Hace mucho que me encuentro, en distintos supermercados, dos marcas de enlatados que llaman mi atención. No por su contenido —desde el atún y las sardinas hasta garbanzos y porotos- sino por el nombre que ostentan: Caracas y Cumaná, dos importantes ciudades venezolanas. La primera, la capital, no creo que requiera introducciones; pero quizá convenga decir que Cumaná, ubicada en el oriente venezolano, fue la primera ciudad fundada en América que aún permanece habitada, razón por la cual ostenta el título de la “primogénita de América”.En un arrebato de sentimentalismo, o quizá de ingenuidad, supuse en cuanto los vi que tendrían que ser productos vinculados de algún modo con mi país. Especialmente, aquellos extraídos del mar: Venezuela, a fin de cuentas, tiene una larga costa caribeña donde florece una abundante cultura gastronómica.Quienes vivíamos en Caracas, por ejemplo, podíamos fácilmente ir comer pescado frito con tostones a orillas del mar en La Guaira, en el litoral central, o bien emprender el viaje hacia el oriente, en pos de playas paradisíacas donde comer empanadas de pulpo, de camarones, o un caldo de sietepotencias o vuelvealavida: una cocción de distintos mariscos y moluscos, con limón y salsa picante que, según se dice, ha sido el remedio de muchos embarazos larga e infructuosamente buscados.Recuerdo sentarme de niño a orillas del mar de Manzanillo, la playa más al norte de la Isla de Margarita, a comer los mejillones recién sacados por mi padre, con limón, directamente de sus valvas negras. Lo mismo, en un modesto restaurante cercano, regentado por una matrona voluminosa y fumadora de tabaco llamada Rosenda: comer catalana a la plancha, un pez de cuero rojizo y carne tan blanca y sabrosa que, en muchos lugares, hacían pasar por langosta a los turistas distraídos. También, ruedas de carite sierra del tamaño del plato, pulpo a la gallega o la vinagreta, o el plato de los niños: calamares rebosados con papas fritas, eso que aquí en Argentina conocemos como rabas. La vida junto al mar es abundante y sabrosa.Tampoco olvidaré el retrato de país que aquellas costas me ofrecieron. En esas mismas playas presencié la lucha de los pescadores y sus redes contra el cardumen de turno, negado a ser arrastrado hacia la orilla. En épocas de abundancia, cuando sobraba el pescado fino y por ende la plata, los vi tirar las sardinas atrapadas por error para que aves y cangrejos se las disputaran como sobrantes. A quien se animaba a recogerlas, los niños le preguntaban con sorna si tenía mascota, porque aquello era “comida de gato”. Esos mismos muchachos, en otro momento y el mismo lugar, le harían frente la miseria comprando sardinas en lata.Pero el tiempo pasa y solo queda el recuerdo. Muy a pesar de sus nombres, los enlatados mencionados al principio resultaron ser importados de Ecuador y de Tailandia, en el caso de los productos marinos, y de Perú, China o Indonesia, para las frutas y legumbres. Aun así, me decido a comprarlos. Nada puede vencer la fuerza tenaz de la nostalgia.Mirá tambiénLa difícil tarea de elegirMirá tambiénEl país del vientoRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosPasiones ArgentinasVenezuelaInmigración