En Shenzhen, operadores equipados con gafas de realidad virtual, sensores corporales y guantes hápticos controlan robots humanoides para enseñarles a doblar ropa, reponer estanterías o trabajar en fábricas. La paradoja es evidente: antes de sustituir determinadas tareas humanas, las máquinas necesitan que miles de personas les enseñen cómo hacerlas.