Alberto Ortega ha destacado en los últimos años como documentalista, con trabajos dedicados a la historia de figuras como Paco Umbral, José Antonio Labordeta o José María García. Ahora cambia de tercio, presentando 'La conexión intergaláctica', un cortometraje donde la ufología sirve para hablar sobre identidad, aceptación y visibilidad LGTBIQ+, el cual se estrena el domingo 28 de junio a las 22.00 en COSMO. –En estos últimos años has estado muy centrado en los documentales aunque también has hecho algún cortometraje, ¿por qué este cambio hacia una historia como 'La conexión intergaláctica'? –Bueno, al final tiene una cosa en común y una muy diferente. Lo que tienen en común es que se trata de contar historias de una forma emocionante, que dejen el mayor poso posible en el espectador. Y la diferencia es que en el documental la historia te la vas encontrando mientras investigas y entrevistas; en la ficción, en cambio, tienes que tenerla muy clara desde el principio. Parte del estilo de mis documentales está en la estructura cinematográfica que tienen y en el uso de recreaciones muy cuidadas. Estamos orgullosos de que lo que hacemos en documental tenga mucho de cine, así que el paso a la ficción es bastante más natural de lo que puede parecer. –¿De dónde nace la idea? ¿Hay alguna experiencia personal detrás? –Le di muchas vueltas. Por desgracia no me pasó algo tan bonito como lo que ocurre en el cortometraje, pero sí que todo tiene algo de vivencia propia. Aquí se mezclan dos tipos de conversaciones: las conversaciones entre hombres en los años 80, marcadas por una masculinidad muy frágil, donde expresar los sentimientos o abrazar a un amigo resultaba incómodo; y también esas primeras conversaciones de cualquier historia de amor, cuando todavía no sabes si la otra persona siente lo mismo y vas tanteando el terreno. Me hacía gracia contar una historia tan universal bajo el paraguas de algo tan peculiar como una alerta OVNI, que aporta misterio y la sensación de que algo importante está a punto de ocurrir. Cuando finalmente aparece el OVNI, es la metáfora del momento en el que los personajes muestran su verdadera identidad y se atreven a ser quienes son. –¿Crees que esta historia habría funcionado igual en la actualidad? –No, porque los años 80 tenían cosas maravillosas. Para empezar, no había móviles. Hoy muchas historias se resolverían con un simple teléfono. Pero, sobre todo, crecimos con un universo lleno de misterio: películas como E.T. o Encuentros en la tercera fase, revistas sobre fenómenos extraños, kioscos llenos de publicaciones de ufología... Todo eso generaba una fascinación por lo desconocido que quería recuperar en el cortometraje. Antes era mucho más habitual interesarse por estos temas y quería naturalizar ese ambiente. –En el corto llaman «raro» a uno de los protagonistas. Da la sensación de que esa palabra servía para resumir realidades mucho más complejas. ¿Querías reflexionar sobre eso? –Sí. Antes lo raro era simplemente lo diferente, y era muy fácil acabar etiquetado así. Yo mismo fui «el raro» a mi manera, igual que mucha otra gente por tener determinados gustos, por ser más tímida o por tener una orientación sexual que no podía mostrar porque era un tabú. No quise caer en algunos lugares comunes de las historias LGTBI, aunque la realidad era bastante más dura de lo que aparece en el corto. Lo que quería era poner en valor a quienes fuimos «raros» en los años 80 y que hoy podemos mostrarnos como somos, con nuestras peculiaridades, siendo mucho menos juzgados. Al final habla de ser diferente, de la búsqueda de identidad y de crecer en una época marcada por una masculinidad muy frágil, los tabúes y el miedo a mostrar los sentimientos. –La premisa del corto nos invita a mirar hacia lo intergaláctico, hacia lo que hay fuera de nuestro planeta, pero al mismo tiempo plantea que quizá queremos saber más de lo externo que de nosotros mismos. ¿Crees que eso nos sigue ocurriendo? –Totalmente. Siempre estamos mirando hacia fuera. Aquí los personajes miran al universo, pero hoy hay muchas otras formas de hacerlo. Creo que vivimos en una época en la que es muy difícil estar con uno mismo. Yo soy el primero que, si tiene un momento libre, se pone un podcast. También es una forma de evitar el silencio. El corto invita precisamente a eso: a mirar hacia dentro y dejar de buscar constantemente señales fuera. –Sin desvelar demasiado la historia, ¿qué te gustaría que se llevara el espectador después de verla? –Me gustaría que reflexionara sobre varias cosas. Es un cortometraje pensado para entretener, pero también para hablar de cómo hemos cambiado como sociedad en estos cuarenta o cincuenta años. Por un lado, sentirnos orgullosos de lo que hemos avanzado; por otro, pensar en todo lo que todavía queda por cambiar. Sobre todo me interesa hablar de esa masculinidad frágil. Preguntarnos cuándo fue la última vez que abrazamos a un amigo o cuándo lloramos en público. Revisar esas ideas que heredamos al crecer en aquella época y que muchas veces siguen ahí sin que nos demos cuenta. Si un solo espectador dedica cinco minutos a reflexionar después de verlo, ya habrá merecido la pena. –¿Cómo fue el trabajo con los actores para conseguir esa complicidad, esa mezcla de inocencia y emoción que transmite la historia? –Lo que más me preocupaba era que hubiera química entre ellos, porque debían parecer amigos de toda la vida. Curiosamente, los dos fueron mis primeras opciones. Les envié el guion sin decirles qué personaje interpretaría cada uno y ambos eligieron exactamente el personaje que yo tenía pensado para ellos. Además, ya se conocían personalmente, así que parte del camino estaba hecho. Tanto los ensayos como el rodaje fueron fantásticos. Aportaron muchísimo y, aunque son jóvenes, tienen muchas tablas, también gracias al teatro. La mayor dificultad fue rodar bajo cero en la Casa de Campo de Madrid. Pasaron muchísimo frío y no se quejaron ni una sola vez. Les estoy muy agradecido. –¿Qué significa realmente el título, 'La conexión intergaláctica'? –Me hacía gracia poner un título tan grandilocuente para acabar hablando de algo muy pequeño. Al final habla de la conexión universal entre dos personas. Esa primera mirada, ese instante en el que conectas con alguien que empieza a gustarte y sientes que estáis solos en el universo. Me parece una de las experiencias más puras que existen. Por un lado buscan una conexión con el universo, pero la verdadera conexión intergaláctica está a menos de medio metro de ellos. –El cortometraje sigue siendo visto muchas veces como un formato menor. ¿Crees que ese prejuicio sigue existiendo? –A mí me encantaría que la historia de estos personajes pudiera crecer algún día hasta convertirse en un largometraje. Pero creo que el cortometraje está más vivo que nunca. Hoy cualquiera puede rodar con mucha calidad técnica y eso hace que lo realmente importante vuelva a ser la historia, los personajes y los actores. Es una cantera extraordinaria de cineastas. Cada vez hay más cortos que acaban convirtiéndose en largometrajes. Además, desde la Academia se está trabajando para dar al cortometraje todavía más reconocimiento. Se hacen auténticas maravillas con muy poco presupuesto, y sacar adelante un corto de forma digna sigue siendo muy complicado. También es significativo que plataformas como Filmin o Movistar+ apuesten por este formato. Igual que ahora triunfan las series de episodios muy cortos, el cortometraje tiene un lenguaje propio y un futuro muy interesante. Es una forma preciosa de contar historias cuando no siempre disponemos de dos horas para sentarnos a ver una película.