El Imperio romano también se gobernaba con la nariz. Entre perfumes, pestilencia y rituales, el olor marcaba quién tenía poder y quién quedaba abajo

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La antigua Roma no solo se recorría con la vista o el oído: también se interpretaba con la nariz. Entre perfumes caros, cloacas, humo, estiércol, incienso y cuerpos sudados, los olores funcionaban como señales de estatus, moralidad, enfermedad, lujo y poder en una sociedad donde oler bien podía distinguir a un ciudadano refinado… y oler mal podía condenarlo socialmente.