Piedad Bonnett: «En el fondo quería plasmar quién era mi hijo y cómo podía devolverlo a la vida»

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Piedad Bonnett acaba de publicar ' La voz de las cosas ' (Random House), un libro singular, bellísimo, donde dialogan poemas y dibujos. Hay algo en él muy profundo, una pregunta que está detrás de cada trazo y cada palabra, que atraviesa además gran parte de toda su obra poética y narrativa: ¿qué es ser madre? ¿cómo se debe recordar a un hijo muerto? ¿cómo se debe cuidar de él cuando vive preso de una enfermedad mental? 'La voz de las cosas' habla de objetos que tienen el alma del que se marchó, pero también de los ojos que todavía los miran, los lloran e intentan buscar en ellos una compañía, un poco de vida, unas migajas de consuelo. —El 14 de mayo de 2011 tu hijo Daniel se suicidó en Nueva York. Me gustaría que, para situar a los lectores, nos dijeras cómo influyó su muerte en la creación de 'La voz de las cosas'. —Cuando Daniel muere, lo primero que pienso es que voy a escribir poemas. Pero me da tanto terror no lograr algo de valor con la poesía que se produce en mí un cortocircuito. A partir de ese momento ocurren dos cosas: decidimos viajar a Roma, a Italia, para continuar enfrentándonos a aquel duelo terrible, y es en Italia donde se me ocurre escribir 'Lo que no tiene nombre'. Y ya de regreso a Bogotá, tener que convivir con aquel vacío, el vacío de unos lugares en los que Daniel estaba muy presente. En esas circunstancias empiezo a abrir las carpetas gigantes en que había dejado toda su obra catalogada. En Nueva York encontré entre sus cosas un cuaderno de dibujo. Y un día, yo no sé por qué, viendo ese cuaderno me dije: «Voy a dibujar algo en el cuarto de Daniel». Me dieron ganas de dibujar. Pero no cualquier cosa, sino algo que tuviera relación con él, porque en ese momento todo tenía relación con Daniel en mi cabeza. Entonces fui y dibujé la ventana. Eso fue lo primero que dibujé. Él tenía un cuarto precioso, con una ventana que daba a un árbol maravilloso, a una calle muy solitaria. Esto lo hice con un lapicerito, un lápiz de punta fina. Lo hice en media hora. Cuando dibujé la ventana tomé la determinación de dibujar las cosas de Dani, las que me quedaron, que son poquititas. Entonces lo primero que hice fue sacar la chaqueta, una chaqueta viejísima que compró alguna vez en Nueva York, la colgué y la pinté, luego pinté los zapatos, la bata con que se graduó, con la firma de sus amigos. Y ahí empezó un proceso que era mío, íntimo, y que no le mostraba a nadie. Un proceso espontáneo, desnudo, en que se habla de la ausencia, del vacío. —¿Qué supuso para ti volver a la pintura en aquellos momentos? —Una manera maravillosa de descansar y pensar, porque, mientras vas haciendo eso, piensas montones de cosas. Es como abandonarte. Yo practico yoga, pero cuando uno hace yoga hay como un mandato de cosas que tienes que hacer. En cambio, esto es una actividad superlibre, que me devuelve a la infancia, a la libertad del juego, a la felicidad, a la expansión. —Tanto Daniel como tú tuvisteis mucha intimidad con el arte. —Hasta los catorce o quince años yo no sabía si iba a estudiar Bellas Artes o iba a estudiar Literatura. Creo que escogí bien, primero porque creo que tengo más habilidad con el lenguaje que con las manos. Además, el mundo del arte es muy duro hoy en día. Brutal. Respecto a Daniel, desde muy pronto, desde los diez años, nos dimos cuenta de que tenía un talento innato para el dibujo. Le pusimos en contacto con varios maestros y después hicimos que se formara en Nueva York. Estaba muy dotado para el retrato, la gente hacía corro para verlo. Pero al entrar en la Universidad, ya con la enfermedad mental encima, le pasó algo terrible: el primer día le dijeron que la pintura había muerto. Al visitar la Bienal de Venecia un año después se encontró precisamente con que la pintura estaba en un sótano, y que todo