Hay historias que, cada cierto tiempo, vuelven a nosotros. Al cine le encanta mostrárnoslas, pues a los cineastas les atrae especialmente contar su versión personal de la historia. Al fin y al cabo, ¿qué es el cine, sino un punto de vista concreto sobre temáticas humanas que intentamos descifrar desde que tenemos conciencia de ellas?Los clásicos de la literatura son la mejor fuente para ello. Por algo, claro, se han convertido en clásicos. Ya sea de manera fidedigna al material original o con licencias artísticas, el cine lleva décadas trasladando esas reflexiones en papel sobre el comportamiento humano y de la sociedad a la gran pantalla. Ya se sabe, sin embargo, que siempre se han perdido matices al trasladar esas historias de un medio a otro.Con el auge de las series, en teoría, ese riesgo se ha minimizado. Con más horas para contar dichos acontecimientos, es de esperar que la adaptación en cuestión consiga transmitir de mejor manera lo que el autor de la obra escribió en su momento. Sobre todo, si se trata de una creación que no busca ni modernizar ni reinterpretar en exceso, sino proporcionar la oportunidad a las generaciones de ahora de enfrentarse, quizá por primera vez, a ese escrito que ha pasado a la historia.Ese parece ser el objetivo de la nueva versión del director Daniel West de Historia de dos ciudades, pues esta podría resumirse como un traslado del papel a la pantalla de la novela de Charles Dickens sin pretensiones de destacar por su originalidad, pero sí de alterar lo suficiente para sentir que se trata de una nueva interpretación. Un objetivo, por lo tanto, que logra cumplir con dignidad en los cuatro episodios que componen esta miniserie de MGM+ (disponible en España desde el 6 de septiembre).Amores en tiempos revolucionariosCuando Dickens publicó Historia de dos ciudades en 1859, lo hizo de manera semanal en la revista All The Year Round. A lo largo de 31 entregas, situó al lector en el siglo XVIII, donde una joven llamada Lucie Manette recibe la noticia de que su padre, a quien creía muerto desde hacía 16 años, sigue con vida. En su travesía por reunirse con él, encuentra el amor en dos hombres que luchan por conquistarla: Charles Darnay, un idealista francés; y Sydney Carton, un inestable y joven abogado inglés.Con las ciudades de Londres y París como telón de fondo y representación de la seguridad y la injusticia social respectivamente, Dickens creó una historia sobre el hambre y la venganza en la que unos jóvenes navegan entre el amor, la esperanza, la desilusión y una segregación de clases demasiado arraigada en la sociedad como para poder sobreponer sus sentimientos a los valores e ideales de un pueblo sumido en la desesperación.Una historia que ahora protagonizan Mirren Mack, Kit Harington y François Civil bajo la director de West, y que destaca por tomarse el tiempo suficiente para trasladarnos a los albores de la Revolución francesa, al malestar de un pueblo que se muere de hambre, a la indiferencia de una nobleza desconectada del mundo que la rodea y a la incapacidad de unos ideales de ser defendidos sin consecuencias devastadoras.Y lo hace con paciencia, con un estudio riguroso de la estética de la época a la que pertenecen sus personajes, y con unos protagonistas entregados a la historia que están contando y decididos a poner el foco en ese triángulo amoroso en el que la serie se centra de manera muy consciente. Paralelamente, destaca el trabajo de Roxane Duran como Thérèse, alma de la Revolución que consigue desviar nuestra atención e interés a las calles de París.Una nueva versión que llega tras su última adaptación en 1989 y que, aunque con ese toque moderno que impregna cada nueva versión de un clásico que aparece ante nosotros -a la espera nos encontramos de las nuevas Orgullo y prejuicio y Al este del Edén de Netflix, o ese Sentido y sensibilidad protagonizado por Daisy Edgar-Jones-, se convierte en un digno primer contacto con la obra de Dickens para las nuevas generaciones.