Cardenal Stephen Brislin (ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 27.06.2026).- Por la mañana del sábado 27 de junio, en presencia del Santo Padre, el arzobispo de Johannesburgo, cardenal Stephen Brislin , pronuncio una relación introductoria al tema que ese día abordaban los cardenales en el consistorio. Se trataba de la tercera sesión, luego de las dos del viernes 26 de junio. El discurso del cardenal Brislin llevó por título «Construyendo para el bien: Las obras de construcción de nuestro tiempo». Ofrecemos a continuación el texto completo traducido al castellano:***“Edificar en el bien: las obras de nuestro tiempo” Santo Padre y Eminencias Reverendísimas,En mi reflexión, quisiera centrarme en la relación existente entre la introducción y la conclusión de Magnifica Humanitas, ya que considero que su complementariedad permite vislumbrar el entramado teológico que sustenta toda la Encíclica. La propuesta de lectura que deseo presentar es sencilla: las páginas iniciales plantean cuestiones decisivas acerca del modo en que la humanidad configura su propio futuro, mientras que las últimas muestran cómo estas preguntas encuentran una respuesta cristiana a través de las virtudes teologales, experimentadas a lo largo de la historia y sustentadas por la oración.La Encíclica inicia su recorrido mediante una comparación entre Babel y Jerusalén. Esta elección es significativa, porque ambas ciudades evocan una actividad humana compartida. En ambas se construye, y se construye juntos, como en una obra común, cada una con su propio proyecto y su propia organización.El punto decisivo, sin embargo, se refiere a la orientación del deseo que anima el modo mismo de edificar. Babel se repliega sobre sí misma, transformando la inteligencia humana en un proyecto de autosuficiencia. De este modo pone de manifiesto cómo la unidad buscada sin Dios conduce, en última instancia, a la confusión de las lenguas, es decir, a la fragmentación y a la desintegración.Por otra parte, la reconstrucción de las murallas de Jerusalén evidencia una iniciativa en la que la inteligencia humana, puesta al servicio de Dios, manifiesta la forma más elevada de construir: una acción capaz de promover la dignidad de toda persona y permitir su pleno desarrollo.De este modo, Magnifica Humanitas plantea desde el principio una pregunta que recorre toda la Encíclica: ¿qué forma asume la actividad humana cuando dispone de instrumentos cada vez más eficaces? La pregunta se refiere, sin duda, a la inteligencia artificial y a las nuevas tecnologías, aunque con una perspectiva más amplia: ¿el progreso en el ámbito de los medios técnicos va acompañado de un aumento de la responsabilidad o, por el contrario, expone al individuo a nuevas formas de exclusión y a reduccionismos?I. La introducción: cuatro etapas de la construcción sinodal La introducción aborda esta pregunta mediante una operación hermenéutica precisa que desplaza la atención desde la valoración del poder de los medios técnicos hacia la forma de vida que estos contribuyen a generar. No se trata únicamente de preguntarse hasta qué punto estos medios son capaces de transformar la realidad, sino también en qué dirección lo hacen. En otras palabras, si las posibilidades abiertas por la innovación favorecen relaciones más justas, instituciones más atentas a la persona y un futuro verdaderamente compartido.Por esta razón, la Encíclica dirige en primer lugar un llamamiento a todos para prestar atención a la forma en que estamos edificando juntos. Las herramientas digitales se insertan, de hecho, en procesos políticos, económicos, sociales y educativos que ejercen una influencia significativa en la calidad de la vida común. Edificar juntos se presenta así como una respuesta a la tentación de promover un progreso tecnológico que se justifica por sí mismo y, al mismo tiempo, como un dique de contención frente a sus posibles efectos disgregadores.Para los creyentes, esta llamada adquiere un significado particular: redescubrir y valorar la sinodalidad como forma específica de edificar juntos en cuanto Iglesia (n. 10).La sinodalidad, en efecto, constituye la expresión visible y concreta de la comunión de la que nace y crece la Iglesia. Como estilo concreto de presencia, escucha y corresponsabilidad, permite a los creyentes adentrarse en la obra de la historia sin temor a ensuciarse las manos (n. 16).Sin embargo, la introducción no se limita a formular un llamamiento genérico a la cooperación. Ofrece más bien una auténtica “gramática del construir”, al presentar algunos principios antropológicos fundamentales que permiten comprender de qué modo la obra común puede orientarse verdaderamente al bien de la persona. Esta gramática se articula en torno a cuatro elementos: deseo, límite, corresponsabilidad y discernimiento.El primer elemento de esta gramática es el deseo humano de felicidad (n. 11). Las nuevas tecnologías prometen una vida más cómoda y menos expuesta al sufrimiento. La Encíclica se toma en serio este deseo, ya que pertenece a la estructura profunda de la condición humana y por ello invita a custodiarlo en su verdad. Cuando la felicidad se reduce al rendimiento o al control, termina por empobrecer a la persona; cuando está iluminada por la fe, redescubre su justa medida en la relación con Dios, con los demás y con la Casa común.Este deseo debe, sin embargo, confrontarse con la realidad del límite (n. 12), inherente a la condición de criatura, que nos recuerda que la vida es un don que se recibe y que debe ser custodiado. Por ello, redescubrir el sentido del límite ayuda a educar la inteligencia humana para que supere la ilusión de la autosuficiencia. Cuando la fragilidad se interpreta únicamente como una imperfección que hay que corregir o