Desde la escalerilla misma del avión, toda la puesta en escena de la visita de Estado de Xi Jinping a Estados Unidos se ha convertido en un reto semiótico global. Cada gesto y cada palabra del presidente chino y de su anfitrión, Donald Trump, son interpretados en términos de la relación de poder entre las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Las conclusiones no son buenas para Trump. El presidente estadounidense esperó a Xi el miércoles por la noche en la pista de aterrizaje de una base militar, en un gesto muy poco habitual de la diplomacia de Washington y que dejó claro desde el primer minuto que el líder chino no es un dirigente extranjero más, sino un actor cuyas decisiones pueden alterar la trayectoria de cualquier conflicto. Es la clase de recepción que Trump reservó también para Vladímir Putin en Alaska. EE UU tiene un presidente que profesa admiración a los hombres con poder absoluto. Resulta coherente con esa aspiración que durante la visita de Estado hubiera tres grandes medios de comunicación norteamericanos vetados en la Casa Blanca, por capricho de Trump.Seguir leyendo