eran performance e instalaciones. Pobre. Cuando su directora de tesis le dijo que por qué dibujaba perros en vez de fotografiarlos, se le vino el mundo encima. —¿Qué pintor era Daniel? ¿Cómo lo definirías como pintor? —Primero era mejor dibujante que pintor. En la universidad buscaba un lenguaje, hasta que encontró el tema de los perros. No era hiperrealista, su trabajo plástico era muy autobiográfico y tenía que ver con su tragedia. Vemos perros desdibujados, hombres embozalados, autorretratos atormentados. Todo ello tenía que ver con lo que era el secreto de su vida: la enfermedad mental. Los ojos penetrantes de los perros, de esos perros que vigilaban la Universidad, tienen que ver con el miedo que le daba la locura. Como los autorretratos expresaban muy bien su angustia, su tormento, estaba pintando lo que le correspondía. Pero empezó a crecer en él el miedo a no llegar a ningún sitio, a morirse de hambre. Veía que la pintura no era valorada, que muchos artistas se quedaban con su obra en casa, que no tenían salida. Entonces decidió estudiar Administración de Arte, y un día me dijo que ya nunca más iba a pintar. Fue una forma de autocastigo o de huida. Yo definiría su obra como forma de vigilancia y de castigo. Era un ser muy reconcentrado, muy exigente. —¿Y los textos de 'La voz de las cosas'? —Surgieron como proyecto con alguien que fue mi alumna, dibujante. Ella estaba pasando por un duelo amoroso. Siempre me han gustado los libros en que los textos dialogan con una dimension plástica, con dibujos o pinturas. —¿Te acuerdas del verso que has repetido muchas veces de Watanabe: «La vida es física»? ¿Hasta qué punto se relacionan estos dibujos con esa idea? —Haces muy bien la relación. En mí existía un deseo muy fuerte de recuperación: ¿Quién fue Daniel? ¿Cómo lo devuelvo a la vida? Y este, que es un ejercicio de pintar sin premeditación ninguna, es profundamente íntimo: es la chaqueta que todavía huele, ¿sí? Los zapatos que le vi ponerse años, porque no cambiaba de zapatos. El pantalón de pintura, el pijama. Esa cercanía con el objeto es muy fuerte, porque no es que te cuente una historia, es que te habla del que no está. No es tanto una historia como una presencia que sigue ahí. Y cuando le dedicas tiempo a eso, estás entrando en contacto con lo perdido. No sé, porque esto tampoco tiene palabras para expresarse, porque él está ahí cuando yo estoy pintando la chaqueta. —Y sin embargo, Piedad, tú siempre has sido una persona que, cuando has hablado de la muerte, precisamente por esa idea de la vida como algo físico, has tenido muy claro que una de las cosas que se pierde con la muerte, quizá la más importante, es ya no poder acariciar, ya no poder tocar, ya no poder sentir ese cuerpo, ¿no? —Es que esa es la muerte. Esa es la muerte, la muerte no es sino eso, ¿qué más va a ser? Eso es lo verdaderamente desesperante, y es lo que te puede enloquecer: que no está, físicamente no está, entró a su puerto, no está, y la idea más horrible es que no va a estar nunca más. —Ese estado donde todo se reduce a lo físico, lo percibiste muy claramente cuando recibiste la llamada de la persona encargada de donación de órganos. —Mi hija me dijo por teléfono: «Te voy a pasar a la señora de la donación de órganos». Yo me quería negar, pero asentí... Cuando tuve que decir sí a la donación de cada órgano, cuando me los iba nombrando (el corazón, los riñones, la piel de la espalda, los huesos de las piernas) fue terrible. Y luego, cuando entré a esa especie de, no sé, como un templo donde estaban los restos de Daniel en una caja de cartón, todo parecía estar en otra dimensión. Pregunté: «¿Qué hay ahí? ¿Qué hay ahí que sea Daniel? No hay nada». Hay un montón de cosas que no son Daniel. Esas son las experiencias verdaderamente brutales, porque luego encuentras el carné, la foto, las gafas de natación, los diplomas del colegio... pero es otro enfrentamiento. —Entre tus libros no has