eliminar, resulta más difícil reconocer el valor de las vidas marcadas por la enfermedad, la discapacidad o la vejez.De la conciencia del límite nace una corresponsabilidad valiente (n. 13). La analogía de que “a cada uno corresponde su tramo de muralla” refleja de forma concreta el principio de subsidiariedad: el bien común crece cuando cada sujeto puede aportar su parte y recibir apoyo para llevarla a cabo. Nadie posee el proyecto en su totalidad, nadie construye por sí solo. La subsidiariedad se presenta así como una forma ordenada de participación, en la que individuos, comunidades e instituciones contribuyen según sus respectivas competencias y su vocación.Esta corresponsabilidad requiere criterios de discernimiento (n. 14). Los principios de la Doctrina Social de la Iglesia ayudan a interpretar los procesos históricos, a evaluar las promesas de la técnica y a distinguir lo que realmente beneficia a la persona de lo que la expone a nuevas formas de dependencia o exclusión.II. La conclusión: la plenitud teologal La conclusión retoma la “gramática de la construcción” delineada en la introducción y muestra su plenitud en la vida del creyente. El discernimiento sobre la acción humana en la era de la tecnología se reconduce a la forma teologal de la existencia cristiana: la fe educa la mirada, la caridad genera comunión y la esperanza sostiene la construcción de la civilización del amor. La oración en el Espíritu, contemplada a través de la figura de María, custodia la unidad interior de este itinerario espiritual.La fe, ante todo, abre a la contemplación del designio de misericordia que atraviesa la historia (n. 230). Para edificar en el bien, es necesario reconocer que el camino humano se sustenta en una lógica del don, cuyo centro es el misterio de la Encarnación. El Verbo asume la condición humana, entra en la carne frágil de la humanidad y la transforma en lugar de salvación (n. 232). A la luz de esto, el tema del límite, presentado en la introducción, recibe su respuesta cristológica: lo que parecía un signo de finitud es asumido por el Hijo y abierto a la redención. La recapitulación en Cristo lleva este dinamismo a su plenitud: lo que es auténticamente humano es purificado, transformado y ofrecido al Padre (n. 233). El límite se revela así como lugar de encuentro entre lo humano y lo divino.La caridad encuentra su fuente sacramental en la Eucaristía. El “edificar juntos”, presentado en la introducción como forma sinodal de la acción de los creyentes, encuentra aquí su fundamento más profundo: el Cuerpo de Cristo, entregado por la vida del mundo, engendra a la Iglesia como cuerpo llamado a la comunión (nn. 234-235). La comunión eucarística configura así el modo cristiano de habitar la historia, educándonos para reconocer al otro como hermano, para llevar su carga y para compartir con él la responsabilidad de la obra común. Desde esta perspectiva, la sinodalidad del edificar se presenta como expresión histórica de la caridad que la Eucaristía alimenta y hace posible.La esperanza confiere al camino su concreción histórica. Construir la civilización del amor significa seguir cooperando con la obra que Cristo inauguró en el misterio pascual (n. 236). A la luz de esto se comprende el “antropocentrismo situado” propuesto por la Encíclica: las posibilidades que ofrece la técnica se acogen en el marco de un camino de sabiduría, orientado a la dignidad de la persona y al cuidado de la Casa común (n. 237). El discernimiento mencionado en la introducción se convierte así en una responsabilidad práctica, capaz de traducirse en educación, cuidado de las relaciones, valorización de la presencia física y unión entre oración y compromiso activo (nn. 238-241). La corresponsabilidad valiente mencionada al principio adquiere así el rostro de un servicio eclesial capaz de habitar el tiempo presente con confianza y lucidez.La oración, por último, abre la vida teologal a la acción del Espíritu. María se presenta ante la Iglesia como aquella que sabe reconocer, en el entramado de la historia, la acción oculta de Dios que lo orienta todo hacia la plenitud en Cristo (n. 243). Su mirada nos enseña a interpretar los acontecimientos desde la perspectiva de los pequeños, reconociendo aquello que las lógicas de la eficiencia difícilmente perciben (n. 244). Tejer la esperanza significa, por tanto, orientar también la inteligencia artificial para que, en la concreción del tiempo presente, pueda convertirse en un paso posible hacia la civilización del amor (n. 245).III. La coherencia del documento La circularidad entre la introducción y la conclusión pone de manifiesto la profunda coherencia de Magnifica Humanitas. La Encíclica comienza preguntando qué forma debe asumir el construir humano en la era del poder tecnológico y termina mostrando que, para los creyentes, esta pregunta implica la forma misma de la vida cristiana. Edificar en el bien significa dejarse educar por la fe, generar comunión mediante la caridad y sostener el compromiso histórico con la esperanza. La conclusión culmina así la metáfora de la construcción que se introduce al principio: Babel y Jerusalén plantean la cuestión de la orientación de la obra humana, mientras que la civilización del amor revela su plenitud.En este sentido, Magnifica Humanitas confiere a la Iglesia una responsabilidad precisa: responder a los retos que plantea la historia con un estilo propio, sinodal en el método, arraigada en las virtudes teologales y orientada al servicio de la persona.Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace. The post Cómo la humanidad configura su propio futuro y la respuesta de la Iglesia católica: la intervención del cardenal Brislin en el Consistorio, ante el Papa appeared first on ZENIT - Espanol.