La EU KIDS Act europea es una aparente buena noticia: Europa ha decidido actuar. Y actuar es necesario, porque el problema es evidente: plataformas diseñadas para captar la atención de menores, exponerlos a todo tipo de contenidos nocivos y convertirlos en materia prima para el perfilado comercial. Aún es una propuesta de la Comisión que está pendiente del Parlamento y del Consejo, pero es un paso. ¿Qué pretende exactamente la Unión Europea? Básicamente, prohibición total para menores de 13 años, «mini-cuentas» entre los 13 y los 15 gestionadas por sus padres y con funcionalidades y tiempos limitados, y protecciones especiales hasta los 18. Todo ello aplicable, además de a redes sociales, a plataformas de vídeo, videojuegos, tiendas de apps y chatbots, y con sanciones que alcanzarían el 6% de la facturación mundial. Tecnológicamente, la solución escogida para la verificación de edad es interesante: código abierto, arquitectura descentralizada y zero-knowledge proof. El usuario acredita su edad mediante una variedad de posibilidades (identidad electrónica, aplicación bancaria, documento, oficina de correos) y el servicio recibe únicamente una respuesta binaria confirmando si supera el umbral de edad exigido. Ni nombre, ni fecha de nacimiento, ni documento alguno, y las comprobaciones no pueden vincularse entre sí. El problema, claro, es que diseñar una buena cerradura no implica que el hecho de cerrar la puerta sirva para algo. El caso australiano, en el que se ha demostrado que el 86% de los menores siguen usando plataformas supuestamente prohibidas para ellos tres meses después de la entrada en vigor de la prohibición, es sumamente claro: muchos conservaron sus cuentas, otros recurrieron a edades falsas, a cuentas prestadas o a navegación privada. No hubo cambios significativos ni el el uso diario, ni en el tiempo dedicado a ello. Sólo el 27% cumplía la prohibición. Eso es, simplemente, convertir la transgresión en una norma social. Que muchos países establezcan prohibiciones de este tipo no quiere decir que todos ellos acierten: simplemente, es una opción que recibe cierto apoyo popular y que resulta relativamente fácil de presentar, aunque posteriormente no sirva para nada. Por otro lado, como ya he comentado anteriormente, las redes sociales se han convertido en una televisión algorítmica con programación infinita y vigilancia total, y aunque los jóvenes las sigan usando porque las usan sus amigos, tan solo el 18% de las primeras publicaciones que ven proceden de sus amigos y conocidos. Del resto, el 35% viene de los mal llamados influencers (básicamente, atención prostituida) y el 29% directamente de marcas y publicidad. La conclusión parece clara: la ingeniería es interesante, pero es necesario cambiar el objetivo. Lo más importante de la EU KIDS Act es que obliga a un rediseño del producto que las redes sociales se resistirán enormemente a hacer: eliminar el perfilado de menores, el scroll infinito, los feeds adictivos, las recompensas manipuladoras, las notificaciones nocturnas y los contactos con desconocidos. Hasta en Estados Unidos han entendido que todo eso es profundamente nocivo. Pero el tema no es controlar quién cruza la puerta, sino evitar que tras ella, aparezca una máquina de manipulación total. Máquina que, además, no afecta sólo a los menores de edad: nos afecta a todos, a la totalidad de la sociedad, y nos genera polarización, inestabilidad, radicalización y muchos más efectos que ya llevamos tiempo experimentando. No hay que prohibir las redes sociales a los menores: hay que prohibir, para todos, el modelo de negocio que convierte la vigilancia, la manipulación algorítmica y la explotación de la atención en condiciones de acceso a la conversación pública. Si una red social no puede funcionar respetando la privacidad como derecho fundamental, lo que debe desaparecer no es el usuario, sino la red tal y como está diseñada. Simplemente, las premisas de funcionamiento de las redes sociales con publicidad hipersegmentada con respecto a la privacidad no respetan el hecho de que para un ciudadano europeo, la privacidad sea un derecho fundamental. Y por tanto, deben ser ilegales.Europa ha diseñado una magnífica forma de comprobar quién llama a la puerta, cuando lo verdaderamente urgente era cambiar lo que ocurre al otro lado.