Los entresijos que envuelven la última historia de amor de Federico García Lorca

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Manuel Francisco Reina, crítico literario y novelista, ha dedicado su vida a las letras. Cuando era cronista de ABC, coincidió con el protagonista de esta historia, Juan Ramírez de Lucas (quien ejercía de crítico de arte en este diario) en los premios Mariano de Cavia de 2006, presentados por el antiguo subdirector del periódico, José Miguel Santiago Castelo. Tiempo después, con el ímpetu de demostrar que el destinatario de 'Los sonetos del amor oscuro' no era Rafael Rodríguez Rapún, se embarcó en esta búsqueda. En toda obra humanística, la Historia es el único ente capaz de alterar el libre albedrío de todo ser. Por eso, es relevante destacar que 'Los amores oscuros' (Berenice), la nueva novela de Reina, retrata la vibrante vida cultural del Madrid de los años 30, la meca del cosmopolitismo español de la época, donde la Generación del 27 caldeaba las estéticas del Siglo de Oro y el modernismo con la innovación lírica y el mundo onírico. Aquí, Federico le presentará a su enamorado, Juan, a todo su círculo social, escritores como Vicente Aleixandre o Rafael Alberti, bastante parecido al 'Medianoche en París' de Woody Allen. Partimos de la premisa de que ya conocemos el final histórico de Federico García Lorca y de la novela, con lo que muchas escenas anuncian ese trágico final. Precisamente por esto, le preguntamos a Manuel si empleó algún 'foreshadowing' o presagio narrativo a lo largo de su articulación de los hechos, quien lo afirmó efusivamente, porque «a pesar de usar todo ese mundo lorquiano emocional de la intuición, él era un tipo que conocía muy profundamente la literatura grecolatina, en la que el 'fatum', el designio divino, está muy marcado». Ese mismo hilo rojo que une todos los hechos está sostenido, a mayores, por algunas licencias poéticas, como «el momento en el que ambos amantes están separados ya en julio del 36 y, la noche en la que Federico es asesinado, Juan se despierta ahogado, como si hubiera recibido unos impactos». Nada más abrir el libro, ya podemos entrever el desdoblamiento narrativo. La primera cita es de F. S. Fitzgerald, cuyo Nick Carraway es los ojos mediante los cuales nos adentramos en las vivencias de 'El gran Gatsby'. Esa misma estructura está presente aquí, donde Juan es el protagonista superviviente a través del cual vemos al héroe en cuestión: Federico. Partiendo de uno de los temas que más obsesionaba a Fitzgerald, la idealización tiene su papel en la novela, especialmente, en la relación entre Lorca y Dalí. Esa misma exaltación es lo que catapulta la transición necesaria entre ese amor fatuo que fue Dalí, superficial y juvenil, hacia el amor ágape, basado puramente en el compromiso y la conexión: «Después de todo este periplo vital, cuando Federico conoce a Juan Ramírez de Lucas ya es un hombre maduro que ha vivido todo tipo de experiencias y que ya sabe lo que quiere. Sin embargo, Juan, siendo tan joven (17), da el paso adelante con Federico y le da todo lo que él había querido siempre porque, en el fondo, Federico quería un compañero de vida». Aquí es donde entra en escena Pura Maortua de Ucelay, quien presentó a Lorca y a Ramírez de Lucas. Siendo parte del Lyceum Club, donde las mujeres ejecutaban medidas para el avance social, fue una de las primeras directoras de teatro en España. De hecho, el autor nos cuenta en primicia que, en 1936, Pura estaba con los ensayos de 'Así que pasen cinco años' (una de las últimas obras de Lorca), donde el personaje del fiel sirviente enamorado del protagonista, que se llamaba Juan, iba a ser interpretado por el real Juan Ramírez de Lucas. Esto es simbólico porque, justo cinco años después, el dramaturgo fue asesinado. Manuel Francisco Reina acude a la novela testimonio para poder amalgamar estos datos históricos con la ficción emocional. El novelista, que inicialmente concebía la investigación como un ensayo, decidió acudir a esa fórmula ya acuñada por Chaves Nogales y Truman Capote. «Si lo que yo quiero es que esta historia llegue al mayor número de gente posible, esto permite empatizar mejor con los personajes». Al preguntarle por las inspiraciones de las que bebió para retratar la melancolía, el deseo y demás, hizo un especial énfasis a los «inexplorados narraluces de los 60, entre los que estaban Luis Berenguer y Antonio Hernández. Escribían un tipo de narrativa que enfatiza el habla y las costumbres andaluzas». De este modo, explica que de aquí viene el interés por las supersticiones y el peso de las maldiciones familiares, entre otros, insistiendo en que esta ola de escritores andaluces fueron los precursores del realismo mágico. Toda esta poción de vida con motas literarias se epitomiza en el título de la novela, 'Los amores oscuros': «Me parecía interesante esa metáfora que juega con la última obra poética y vida de Federico, todo está absolutamente imbricado».