Un café sin tontería, por favor

Wait 5 sec.

Serían las seis de la tarde de una guardia cualquiera. Una jornada sempiterna de 24 horas en la que el tiempo te arrolla, te devora hasta agotar tus reservas. Quienes conocen el ecosistema de un servicio de emergencias sabe que el cansancio se instala como un okupa, te golpea con una dureza extrema. El sueño te arrincona, logrando que tus párpados cedan bajo la fuerza gravitatoria de un telón de plomo. En ese escenario atroz, la idea de tomar un café asoma como un chaleco salvavidas en alta mar. Una necesidad.Disponía de un descanso ridículo. Mis pasos vacilantes me conducen hacia una cafetería diferente. De esas que llaman la atención sin haber atravesado la puerta.Al otro lado de la barra, un joven de apenas 20 años.—Buenas tardes —dije, arrastrando las palabras—. Un cortado, por favor. Corto de leche y bien caliente.El joven me mira como si fuese un bicho raro. Tras más de 16 horas de guardia, doy por buena la posibilidad.—Mi compañera le atenderá cuando pueda.La compañera aparece por retaguardia. La joven empieza a manipular alimentos en slow motion, haciendo gala de una parsimonia desesperante. Miro el reloj, dejo consumir unos minutos que no me puedo permitir y, tras ahogar un gruñido, me levanto 20 minutos después y sin probar café.De camino a la ambulancia lo entendí todo. Culpa mía apostar por un sitio en el que no venden cafés, “venden la experiencia”. Tienen su público: personas con las tardes libres, novelistas en busca de inspiración que estiran un espresso durante cuatro horas mientras teclean en sus ordenadores portátiles, o parejas que necesitan un fondo estético para sus redes sociales. El problema surge cuando esa supuesta experiencia se financia de manera unilateral a costa de tu propio tiempo, que es, sin temor a equivocarme, el bien más preciado que existe. Nos hemos vuelto tan sofisticados que hemos olvidado la función primaria de las cosas. Un café de especialidad está muy bien para un domingo de paseo, pero cuando necesitas que el mundo gire, la parsimonia mística es un insulto al ciudadano de a pie.Visto lo visto, qué quieren que les diga: yo prefiero la jauría de los baretos de esquina. Esos templos del acero inoxidable, el serrín en el suelo y el olor a aceite reutilizado. Allí donde el camarero te lanza el azucarillo al desprecio, desde el otro extremo de la barra. Allí los cafés se sirven a un ritmo endiablado, el de tu propia vida.Por eso, téngalo claro: el tiempo y la salud son los dos únicos bienes que no retornan. Póngalo en valor.Aprovéchelo —el tiempo— y que nadie lo gestione por usted. Y la próxima vez, si me ven entrar en un local con ínfulas de laboratorio buscando un cortado, por favor, sáquenme de allí a rastras. Mi salud, mi tiempo y mis guardias lo agradecerán.Gracias por la lectura y feliz lunes.