si lo hacen tiene que ser por una buena razón. Y no hay mejor razón que la muerte de un perro.Porque el perro, al final, ofrece una catarsis carente de toda culpa, una especie de excepcionalidad en la conformación de la masculinidad clásica. Todo hombre que se precie ha de aprender y aprehender los rigores de su expresión de género, y como estos no solo son contradictorios sino asfixiantes (un mandato de continua represión y sobrecompensación), ahí ha estado el perro desde la antigüedad para ejercer de paño de lágrimas. Un hombre puede seguir siendo un hombre, aunque llore, si llora por sus compañeros peludos.El perro es catarsis, es excepcionalidad y, al mismo tiempo y de forma inevitable, es condición de posibilidad. Tan complicado es ser un hombre hecho y derecho, que el perro (de forma similar a, por ejemplo, un coche muy rápido) puede ser de ayuda, constituirse como un suplemento varonil. Puede canalizar la identidad de su dueño acorde a la que este reclama para sí mismo, y he aquí la razón, sin ir más lejos, de que veamos por la calle tantos perros con la bandera de España en el collar. También de que, volviendo a En el corazón de la bestia, el perro de Brad Pitt se llame Odín. El rey de los dioses vikingos. El “Padre de Todos”.La lealtad de los animales ha sido, sin duda, la faceta más explorada por el cine y la televisión. Es en función a esa lealtad, por supuesto, que la muerte de perros como Amarillo nos aflige tanto y motiva el desahogo de tantas lágrimas. Para comprobarlo tenemos los casos de Greyfriar’s Bobby o Hachiko: perros famosos que llegada la muerte de sus dueños se mantuvieron impertérritos tanto en la tumba como en la estación de tren a la que siempre acudían a recogerlos cuando vivían. El corazón de una bestia, insiste Ayer en su último film, es un corazón que exhuma lealtad y del que tenemos mucho que aprender.Perretes al rescateQue esta sea la faceta más explorada no implica que sea la única. O que no pueda encubrir otros asuntos más perniciosos. En pos de esa lealtad, los hombres se afianzan en una soledad ceñuda y utilizan como interlocutor a un ser que siempre les va a dar la razón. Que asentirá sonriente cuando les digan que la única mujer de la que se pueden fiar es su madre, o cuando lamenten que este hijo no quiera saber nada de ellos.Los perros son los guardianes de la soledad viril-machista. Y bien está que sea así: cualquier hombre (incluso el más indeseable) tiene derecho a un instante de felicidad. La obsesión que tiene Javier Milei con su perro muerto (Conan, como el personaje aquel de Schwarzenegger) no va a hacer que empaticemos con él, pero sí que le divisemos un mínimo cimiento humano a su maldad. Todos nos merecemos ser humanos, básicamente. Pero a lo mejor lo que no se merecen los perros es esta instrumentalización obsesiva de su bondad animal.Es desde este ángulo que En el corazón de la bestia se revela como una película tan indignante. Porque toda ella es una operación de blanqueo, utilizando a un perro que no tiene culpa de nada para prorrogar el derecho de los hombres a seguir siendo hombres. Detengámonos en Brad Pitt. Desde que ganó el Oscar por Érase una vez en Hollywood (por un personaje que asesinó a su mujer, que también tenía una fiel mascota canina y que volverá a interpretar en breve, en Las nuevas desventuras de Cliff Booth), Pitt quiere aclimatar un estrellato viril a la antigua usanza, persiguiendo con mejor o peor fortuna un carisma crepuscular a lo Steve McQueen.Por eso protagoniza F1: La película (con coches muy rápidos), por eso ahora se junta con Odín y proclama que “la vida es mejor con perros”. Lo hace empeñado en dar la espalda a las inquietantes circunstancias de su divorcio con Angelina Jolie hace diez años: un proceso que empezó con acusaciones de violencia doméstica, continuó con su asistencia a Alcohólicos Anónimos y acabó con varios de sus hijos renunciando legalmente a llevar su apellido.A Brad Pitt, aunque haya esquivado la selectiva “cancelación” de Hollywood, sin duda le ha afectado todo esto y ha tirado de la receta de siempre: los perros. Amar a los perros te hace parecer un hombre más cercano y sensible. Sin tampoco pasarse, claro, pero no deja de ser difícil dudar de un hombre si tanto amor le profesa a su mascota y en ella ha encontrado la forma de redimirse tras ser un padre y un marido atroz.Los perros pueden ser también una campaña de relaciones públicas. Pueden hacer que Pitt siga teniendo en el bolsillo a la opinión pública y, por último… ¿pueden vender el ejército estadounidense? Es lo que ya dejaba entrever la Dog de Tatum y ahora con En el corazón de la bestia se sublima: tanto el personaje de Pitt como su compañero tienen trastorno de estrés postraumático tras la experiencia bélica. A Pitt le asaltan continuamente visiones sangrientas de su pasado. Visiones donde nunca vemos quién es esa gente a la que está matando, seguramente en un país de tantos que EEUU ha invadido caprichosamente.A Ayer no le importa lo más mínimo quién es esa gente masacrada por James Belmont, por sus compañeros y por los perros como Odín entrenados para matar. Solo le importa el sufrimiento estadounidense, y la concienciación que busca hacer sobre casos como el de Odín (un “perro de guerra” que ha quedado tan tocado como su dueño) es extrapolable al sufrimiento de los ex-combatientes del ejército estadounidense.No es algo que sea nuevo en Hollywood. EEUU es especialista al fin y al cabo en arrasar países extranjeros para más tarde hacer películas sobre lo mal que se sienten los estadounidenses por hacerlo. Y la visión creativa e ideológica de Ayer, que al fin y al cabo fue marine antes de escribir Training Day y empezar a medrar en la industria, encaja a la perfección con esto. Simplemente, En el corazón de la bestia es un film mucho más perverso por emplear a un perro para vender toda esta asquerosidad.Tan indignante, tan infame es, que sus manipuladoras imágenes aclimatan un hartazgo, precipitan a un llamamiento amargo. Basta de usar perros para lavarnos la conciencia. Basta de usar perros como moratoria para seguir siendo personas horribles.Si el perro sigue siendo el mejor amigo del hombre, lo suyo sería esforzarnos un poco más por merecer esa amistad.