Durante años se ha explicado la imaginación visual como una especie de visión al revés: cuando recordamos una cara o un lugar, el cerebro volvería a activar las mismas zonas que utiliza para verlos. Una revisión pone en duda esa idea.El trabajo, publicado en Consciousness and Cognition, reúne estudios sobre personas con afantasía, incapaces de formar imágenes mentales, y pacientes que han perdido parte de la corteza visual. La conclusión es que una imagen mental no parece nacer en un único punto, sino del trabajo conjunto de regiones.La corteza visual podría no ser la “pantalla” de nuestra imaginaciónLa teoría clásica situaba el protagonismo en la corteza visual primaria, en la parte posterior del cerebro. Según ese modelo, imaginar una taza o una habitación consistía en enviar información desde las áreas de memoria y planificación hacia esa zona, que actuaría como una pantalla interna.El problema es que algunas pruebas no encajan. Hay pacientes con daños muy extensos en esa región que han perdido la visión, pero siguen siendo capaces de imaginar imágenes. Otros experimentos han mostrado incluso que reducir temporalmente su actividad puede hacer que algunas personas describan imágenes mentales más intensas.Los escáneres cerebrales apuntan justamente en otra dirección, pues al imaginar, aparecen áreas frontales y regiones relacionadas con reconocer caras, objetos y palabras, mientras que la corteza visual primaria no siempre muestra una actividad clara.Los autores del estudio no dicen que esa zona sea inútil, sino que indican que podría ayudar a afinar lo que imaginamos, pero no sería el lugar donde se “dibuja” la imagen.La afantasía ofrece una pista de cómo construimos imágenes sin mirarIncreíblemente, la afantasía resulta extremadamente útil para entender la raíz del problema. Quienes la tienen saben cómo es su casa o qué objeto está junto al televisor, pero no necesitan verlo mentalmente. Algunos lo describen como conocer datos espaciales sin que aparezca ninguna fotografía interior.Los estudios revisados apuntan a que el fallo podría estar en la comunicación entre varias zonas del cerebro. Si esas regiones no trabajan juntas, la información existe, pero no termina convirtiéndose en una experiencia visual consciente. Esto también explicaría por qué algunas personas con afantasia pueden imaginar sonidos, olores o movimientos y otras no pueden recrear ninguna sensación.Los autores proponen entender la imaginación como algo que surge de una red completa, de forma parecida a un acorde que necesita varias cuerdas sonando a la vez. Ninguna región aislada sería responsable por sí sola.La revisión tampoco resuelve todas las dudas, pues aún no existe una prueba objetiva definitiva para diagnosticar la afantasía ni sabemos por qué unas personas desarrollan imágenes mentales muy vivas y otras no.De igual manera, el cambio de enfoque es muy importante. En vez de buscar el lugar exacto donde nace la imagen, la ciencia empieza a preguntarse cómo distintas partes del cerebro colaboran hasta hacer que podamos “ver” algo que no está delante de nuestros ojos.