Usted se ha propuesto comprarse una bici eléctrica de montaña y dispone de un presupuesto generoso al respecto. Aun así, tiene un problema: puede que no sea capaz de adquirir el modelo que necesita y que acabe rodando sobre un monstruo de potencia. Las bicicletas del presente, obras maestras de ingeniería trufadas de tecnología, nunca han sido tan atractivas y capaces, pese a lo cual la industria atraviesa momentos delicados. Existen demasiados fabricantes y no tantos ciclistas como debería atraer un sector que se revela tan resuelto a incorporar tecnología en sus productos como incapaz de dar con el mensaje de venta adecuado. El pasado mes de mayo, los principales actores del mercado se reunieron en la localidad alemana de Leonberg para celebrar una tormenta de ideas y tratar de enderezar el rumbo reformulando sus prioridades: ya no se trata solo de crear mejores bicicletas, sino de lograr que más personas disfruten del sencillo gesto de pedalear. La reunión, una responsable y autocrítica declaración de intenciones, ha chocado meses después con una incongruencia: todos los fabricantes europeos se pegan por incorporar los nuevos motores chinos Avinox a su catálogo. “China ha ganado la batalla”, se lamenta el responsable de una marca española de bicicletas. En la cita de Leonberg se llegó a una sencilla conclusión: la industria vende tecnología porque no sabe vender diversión, la secreta emoción de avanzar pedaleando.Seguir leyendo