dejado nunca de repetir una frase: «La una y diez de la tarde». Y aquí, en 'La voz de las cosas' vuelves otra vez a escribir «la una y diez de la tarde»... A la una y diez de la tarde del 14 de mayo se rompió el tiempo. —A la una y diez se rompió en verdad mi vida. No ha habido un corte más abrupto que ese, evidentemente. Y evidentemente los objetos que dibujo son tiempo, el tiempo del ayer y el del hoy. Son cosas que ya estaban desgastadas de alguna manera, pero que el tiempo sigue desgastando. Y son cosas que uno no sabe a dónde van a ir a parar. Yo siempre pienso: cuando yo me muera y la gente abra este clóset, sean mis hijas o quien sea, ¿qué van a hacer con esas chaquetas? Las tirarán en una bolsa de basura, o para un indigente. Todo sigue envejeciendo, como nosotros, todo sigue su curso. —Una de las cuestiones de tu estilo como escritora es la intensidad y la brevedad. Pero aquí eres especialmente intensa y breve. —Empecé siendo muy expresiva, por decirlo así, hasta un momento en que pasaron dos cosas: leí a Blanca Varela y sentí que su lenguaje era mi lenguaje; y llegó la enfermedad de Daniel y desprecié todo lo que fuera un exceso de palabras. Ahora, en los poemas que estoy escribiendo, he llegado a otra nueva dimensión. Es como desprenderme de ese dolor sin desprenderme absolutamente, pero tratando de zafarme de eso mediante el humor. Es como volver a aligerarme. —¿Colombia es una sociedad donde determinadas enfermedades ( el odio, la violencia) son desasosegantes para ti? —Mucho. Yo creo que no hay colombiano consciente que no sufra eso a diario. ¿Cómo es posible que esto no termine nunca? ¿Y cómo es posible que la muerte se haya naturalizado de esa manera? Estoy constantemente entre el dolor y la rabia, perpetuamente. Siento mucha rabia. Les digo a mis nietas que no vuelvan, que se queden en Estados Unidos. Prefiero perderlas. Todos los días tienes un dolor cuando abres el periódico. Yo creo que uno no puede vivir en Colombia, no es sano. Y mi hija me dice: «No sabes lo que son los Estados Unidos». —Piedad, vivimos en un mundo donde has tenido que tomar opinión, no partido, pero sí opinión, sobre determinadas cuestiones. Que además afectan mucho al mundo cultural, por ejemplo, el tema de la cancelación. En estos días dos cancelaciones ocupan los titulares: de hecho tú has firmado en contra de la cancelación de Ariana Harwicz. —Mira, yo lo veo en general como algo muy peligroso, porque no se sabe dónde está el límite. Y porque lo que hemos conquistado con la civilización es la coexistencia de lo distinto, y la gran amenaza que tenemos hoy es la persecución a lo distinto. El distinto es el migrante, y es lo que desde allá, desde Trump, digamos, se está estigmatizando, como se estigmatizó a los judíos en cierto momento. Entonces, deberíamos poder respetar lo distinto, lo cual no quiere decir aceptar lo distinto. Las palabras están para dialogar, para discrepar, pero no para cancelar. Somos un mundo de interconexiones. Una cosa es el gobierno de Netanyahu, otra cosa es el Estado judío, el pueblo judío, y otra cosa es el sionismo. Hay un montón de diferencias que hay que considerar. Ahora, eso no quiere decir que uno en ciertos momentos no deba ser muy radical. Yo entiendo, por ejemplo, la formación del Estado judío, ¿cómo no voy a entender eso? Entiendo hasta cierto punto el sionismo. Pero, por supuesto, estoy contra todos los horrores que Netanyahu ha hecho, y si me ponen a manifestarme sobre eso, lo manifiesto en cualquier escenario. ¿Sabes qué pienso en realidad? Que estamos en la época de las simplificaciones. Y eso va desde la academia, que ha simplificado un montón de cosas, hasta las redes sociales, donde todo está simplificado. Y la literatura, como lo dijo muy bien Milan Kundera, se está simplificando porque ha asumido la misma simplificación que el periodismo, que la política o la tecnología. ¿Cancelamos a Quevedo o a Shakespeare? ¿Y qué nos queda?