Colin McGannity, capitán de la Royal Navy, se sincera sobre el F-35: «Es increíble»

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Los aviones de combate suelen medirse por su velocidad, su maniobrabilidad o el armamento que pueden transportar. Para Colin McGannity, capitán de la Royal Navy y comandante de un ala aérea embarcada, el F-35B provoca una reacción menos fría: el avión le parece «increíble» por las capacidades que pone en manos de la tripulación.La frase cobra peso por el puesto desde el que habla. McGannity dirige una agrupación en la que cazas, helicópteros y aparatos sin tripulación deben actuar como una sola fuerza desde la cubierta de un portaaviones. En ese entorno, recibir y repartir información a tiempo puede valer tanto como la potencia de un misil.Hay tres versiones de este caza monoplaza y furtivo. El F-35A opera desde pistas convencionales; el F-35B puede despegar en poco espacio y aterrizar en vertical; el F-35C incorpora un ala mayor y un tren reforzado para portaaviones con catapultas. La variante británica es la B, pensada para buques sin catapulta como los de la clase Queen Elizabeth.Sensores antes que velocidad La ventaja que más repiten sus pilotos está en la forma de ver lo que sucede alrededor. La información publicada por F-35.com en julio de 2025 situaba la flota mundial por encima de 1.200 aparatos y contabilizaba más de 3.000 pilotos. En esa misma pieza, el teniente coronel estadounidense Hunter Grunden describía el avión como «una especie de sensor gigante» capaz de absorber señales infrarrojas y electrónicas.Esa comparación ayuda a entender por qué su silueta y sus recubrimientos furtivos son solo una parte del conjunto. El radar AESA, el sistema electroóptico integrado y seis cámaras infrarrojas alimentan una imagen común. Después, el ordenador fusiona los avisos y los presenta al piloto en la pantalla y en el visor del casco.Un vídeo divulgativo de Lockheed Martin muestra esa cadena con una misión simulada: dos F-35 entran en una zona vigilada, localizan aeronaves rivales, alertan a una formación aliada y pasan las coordenadas de un lanzamiento de misil a un buque. La escena es promocional, pero permite ver la función que vende el fabricante: detectar, clasificar y compartir. Esa arquitectura también permite que un F-35 controle un dron y reciba datos del aparato sin contacto visual directo.El regreso del ala embarcada McGannity hizo su valoración al presentar la fuerza aérea destinada al HMS Prince of Wales. UK Defence Journal recogió en abril de 2025 que el despliegue comenzaría con 18 F-35B británicos y podría crecer hasta 24, junto a 16 helicópteros y tres grupos de vehículos aéreos sin tripulación. El capitán resumió el salto con dos palabras: una capacidad «absolutamente asombrosa» para una aviación naval que había perdido sus Harrier.El dato ofrece una medida más útil que cualquier eslogan. Un portaaviones necesita aviones disponibles, munición, mantenimiento, combustible y cientos de especialistas para sostener salidas durante semanas. El ala citada reunía a 750 personas y se apoyaba en tres bases aéreas en tierra. España observa ese modelo con atención porque el F-35B sigue siendo el candidato capaz de relevar al Harrier en el Juan Carlos I, mientras el Ejército del Aire renueva su flota con nuevos Eurofighter.La admiración de los pilotos convive con una factura de operación elevada, retrasos en las mejoras y exigencias de mantenimiento asociadas a su baja firma radar. También pesa el avance de la guerra electrónica, junto a la comparación con otros cazas concebidos para necesidades distintas. Para una fuerza naval, la pregunta se estrecha: qué avión puede despegar de su buque y regresar a él sin catapultas ni cables de apontaje.Ahí se entiende el entusiasmo de McGannity. El F-35B reúne despegue corto, aterrizaje vertical, baja observabilidad y una red de sensores en una plataforma ya desplegada por varios aliados. Su mayor baza aparece al volar acompañado, cuando cada aparato amplía la información disponible para los demás y convierte una patrulla en una red aérea difícil de sorprender.