Pedro Sánchez compareció esta semana en el Congreso para dar explicaciones sobre los casos de corrupción que afectan a su entorno político más cercano, entre ellos, el “caso mascarillas” y la condena del Tribunal Supremo.Sin embargo, quien esperase respuestas concretas sobre lo ocurrido volvió a encontrarse con lo de siempre: una intervención destinada más a desviar el foco que a asumir responsabilidades. Como ya nos tiene acostumbrados, el presidente fue a hablar de su libro.Y, para ello, se agarró a una idea que repitió una y otra vez: "no es lo mismo". “No es lo mismo crear empleo que destruirlo, revalorizar las pensiones que congelarlas, reforzar la dependencia que abandonarla o invertir en sanidad pública que recortar en ella”, se esforzó en recalcar.Nadie discute que no sea lo mismo. El problema es que esa no era la cuestión. El Congreso no le pedía un balance de gestión, sino explicaciones sobre una trama de corrupción que afecta al núcleo político de su Gobierno.Pero en política, como en la comunicación, una imagen vale más que mil palabras. La fotografía que dejó el Congreso fue la de un presidente cercado por la corrupción de su entorno más próximo, utilizando el mismo discurso de siempre mientras intentaba fijar su relato, como si nada pasara, como si el ruido exterior no existiera, como la orquesta del Titanic que seguía tocando mientras el barco ya hacía agua.El problema es que esta semana no se discutía eso.No se debatía si el Gobierno ha aprobado medidas sociales más avanzadas que las de la derecha. No se votaba una moción sobre salario mínimo, permisos de paternidad o política energética. El presidente comparecía para dar explicaciones por una cadena de escándalos de corrupción y degradación institucional que afecta a su entorno político más cercano, tras la condena del exministro de Transportes José Luis Ábalos, uno de los hombres de su máxima confianza, junto a Koldo García, en una trama que golpea el corazón del sistema de poder que lo ha sostenido durante años.Por eso, el principal recurso retórico de Sánchez fue cambiar el eje del debate. Donde se le pedían responsabilidades, ofreció gestión. Donde se le exigía rendición de cuentas, respondió con propaganda. Donde se le preguntaba cómo fue posible que su núcleo de poder acabara contaminado por la corrupción, no dudó en contestar con un catálogo de logros sociales y con el habitual “y tú más” dirigido a la oposición.En lugar de explicar lo ocurrido, intentó refugiarse en una coartada: como el PP tuvo corrupción, como la derecha recorta, como Vox representa una amenaza, entonces su continuidad queda justificada. No por las explicaciones dadas, sino por comparación. La verdad es que en Sánchez ya no nos sorprende nada.Pero no es lo mismo gobernar que responder. No es lo mismo exhibir políticas públicas que asumir la responsabilidad por lo que ocurre bajo tu mando. No es lo mismo defender el Estado del bienestar que permitir que el Estado sea utilizado por quienes lo convierten en una estructura de favores, influencias o poder interno.No es lo mismo servir al Estado en una pandemia que servirse del Estado para hacer negocio en una pandemia.Y esa diferencia se vuelve aún más incómoda cuando se observa la forma en la que, a la desesperada, el presidente intenta sostener su versión de los hechos. Sánchez mantiene que no sabía nada, que no conocía las prácticas de quienes le rodeaban, que la corrupción ha sido ajena a su conocimiento y a su control. Sin embargo, esa explicación choca con un hecho político relevante: la remodelación del 10 de julio de 2021.Aquel caluroso sábado de julio, en una decisión que sorprendió a todo el país, José Luis Ábalos fue apartado del Gobierno. No era un ministro menor ni un relevo técnico. Era el ministro de Transportes, secretario de Organización del PSOE y uno de los hombres más poderosos del Ejecutivo y del partido. Su salida fue abrupta y nunca se ofreció una explicación política clara. España entera trató de entender qué ocurría mientras el Gobierno pedía aceptar el movimiento como una simple reorganización interna.Hoy, con todo lo conocido después, aquella decisión adquiere otra dimensión. Porque si Sánchez no sabía nada, resulta difícil explicar por qué apartó de forma tan brusca a uno de sus colaboradores más estrechos. Y si sabía o intuía algo, resulta igualmente difícil entender por qué no lo explicó entonces. En ambos casos, el resultado es el mismo: silencio entonces, silencio ahora.Por eso el presidente se enfrenta a un dilema que ya no puede esquivar.Si sabía lo que ocurría, su responsabilidad política es evidente, porque habría permitido que la corrupción se instalara en el entorno más próximo al poder.Si no sabía nada, entonces el problema no es menor: un presidente incapaz de detectar, controlar o anticipar lo que ocurre a su alrededor no está en condiciones de dirigir el Gobierno de un país.En ambos escenarios aparece la misma conclusión: la ausencia de control o la ausencia de explicación.Lo verdaderamente grave de su intervención no fue solo lo que dijo, sino lo que evitó decir. No hubo asunción de responsabilidades políticas, ni una explicación completa del alcance de los casos que afectan a su entorno, ni una lectura autocrítica del impacto institucional de lo ocurrido. Hubo, en cambio, un argumentario claro: reducirlo todo a episodios aislados y a una supuesta campaña de desgaste político.OpiniónAbuso de poder en la peor crisis sanitaria Roxana SáezPero la realidad es más persistente que los relatos. Y la realidad es que los principales escándalos que hoy afectan al Gobierno no proceden de su periferia, sino de su centro político.Por eso España no se encuentra ante un problema puntual, sino ante una situación de agotamiento político e institucional: una legislatura en la que el presidente ya no gobierna con normalidad, sino que resiste; ya no explica, se defiende; ya no responde, contraataca; ya no asume, compara.Y un país no puede sostener indefinidamente un Gobierno basado en la idea de que todo se reduce a una comparación con el adversario. La democracia no consiste en resistir más que el otro, sino en rendir cuentas.Y por si faltara alguna prueba del agotamiento de la legislatura, la semana dejó otra imagen digna de destacar también: el Congreso instó a Pedro Sánchez a someterse a una cuestión de confianza y a asumir responsabilidades políticas, mientras el Senado reclamaba elecciones. El mensaje de ambas cámaras, más allá de su distinto alcance jurídico, es inequívoco: la legislatura ha entrado en una fase de agotamiento que ya no admite más prórrogas.A estas alturas, el presidente solo tiene dos salidas coherentes con la gravedad del momento: asumir responsabilidades políticas y dimitir, o devolver la palabra a los ciudadanos mediante elecciones.Porque cuando la confianza pública se quiebra y la explicación se sustituye por el relato, la normalidad institucional deja de existir.Sánchez quiso convencer al Congreso de que no es lo mismo una cosa que otra. En eso, por una vez, tiene razón.No es lo mismo gobernar que degradar las instituciones.No es lo mismo explicar que resistir.No es lo mismo apartar a un ministro en silencio que rendir cuentas ante el país.No es lo mismo seguir que merecer seguir.Y, sobre todo, no es lo mismo servir al Estado en una pandemia que servirse de ella.