Julio Juan Prieto, experto en industria de defensa: «Las guerras largas no se ganan solo por tecnología, sino por la capacidad de producción de forma sostenida»

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La industria de defensa puede tener sensores, satélites y sistemas avanzados, pero eso sirve de poco si después no puede fabricarlos al ritmo que exige una guerra larga. Esa es la idea que Julio Juan Prieto desarrolla en una entrevista en el canal de YouTube Espacio Bitácora: la producción sostenida al nivel de la tecnología cuando el conflicto se prolonga.El problema, aplicado a España y al resto de Europa, no estaría tanto en el laboratorio como en la fábrica. Prieto sostiene que aquí existe una base tecnológica sólida, pero también programas dispersos, poca escala y demasiada lentitud para pasar del diseño a la producción. Una industria sólida sin suficiente escala de fabricación acaba teniendo un margen mucho menor.Un dron barato puede dejar fuera de juego una plataforma de millones El ejemplo más fácil de entender está en Ucrania. Un dron de miles de euros puede inutilizar un carro de combate de millones, mientras que interceptarlo puede exigir otro sistema caro. Prieto lo resume así: «el coste de destruir es cada vez menor y el coste de proteger es cada vez mayor». Es una asimetría de costes difícil de sostener.Si estás acostumbrado al mundo tecnológico, la comparación sería parecida a usar un Raspberry Pi para poner en aprietos a una infraestructura millonaria. No es una equivalencia exacta, pero ayuda a entender la ventaja de producir muchas unidades y reponerlas rápido: si una falla o se pierde, el sistema no depende de una única plataforma carísima.Esa diferencia entre disponer de una tecnología y ser capaz de fabricarla a escala ya se ha visto también en el propio conflicto. El caso de Ucrania muestra que tener un arma lista no basta si después no puedes producir suficientes unidades. La fabricación a escala como parte del rendimiento militar deja de ser una cuestión secundaria.Prieto añade otro problema: la velocidad. La industria sigue trabajando con programas pensados para ciclos de 10 o 20 años, mientras que muchas tecnologías militares ya cambian en 10 o 20 meses. Según explica, «hoy necesitamos que los contratos evolucionen a la misma rapidez que la tecnología». Hacen falta contratos capaces de seguir el ritmo de la tecnología.SpaceX explica mejor el cambio que cualquier catálogo militar Elon Musk en el momento de la salida a bolsa de SpaceXPara explicar ese salto, Prieto recurre a los satélites. Antes podían pasar dos o tres años entre concepto, montaje y lanzamiento, con la expectativa de que cada unidad funcionase durante unos 15 años. Con el modelo de constelaciones, en cambio, aparece una tolerancia a fallos basada en producir muchas unidades, porque perder algunas ya no detiene todo el sistema.La comparación con SpaceX cambia bastante la pregunta. Ya no es cómo construir una unidad casi perfecta, sino cómo fabricar muchas, lanzarlas con rapidez y sustituir las que fallen. Prieto lo resume con el ejemplo de una constelación enorme: miles de unidades frente a una plataforma prácticamente irreemplazable permiten aceptar algunas pérdidas sin paralizar la cadena.Ahí entra también el viejo modelo del «just in time», que durante años priorizó producir lo necesario cuando hacía falta. En defensa, Prieto apunta hacia una lógica más cercana al «just in case»: más reservas, más proveedores y más capacidad propia de fabricación. La diferencia importa porque un presupuesto mayor no crea de inmediato nuevas fábricas ni cadenas de suministro.De hecho, convertir dinero en producción real ya supone un problema incluso para grandes potencias. Prieto pone como ejemplo la fragmentación europea: mientras Estados Unidos desarrolla un solo programa de caza, Europa mantiene tres en paralelo. Tres programas compitiendo por presupuestos, proveedores y capacidad industrial obligan a repartir recursos que también hacen falta para producir con continuidad.España entra de lleno en ese diagnóstico. Prieto afirma que «nuestro reto no pasa tanto por la especialización tecnológica como por darle escala, darle continuidad, evitar la fragmentación», una frase que traslada bien el problema al lenguaje de los chips o los móviles. Escala, continuidad y menos fragmentación para la industria española pesan tanto como desarrollar un sistema avanzado.La nueva Ley General de Industria recoge parte de ese problema al incluir entre sus objetivos la resiliencia industrial, la autonomía y la protección de capacidades productivas críticas. En defensa, el planteamiento de Prieto pasa por algo bastante concreto: fábricas, proveedores, repuestos y ritmo de producción suficientes para mantener en el tiempo aquello que el país ya sabe desarrollar.