Crecer implica asumir responsabilidades y aprender a vivir con obligaciones. Sin embargo, un problema para muchos es cuando la vida adulta se convierte en una sucesión de tareas, prisas y preocupaciones, hasta el punto de perder la capacidad de mirar el mundo con curiosidad. A esa desconexión algunos la llaman el «síndrome del adulto», una idea sobre la que escribió hace más de ocho décadas Antoine de Saint-Exupéry, escritor y aviador francés y autor de El Principito, una de las obras más conocidas de la literatura del siglo XX. Publicado en 1943, El Principito parece a simple vista un cuento infantil, pero en realidad contiene una crítica profunda al mundo adulto. A través de sus personajes, Saint-Exupéry contrapone la mirada limpia del niño con la rigidez de los mayores, obsesionados muchas veces con los números, las apariencias y las explicaciones prácticas. En este sentido, cobra especial relevancia la que quizá es la frase más relevante de la obra, que no aparece en el cuento como tal, sino en la dedicatoria, cuando el autor pide perdón a los niños por dedicar el libro a una «persona grande» y acaba corrigiéndose: «Todas las personas grandes han sido niños antes (pero pocas lo recuerdan)». La frase condensa prácticamente la esencia entera de la obra: el problema no es hacerse mayor, sino olvidar por completo aquello que permitía distinguir lo esencial de lo accesorio. En este sentido, no son precisamente pocos los expertos en salud mental que advierten sobre los peligros del actual «síndrome del adulto» y recomiendan reconectar con la capacidad de asombro de la infancia. Más de ochenta años después de su publicación, el mensaje de El Principito sigue plenamente vigente.