La caída del Imperio romano no supone simplemente el final de una civilización y su sustitución por otra. Un nuevo estudio del proyecto HistoGenes, publicado en la revista Science, aporta una visión mucho más completa de la transformación de Europa occidental durante la Alta Edad Media. Al combinar análisis de ADN humano antiguo con las evidencias arqueológicas, un equipo de investigadores ha reconstruido cómo cambiaron las poblaciones y las sociedades que habitaban la región del noroeste de la actual Hungría después del declive del Imperio romano.Un equipo de investigadores analizó el ADN de más de 300 personas que vivieron hace siglos en lo que llaman la pequeña llanura húngara, al noroeste de la actual Hungría. La investigación, liderada por István Koncz, de la Universidad Eötvös Loránd, e Yijie Tian, de la Universidad de Stony Brook, junto al historiador Patrick Geary, ha revelado el resultado de dicho análisis. Lo que encontraron al cruzar la genética con la arqueología cambia bastante la imagen que teníamos de la transición hacia la Edad Media.Una transición mucho más lenta y diversa de lo que creíamos Esta gráfica explica cómo la mezcla entre migrantes del norte europeo (azul) y poblaciones locales del sur (rojo) dio origen a distintas comunidades en el siglo VIDurante los siglos de dominio romano, esa región era un auténtico hervidero de gente. Sus habitantes no solo compartían lazos con el sur de Europa; el ADN revela también rastros de personas llegadas de lugares tan distantes como África o Asia. Tenía sentido: las legiones, las rutas comerciales y la administración del Imperio romano movían a miles de personas.Cuando el Imperio romano cayó, todo cambió. Con el paso de las generaciones, empezó a predominar la genética vinculada al norte de Europa, una pista clave para entender los movimientos de población que dieron pie a los primeros reinos posromanos. Aquí entran en juego los lombardos, un pueblo al que las crónicas sitúan en el centro del tablero político del siglo VI, expandiéndose al sur del Danubio. Los datos biológicos confirman que estuvieron allí, pero derriban el mito de una invasión que expulsó a la población autóctona de la noche a la mañana. Esta cueva en Valencia no solo tiene el mayor número de inscripciones en latín de todo el Imperio Romano: muchas mencionan a una misteriosa DamaNo hubo un reemplazo repentino. El ADN muestra más bien un proceso largo y lleno de matices: mientras algunas comunidades mantuvieron intacto su linaje norteño, otras se mezclaron sin problemas con la población local. Con el tiempo, esa convivencia fue creando pueblos mestizos con árboles genealógicos muy diversos.La arqueología respalda esta idea. Los asentamientos descubiertos demuestran que los recién llegados no eran simples campesinos aislados buscando tierras, sino sociedades estructuradas y jerarquizadas, con élites capaces de organizar un territorio y fundar un nuevo orden político. Por lo tanto, no solo cambió la genética de sus habitantes.Cuando los huesos cuentan lo que las crónicas romanas callaron Poder comprobar esto es un gran avance, sobre todo porque la Alta Edad Media siempre ha sido un rompecabezas con demasiadas piezas perdidas. Los pueblos que migraron casi no dejaron testimonios escritos, y los pocos textos que se conservan los escribieron autores romanos, que solían ver a estos recién llegados con bastante recelo y prejuicios. Por eso la paleogenética es tan importante: los esqueletos guardan muchas pistas biológicas que los cronistas pasaron por alto, como relaciones de parentesco reales y rutas migratorias más precisas. Al unir estos datos con los objetos que desentierran los arqueólogos, se evita caer en el error de pensar que cada cambio cultural fue consecuencia de una guerra.Al final, la Europa que nació de las cenizas de Roma fue el resultado de siglos de mestizaje, pactos e integración. Y fue justamente sobre ese mosaico humano tan diverso sobre el que se levantó el mundo medieval.