Uno de los muchos alicientes que tiene Almuñécar es su gastronomía. Como pueblo marinero que en esencia sigue siendo, aunque con los años y el turismo haya crecido, el producto estelar es el pescado. Y eso engloba una amplia gama, desde las sardinas ensartadas en espetos, que desde luego no son exclusivas de la Costa del Sol, hasta el besugo, el jurel o el pulpo, pasando por los boquerones y los salmonetes. Después de todo, la Costa Tropical de Granada no deja de ser puro Mediterráneo . También es posible degustar mariscos. O frutos del mar, como algunos los conocen. Y una manera muy sabrosa de hacerlo es como ingrediente estelar de un arroz caldoso. Que, para saber eso no hace falta ser valenciano de cuna, no es lo mismo que una paella. Lleva arroz, vale, pero no es lo mismo. No es éste el lugar para dar la receta de un buen arroz caldoso, pero sí para recomendar sitios donde disfrutarlos en Almuñécar. Es un plato relativamente fácil de encontrar, sobre todo si se encarga por adelantado, en los buenos chiringuitos que salen al paso del visitante en las playas de Velilla, Puerta del Mar o San Cristóbal, las más frecuentadas. No tienen nada que ver, por cierto, con el antiguo concepto de chiringuito; conservan el nombre pero son restaurantes en toda regla. En Puerta del Mar está el Restaurante Alternativo, especializado en arroces de varios tipos, que en algunos casos –no en el del caldoso- se rematan al horno. Allí también es posible encontrar tesoros cercanos como las quisquillas de Motril, mariscos y carnes a la brasa. Está en la calle Manila, muy cerca de la playa, y los comentarios que recibe en internet coinciden: no decepciona sino todo lo contrario. También al borde de la playa está el Tito Yayo. Pero no es una playa del casco de Almuñécar, para llegar hay que desplazarse en dirección a Salobreña para desviarse a mitad de camino hacia una pequeña cala llamada Cabria . La variedad de arroces es allí tremenda y tienen la ventaja añadida de que, si el usuario avisa de que quiere llegar a las dos y comer un arroz caldoso, a esa hora (o como mucho cinco minutos después) lo tiene en la mesa. Es otra apuesta segura. Como lo son estos otros locales: Mesón Emiliano, Mar de Plata, El Cortijillo, Los Geráneos o, pasada La Herradura y en dirección a Nerja, La Barraca, en la playa de Cantarriján. La verdad es que la oferta es tan variada y tan fácil es acertar, que mejor no dar más recomendaciones, porque luego se quejan (y con razón) los buenos sitios que se hayan quedado fuera de la lista. Comer bien, ya se ha dicho, es un aliciente de Almuñécar, que es un sitio donde abundan. Uno bien simple es pasear por el centro histórico, que está bien conservado y contiene una mezcla muy interesante de elementos antiguos y nuevos. Por ejemplo, se pueden observar a plena luz del día restos de la época romana , en concreto unas termas y trozos de un acueducto del siglo I. A ver, si hay que hablar de restos, los hay más antiguos todavía. En concreto de tiempos de los fenicios, que están en el museo arqueológico que se ubica en la llamada Cueva de los Siete Palacios. Y justo a un paso de ese más que recomendable lugar hay otro que reúne muchos puntos a favor: el antiguo castillo árabe. Porque por Almuñécar, la antigua Sexi, la que acumula tres mil años de historia, también pasaron, faltaría más. El castillo data del siglo XI y llegó a ser uno de los más importantes durante la época nazarí, la última dinastía que reinó en España, aunque su territorio se fue reduciendo hasta concentrarse en Granada, en la fortaleza de la Alhambra. Granada cayó en 1492 y Almuñécar lo hizo tres años antes. Pasear por el interior de esos gruesos muros y contemplar desde allí la costa es una lección de historia y un deleite para los sentidos. Ahora está casi reformado después de una laboriosa reconstrucción, que se hizo necesaria no porque las luchas entre cristianos y musulmanes lo destrozaran, sino porque sufrió graves daños durante la llamada Guerra de la Independencia contra los franceses, en el siglo XIX. Por fortuna no se perdió todo y con tiempo y paciencia se ha recuperado, al menos parcialmente, su apariencia original. Subir al castillo es casi obligatorio, como lo es ascender los escalones que conducen hasta los Peñones de San Cristóbal . Asomado en todo lo alto, el viajero ve a la izquierda una sucesión de playas –Puerta del Mar, Velilla, Taramay…- y por la derecha, la enorme de San Cristóbal, a la que siguen Cotobro, El Muerto y la Punta de la Mona, tras la que está, ya no visible desde ahí, el puerto deportivo Marina del Este y otra ensenada realmente imprescindible, La Herradura. Debajo de esos peñones, es más que aconsejable dar un paseo por las calles que discurren en paralelo al litoral, porque eso permitirá contemplar palacetes más que coquetos. El más conocido, y también uno de los más antiguos, es el de La Najarra, de mediados del siglo XIX y levantado junto a una antigua azucarera que ya no existe. Las azucareras fueron básicas para la economía de la zona hasta la primera etapa del siglo XX y pertenecían a familias adineradas que podían permitirse unas casas elegantes y de tronío. Algunas permanecen, junto a otras que se edificaron en los años sesenta, cuando Almuñécar estaba por explotar como destino turístico y sólo la conocían unos pocos.