Hoy podríamos arrancar el día cantando aquello de Lorca en uno de sus romances más gitanos y tenebrosos: “El veinticinco de junio / le dijeron al Amargo / ya puedes cortar si gustas / las adelfas de tu patio”. Pero, como dejó dicho el mismísimo Cervantes en tercetos memorables (“Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo”), no creo que sea conveniente arrancarme por soleá para entonar esos versos porque desde que los cantó Camarón es mejor persignarse y santas pascuas.A todo esto, fue José Monge Cruz quien impulsó como nadie, y por alegrías, aquella otra letra que el pueblo había cincelado en su manera exclusiva de eternizar metáforas: “Yo pegué un tiro al aire / cayó en la arena. / Confianza en el hombre / nunca la tengas”. Y es ahora cuando se nos deja caer el maestro y poeta sevillano Víctor Jiménez con un generoso ramillete de soleares, todas de tres versos, bajo el título fresco y profundo a la vez de Tiros al aire. La edición, preciosa, es de Libros de la Herida; uno de esos ejemplares que, en la mano, dan envidia sana. Y, para colmo, viene con unas aguadas del también poeta jerezano José Mateos, y con un prólogo didáctico y elegante de Lutgardo García Díaz. O sea, que crees estar leyendo versos y en realidad estás saboreando soleares a las que tú mismo le sientes el rasgueo de la guitarra; crees estar leyendo un libro y en realidad estás ante un conjunto de pinturas tan negras como íntimas. Por eso el último libro de Víctor Jiménez puede dar la apariencia de pequeño pero es todo lo contrario.Entre aquellas Soledades de Góngora y las muy modernistas de Antonio Machado -modernistas a su sevillanísima manera -, hemos de recordar no solo al padre de los dos poetas –que nunca se nos olvide Manuel- cantiñeando para sus adentros en el Palacio de las Dueñas, sino también al gran Augusto Ferrán concentrando en un libro apretado de sentimientos y de 1860 todo el neopopularismo que la Generación del 27 iba a aprovechar después de que pocos poetas como Bécquer entendieran la intención última de su amigo Ferrán tras regresar de Alemania: mezclar en los mínimos versos posibles toda la potencia del folclore con la poesía culta.“Las fatigas que se cantan / son las fatigas más grandes, / porque se cantan llorando / y las lágrimas no salen”, escribió Ferrán hace un siglo y tres cuartos, sin que pudiera pasársele por la cabeza que El Carbonerillo fuera a cantar algo tan parecido en su famoso fandango. Las soledades de Ferrán, prologadas entonces por un Gustavo Adolfo que no había colmatado sus Rimas aún, contenían además toda la fuerza del perspectivismo que el siglo XX nos tenía reservada en fórmulas más científicas y universales: “Los que quedan en el puerto / cuando la nave se va, / dicen, al ver que se aleja: / ¡quién sabe si volverá! / Y los que van en la nave / dicen, mirando hacia atrás: ¡Quién sabe, cuando volvamos, / si se habrán marchado ya!”. Qué grande.Pues con toda ese herencia, pero agavillando más aún los pocos versos que quedan en el manojo cuando se tiene la clara intención de imitar la grandeza del pueblo mismo, ha confeccionado este enorme librito el amigo Víctor Jiménez, autor de otra decena de poemarios entre los que destacan Tango para engañar a la tristeza, que fue accésit del Premio de Poesía Luis Cernuda en 2003; Taberna inglesa, Premio Rosalía de Castro en 2006; Frecuencia modulada, Premio Paul Beckett de Poesía en 2019; o El agua entre las piedras, una nutrida antología de toda su producción entre 1984 y 2022 que no fue premiada más que por los lectores capaces de apreciarle su punto exacto de madurez.Madura, segura y sintética nos llega esta última versión del Jiménez más neopopular de todos, consciente de que escribe para cantar pero que canta inevitablemente mientras escribe, porque toda la decantación de estas letras mínimas, como haikus orientales bajo la sombra del limonero sevillano, lleva en su propio zumo la grandeza de quienes lo precedieron en el milagro de escribir sin cantar aún, desde Aquilino Duque hasta José Ángel Valente, pasando por el gran Rafael Montesinos que entregó su vida al estudio de esa condición de gran poeta del pueblo que consiguió Bécquer y que tanto soñó Manuel Machado cuando dejó para la historia: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor”. Ya conocen el remate, que coincide con la aspiración de tantos otros grandes de la lírica de todos los tiempos: “Procura tú que tus coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás. / Que, al fundir el corazón / en el alma popular / lo que se pierde de nombre / se gana de eternidad”.Díganme ahora si no es eso lo que busca Víctor Jiménez cuando, a lo largo de cinco marcadas secciones, va regalándonos joyitas como esta: “Igual que la soleá, / la vida tiene tres versos. / Ni uno menos ni uno más”. Cuánto cabe en esos tres versos: pues eso, la vida misma. Porque si en el libro de soleares de Jiménez caben tantos asuntos como en la poesía misma, desde el amor al desamor y desde la envidia cochina al propio ejercicio de la escritura, es el tiempo –siempre el gran tema lírico- el que se lleva la palma de estos tiros al aire pegados por un poeta criado en un barrio tan artillero de Sevilla: “Adónde aquellos veranos / que duraban una vida / con el tiempo entre las manos”. O la que dice: “La miro y sigo sintiendo / lo mismo que el primer día. / No pasa en la foto el tiempo”. O esta otra: “Ella me cogió las manos / y las llevó a su cintura. / Era invierno. Y fue verano”.El tiempo no puede separarse del amor vivido a medias, o tal vez sea que el medio amor no puede desligarse del tiempo irrecuperable: “Jamás olvidé ni olvido / las veces que nos miramos, / los besos que no nos dimos”. La dolorosa relatividad de todo: “Por más que brillaba el sol, / qué oscura la mañanita / aquella de nuestro adiós”, o “En este mundo hay personas / que les haces un favor / y nunca te lo perdonan”.Muchas de estas soleares disparadas tienen la potencia de un canto de sirena y el fondo antiguo del indudable platonismo: “La mujer que tú soñabas / ha siempre la misma, / aunque con distintas caras”. Y la gracia indudable de la oralidad: “Otro gallo cantaría / si me dejaras llevarte / hasta las claras del día”. Las hay que no necesitan instrumento alguno: “Si supieras la de veces / que yo he abierto la puerta / de mis sueños para verte”. O cuyo instrumento está sobradamente acompasado, como un reloj de arena: “Hay quien mira desde arriba / y no se para a pensar / que lleva la muerte encima”. El tema de la muerte es ineluctable, ya se sabe, en la poesía y en el flamenco, que siempre acaban siendo la misma cosa: “La muerte sabe esperar, / porque sabe, como nadie, / que tú serás puntual”. Muchas de estas soleares tienen el sabor del proverbio machadiano: “Si quieres morir en paz, / antes de que te perdonen, / perdona tú a los demás”, por ejemplo. O esta otra: “Me dicta siempre los versos / el que siempre va conmigo / y comparte mis silencios”.Al fin y al cabo, solo un poeta a secas, y Víctor Jiménez tiene la fortuna de serlo, puede pensar lo que escribe y escribir lo que piensa sin necesidad de que alguien se lo cante luego, aunque eso sería el colmo para terminar de poner este libro en pie, de un tiro al aire y a compás: “Nunca miento cuando escribo, / aunque sea algunas veces / mentira lo que te digo”.