Llenar un depósito de 50 litros costaría entre 110 y 120 euros si el gasóleo llegara a venderse entre 2,20 y 2,40 euros por litro. Es la traducción al bolsillo de una previsión que depende de dos factores: la evolución del mercado y el final de las rebajas fiscales que amortiguan el precio del combustible.La guerra en Irán ha añadido incertidumbre a un gasto del que resulta difícil prescindir cuando el coche es necesario para trabajar. A ese riesgo se suma el calendario de las ayudas españolas. Una retirada del alivio tributario puede encarecer el repostaje aunque la cotización del petróleo no experimente una subida equivalente ese día.La cifra de 2,40 euros pertenece a un escenario adverso, no a una tarifa anunciada para todas las estaciones. Tampoco equivale a afirmar que vayan a quedarse sin producto. La disponibilidad y el precio son problemas relacionados, pero un combustible puede seguir llegando al surtidor mientras se vuelve mucho más caro.Un cambio previsto para octubreJuan Francisco Calero plantea esa posibilidad en un vídeo publicado el 17 de septiembre de 2026 en su canal de YouTube carwow.es. Su cálculo sitúa el litro entre 2,20 y 2,40 euros si desaparecen las rebajas fiscales y persiste la presión del mercado. El periodista del motor identifica esa horquilla como su previsión más negativa y deja abierta la posibilidad de que las condiciones mejoren.La condición importa porque la fiscalidad forma parte de lo que paga el conductor. El Real Decreto-ley 18/2026, aprobado el 29 de junio, fijó una retirada gradual de las reducciones del impuesto sobre hidrocarburos hasta septiembre. También incluyó una salvaguarda ligada a la inflación de los carburantes. Por tanto, el alcance del descuento varía según el producto y la evolución de los precios prevista en esa norma.El 1 de octubre es la fecha que utiliza Calero para su advertencia, siempre que no se prolonguen las medidas. Su intervención se detiene en la dependencia del petróleo y en los costes que se acumulan antes de que el producto llegue al vehículo. El barril es solo una parte de esa factura: también intervienen el refino, la distribución y los impuestos.El transporte de mercancías comparte esa exposición al combustible, aunque cada actividad tenga sus propias ayudas y contratos. También explica el interés por soluciones como las velas para cargueros, diseñadas para reducir el consumo en el mar. Reducir los litros que hacen falta y rebajar lo que cuesta cada uno actúan sobre partes distintas del mismo gasto.Las refinerías también cuentanEl informe de septiembre de la Agencia Internacional de la Energía aporta un dato para entender la tensión: las exportaciones netas de diésel del Golfo quedaron en agosto en poco más de una cuarta parte de su nivel anterior a la guerra. Además, el volumen mundial procesado por las refinerías fue inferior al de un año antes. Comprar crudo no garantiza disponer de todo el combustible acabado que necesita el mercado. Esa diferencia ayuda a entender por qué seguir la cotización del petróleo no basta para anticipar el importe del siguiente repostaje. La cuenta final incorpora otros costes y decisiones comerciales. Para quien sigue utilizando un motor de combustión, el gasto tiene dos componentes: el precio por litro y los litros consumidos, una distinción que también sirve al utilizar aplicaciones para registrar repostajes.La volatilidad del carburante vuelve a poner sobre la mesa el coste de utilizar un coche eléctrico, aunque cambiar de vehículo implica una inversión que excede el problema del próximo depósito. Para el conductor que conserva su coche, cada diez céntimos adicionales por litro suponen cinco euros más al comprar 50 litros.La advertencia de Calero queda, así, ligada a decisiones y precios que todavía pueden cambiar. Los 110 o 120 euros del ejemplo permiten medir el impacto de su pronóstico, pero no describen una factura inevitable. La continuidad de las rebajas fiscales y el suministro de producto refinado determinarán cuánto de ese riesgo termina pagando el automovilista.