'Farsa y licencia de la reina castiza', el Valle-Inclán más ferozmente cachondo

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Ramón María del Valle-Inclán escribió 'Farsa y licencia de la reina castiza ' en 1920, pero la obra no subió a escena hasta junio de 1931, pocos meses después de la instauración de la Segunda República en España. El público del Teatro Muñoz Seca, donde se estrenó (paradojas del destino: pocos años después el autor que daba nombre al lugar sería asesinado en las matanzas de Paracuellos de Jarama) celebró con entusiasmo la obra, «una sátira despiadada de la España de Isabel II , donde la política, la monarquía y el pueblo se funden en un carnaval grotesco». 'Farsa y licencia de la reina castiza' es una de las obras de Valle-Inclán, sin embargo, que menos se ha representado. De hecho, hay que remitirse a veintidós años atrás, 2004, para encontrar la última representación profesional de la obra, a cargo de la compañía Histrión Teatro. «Es una obra con catorce personajes, hay que ser unos grillados como nosotros, que trabajamos ya el límite de la metateatralidad, o comercialmente no hay quién lo aborda; es además una obra en verso, un género muy difícil de hacer, y que necesita encontrar una manera de contarlo». Son palabras de Ana Zamora , creadora y directora de la compañía Nao d'amores, que presentará en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español , entre el 30 de junio y el 26 de julio, la obra de Valle-Inclán. Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora componen el reparto de la función, que cuenta con versión y dirección de la propia Ana Zamora. «Hemos conseguido que vuelvan a salir de su cueva renacentista», dice orgulloso Eduardo Vasco , director del Teatro Español. Y es que Nao d'amores es una compañía que ha cimentado su prestigio con montajes de teatro medieval o renacentista fundamentalmente. «No creo que esta obra tenga nada de renacentista -dice Ana Zamora a ABC-; la farsa es un género que nace en el Renacimiento, sin embargo, con lo cual hay un bonito viaje a los orígenes del género para encontrar las maneras de trabajarlo y traerlo a una gran farsa del siglo XX». Y es que del mismo modo que las orquestas especializadas en música renacentista o barroca afrontan el repertorio romántico, por ejemplo, con una mirada diferente, también Nao d'amores , dice Ana Zamora, lo hace con los textos contemporáneos. «Nosotros lo hacemos siempre con un bagaje detrás. Y en el caso de Valle, con el gusto que él tiene por la búsqueda de otras formas de contar, por encontrar nuevas poéticas, más que nunca, por supuesto. En ningún momento he sentido a Valle-Inclán como alguien ajeno a nuestra manera de hacer; al contrario, creo que somos una buena vía para para encontrar maneras de contar a Valle que tienen mucho que ver con él. Mi obsesión es siempre ponerme al servicio del autor, trabajar a sus órdenes y, en este caso, cuando te encuentras con un autor tan grande, tan descomunal, tan completo, como Valle, hay que intentar, por encima de todo, encontrar vías que lo desvelen y que pongan en primer plano lo que él quería en aquel momento y ver qué tiene sentido hoy en día para privilegiar aquello que tiene más que ver con nosotros». No parece que sea difícil encontrar espejos en el argumento de 'Farsa y licencia de la reina castiza', obra situada en la corte isabelina; en ella aparecen unos buscavidas con un material comprometedor : unas cartas de amor firmadas por la propia reina, de contenido escandaloso, que se convierten en la base de un posible chantaje político y económico. Hipocresía, oportunismo, degradación política y social, corrupción... son objeto de críticas de esta farsa esperpéntica. El público, sigue Ana Zamora, va a reconocer a los personajes del gran guiñol que ha creado la directora segoviana, y se va a reconocer a sí mismo también. « Valle fue un visionario de su presente y de su pasado, y tenía una profundidad de interpretar, con mucho cachondeo, su panorama político-social, que no acaba de cambiar con el paso de los años. Él criticó su presente yéndose al pasado, y en este sentido ésta es una obra de teatro-documento puro y duro. Es imposible no reconocernos en la mayoría de las cosas que se están diciendo en el escenario». Con la actualidad política y social tan bufonesca en muchos aspectos, ¿se corre el riesgo de querer subrayar hechos de nuestro presente? «La tentación es enorme -reconoce Ana Zamora-. De hecho, estoy convencida de que una posibilidad de montar esta obra es, precisamente, poniendo de relieve aquello que es, directamente, analogía de lo que hoy sucede, la repetición de la historia que todos sabemos que existe. Pero nosotros queríamos todo lo contrario; nuestra intención es crear un universo en el que todo el mundo se reconozca, sin que esa conexión con su propia contemporaneidad esté todo el rato martillando. Toda la obra gira en torno al chantaje con las cartas eróticas de la Reina; no podemos dejar de pensar en los casetes de Bárbara Rey , y todos lo hacemos, pero a mí no me interesa hacer una referencia a eso. Creo que sería una propuesta interesante, ácida y tremenda, pero yo creo que hay que hay que intentar buscar maneras de pensar qué significan y adónde nos llevan esas cartas o esos casetes», dice, y continúa: «Pero correríamos el riesgo de hacer una especie de farsa frivolona y creo que Valle, como buen autor del 98 y como buen regeneracionista, tiene una finalidad didáctica detrás de todo esto; por eso lo integra en la trilogía 'Tablado de marionetas para la educación de príncipes'. Se pueden hacer, claro, muchas lecturas de la obra, pero para mí está, por un lado, esa crítica al poder, por supuesto, pero también a toda una sociedad que consiente un sistema corrupto. Eso es lo que más me importa a mí de este texto ahora mismo, más que en buscar esas analogías en primer plano».