La reciente publicación de La Razón sobre la explicación neuropsicológica de las llamadas casas encantadas vuelve a situarnos ante una cuestión tan antigua como la propia humanidad: ¿Qué hay realmente detrás de las experiencias que percibimos como inexplicables?Según especialistas como el neuropsicólogo Saúl Martínez-Horta y el divulgador científico Pere Estupinyà, muchas de estas vivencias podrían tener un origen mucho más terrenal de lo que imaginamos. Alteraciones en determinados procesos cerebrales, sesgos perceptivos o incluso factores ambientales presentes en edificios antiguos; como la humedad, el moho y las micotoxinas que este libera; serían capaces de provocar sensaciones, percepciones e incluso alucinaciones que tradicionalmente hemos atribuido a lo sobrenatural.Como investigador y divulgador de enigmas históricos y fenómenos extraños, confieso que recibo estas explicaciones con interés, no con rechazo. La ciencia debe ser siempre nuestra brújula. Comprender cómo funciona nuestro cerebro y cómo determinados entornos pueden alterar nuestra percepción constituye un avance imprescindible. Nos ayuda a distinguir entre lo que puede tener una explicación médica, psicológica o ambiental y aquello que todavía no comprendemos del todo.Sin embargo, me pregunto si algunos titulares no pecan de cierta precipitación al anunciar el "fin del misterio". Porque una explicación parcial no equivale necesariamente a una explicación total.Resulta indudable que muchas experiencias atribuidas a fantasmas o presencias pueden estar relacionadas con procesos neurológicos o ambientales. Pero también es cierto que las casas encantadas nunca han sido únicamente una cuestión de apariciones. Son espacios cargados de memoria, de simbolismo y de narraciones compartidas. Son lugares donde confluyen la historia, la psicología colectiva y la necesidad humana de interpretar aquello que nos inquieta.Quizá el verdadero valor de estas investigaciones no consista en destruir el misterio, sino en depurarlo. Al descartar las explicaciones que podemos verificar mediante el método científico, eliminamos errores de interpretación, miedos injustificados y diagnósticos equivocados. Pero también conseguimos algo mucho más interesante: Aislar aquellos casos, testimonios o experiencias que continúan planteando preguntas.la señal erranteLa era del duelo digital Antonio S. JiménezLa historia de la ciencia está llena de fenómenos que primero fueron considerados supersticiones, después simples errores y finalmente objetos legítimos de estudio. Por eso conviene mantener una actitud crítica, pero también abierta. Ni la credulidad absoluta ni el escepticismo dogmático suelen conducir al conocimiento.Al fin y al cabo, la neuropsicología nos recuerda una verdad fundamental: Somos seres biológicos extraordinariamente complejos y, al mismo tiempo, vulnerables a nuestros propios sentidos. Pero incluso cuando comprendemos los mecanismos que generan una experiencia, no desaparece necesariamente la fascinación que esta provoca.Quizá el auténtico misterio nunca haya estado en las viejas casas abandonadas ni en los supuestos fantasmas que las habitan. Tal vez el mayor enigma siga siendo el mismo desde el principio de los tiempos: la necesidad profundamente humana de buscar significado en aquello que no terminamos de comprender.Y mientras esa necesidad exista, ningún estudio científico pondrá fin al misterio. Como mucho, abrirá un nuevo capítulo en su historia.Richard Stine