Cada gota que cae sobre un bosque emprende un viaje incierto. Puede deslizarse entre las raíces hasta alimentar un acuífero, llenar un arroyo o acabar en un embalse; o puede desaparecer mucho antes, absorbida por hojas, ramas y arbustos que la devolverán a la atmósfera. En los bosques españoles, ese segundo destino es hoy mucho más probable que hace treinta años. No porque llueva menos —aunque el cambio climático también apriete—, sino porque los propios montes han cambiado. Han crecido, tienen más árboles, más hojas y, sobre todo, mucho más sotobosque. Según un estudio liderado por el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), esa transformación ha hecho que los bosques de la España peninsular consuman cerca de un 20% más de agua que en los años noventa. El trabajo, publicado en la revista Journal of Environmental Management, concluye además que este aumento de la vegetación ha reducido un 28% la cantidad de agua que llega a ríos, embalses y acuíferos tras las precipitaciones. Cuando se habla de la escasez de agua en España, la atención suele centrarse en la falta de lluvias y en el aumento de las temperaturas. Sin embargo, el estudio demuestra que la propia evolución de los bosques también está modificando de forma profunda el ciclo hidrológico y hoy no funcionan igual que el de hace tres décadas. Para llegar a esa conclusión, los investigadores recurrieron al modelo ecohidrológico MEDFATE, una herramienta capaz de reconstruir el comportamiento del agua dentro de los ecosistemas forestales. El análisis se apoyó en los datos recopilados en 11.456 parcelas distribuidas por toda la España peninsular y muestreadas en los tres últimos Inventarios Forestales Nacionales, realizados entre 1986 y 2024. El resultado ofrece una de las radiografías más completas realizadas hasta la fecha sobre la relación entre la vegetación y el agua en los montes españoles. Durante las últimas décadas, la superficie forestal española no ha dejado de crecer. El abandono de tierras agrícolas poco rentables, la reducción de la ganadería extensiva y el progresivo descenso de los aprovechamientos tradicionales del monte han permitido que árboles y arbustos ocupen espacios donde antes existían claros, pastos o cultivos. A simple vista, ese proceso parece una buena noticia ya que más árboles significa una mayor capacidad para fijar carbono, proteger el suelo frente a la erosión o crear refugio para la fauna. Sin embargo, también implica una demanda mucho mayor de agua. Cada hoja actúa como una pequeña puerta por la que el agua absorbida por las raíces vuelve a la atmósfera mediante la evapotranspiración. Cuantas más hojas tiene un bosque, mayor es la cantidad de agua que permanece dentro del ecosistema y menor la que continúa su camino hacia ríos y acuíferos. Los investigadores distinguen dos grandes destinos para el agua de lluvia, el denominado agua azul es la que se infiltra en el terreno y termina alimentando embalses, ríos o acuíferos; el agua verde, por el contrario, es la que utilizan árboles y arbustos y que regresa a la atmósfera a través de la transpiración de las plantas. Lo que revela el estudio es que el equilibrio entre ambas ha cambiado de manera significativa. Uno de los resultados más reveladores es que principal responsable de ese incremento en el consumo de agua no se debe necesariamente los árboles sino al sotobosque, formado por arbustos y vegetación de menor porte. «Cuando pensamos en el agua que utiliza un bosque solemos pensar en los árboles, pero los arbustos también consumen una cantidad importante de agua. De hecho, parte de la transformación que han experimentado los bosques en los últimos años ha sido el importante crecimiento del sotobosque, provocado por el retroceso de la ganadería extensiva y por la falta de gestión forestal», explica Jordi Vayreda, investigador del CREAF y coautor del estudio. En aquellos montes donde los arbustos son especialmente abundantes, su contribución a la evapotranspiración llega incluso a superar la del arbolado. Eso no significa, advierten los científicos, que el sotobosque sea un problema que deba eliminarse. Al contrario, porque protege el suelo frente a la erosión, aporta alimento y refugio para multitud de especies y forma parte del funcionamiento natural de los ecosistemas mediterráneos. La cuestión consiste en comprender cómo gestionar ese crecimiento cuando cada vez hay menos agua disponible para una vegetación cada vez más abundante. Quizá la conclusión más llamativa del estudio sea que el aumento de la densidad forestal ha tenido un efecto aún mayor sobre el ciclo del agua que el propio cambio climático. «Los bosques se han densificado mucho durante las últimas décadas; ahora tienen más hojas que antes, y este hecho ha cambiado la forma en que circula el agua dentro de los ecosistemas», explica Jesús Sánchez-Dávila, investigador del CREAF y primer autor del trabajo. «Nuestros resultados indican que la estructura del bosque explica la mayor parte de los cambios en el ciclo del agua de estos últimos treinta años, más incluso que el propio cambio climático». No obstante, la afirmación no resta importancia al calentamiento global. De hecho, las previsiones climáticas apuntan a que las sequías serán cada vez más frecuentes e intensas en la región mediterránea, y por ello los investigadores consideran imprescindible adaptar unos bosques que deberán sobrevivir con menos agua disponible y una biomasa mucho mayor que en el pasado. La pregunta que surge es si convendría talar árboles. La respuesta de los investigadores es rotunda: no. Durante años se ha planteado que reducir la densidad forestal podría aumentar el agua disponible para los ríos. Sin embargo, el estudio muestra que esa estrategia ofrece resultados limitados en gran parte del territorio mediterráneo. Cuando se eliminan árboles, la vegetación que permanece dispone inmediatamente de más agua y aprovecha ese recurso para crecer con mayor rapidez. Poco después, el sotobosque también se desarrolla con fuerza y vuelve a incrementar el consumo hídrico. Como consecuencia, el aumento del agua que llega a ríos y embalses suele ser reducido y, en muchos casos, temporal. «El principal reto no es producir más agua azul, sino gestionar mejor el agua verde y ayudar a los bosques a seguir funcionando en un contexto cada vez más seco», resume Jordi Vayreda. Solo en zonas especialmente húmedas o tras intervenciones muy intensas pueden observarse incrementos significativos del agua disponible en los cursos fluviales, y aun así suelen ser efectos pasajeros si no existe un mantenimiento continuado. Lejos de defender una menor presencia de árboles, el trabajo apuesta por una gestión forestal más inteligente. Los investigadores proponen avanzar hacia modelos como la silvicultura de cubierta continua, una estrategia que mantiene una elevada cobertura arbórea y evita abrir grandes claros en el bosque. De esta forma, el dosel proporciona sombra al suelo y limita el crecimiento explosivo del sotobosque que suele producirse tras las talas más intensas. El objetivo no es producir más agua para los embalses, sino garantizar que los propios bosques dispongan del recurso suficiente para resistir un clima cada vez más árido. La gestión forestal, recuerdan los investigadores, no consiste únicamente en producir madera. También implica mejorar la resiliencia de los ecosistemas frente a las sequías, favorecer la biodiversidad y reducir la acumulación de biomasa que alimenta los grandes incendios forestales. Los montes mediterráneos llevan miles de años adaptándose a la escasez de agua. Lo novedoso del momento actual no es solo que llueva menos, sino que los bosques que deben afrontar esa escasez son muy diferentes a los de hace treinta años. Son más densos, almacenan más biomasa y albergan un sotobosque mucho más desarrollado. Todo ello aumenta la competencia por un recurso que las previsiones climáticas sitúan entre los más amenazados del siglo XXI.