Ahora que está de moda un hermanísimo desgraciadamente para mal, quizá convenga recordar —como que moja el agua— que la vida con hermanos es siempre mejor: no todos la lían parda a sabiendas o a escondidas. Por eso, para no cortarse las venas viene bien recordar algunos ejemplos de buena hermandad: hermanísimos con un superlativo merecido para bien y no con retintín malicioso. Y, ya que estamos, en el mundillo cultural. Todos conocemos el caso de los hermanos Bécquer (uno pintor, otro escritor), los Álvarez Quintero (poetas y dramaturgos que incluso escribían al alimón), los Machado (que siempre hay que especificar Antonio y Manuel para no ser injustos ni con uno ni con otro), el trío tan mágico como maldito de los Goytisolo (Juan, José Agustín y Luis) o —abriendo la mano— los hermanos Almodóvar (en cine) y los Alvar (en lingüística y literatura), la familia Bardem, la saga de los Marías, etc., etc. Un poco más atrás, me interesa recordar otro caso muy curioso sobre Calderón de la Barca, quien —pese a que nadie lo diría— tenía un hermano menor: José Calderón de la Barca, con el que comparte alguna aventura calavera de joven, es un soldado de carrera que participa en varios hechos de armas de campanillas desde 1627 “en los estados de Milán, Italia y Flandes”, para morir en la Guerra de Cataluña en 1646, “quedando hecho pedazos en el campo”. Todo esto y otros detalles los da el propio Pedro Calderón en un memorial soldadesco a Felipe IV (recuperado en su día por Edward M. Wilson) que funciona como currículum y reivindicación de los dos hermanos. Por si fuera poco, José aparece en la portada de la ‘Primera’ y la ‘Segunda parte’ de comedias calderonianas como recopilador de las dos tandas de doce comedias, pero esta labor editorial es muy discutida y se cree más bien una máscara, según una estrategia de modestia: todo apunta a que verdaderamente el dramaturgo llevaría la batuta de un proyecto que constituye todo un golpe sobre la mesa de su ascenso literario y social. Es decir: una pareja de hermanos unidos por las armas y las letras. Ahí es nada.