Convertirse en monja supone renunciar a muchos aspectos que forman parte del día a día del resto de ciudadanos. Se trata de una decisión exigente y que transforma por completo la manera de vivir y de entender el mundo. Las mujeres que comienzan un nuevo camino en un convento tienen que decir adiós ciertas rutinas . Las salidas frecuentes, el uso habitual de la tecnología, ciertos oficios, los planes de ocio o el contacto constante con familiares y amigos pasan a un segundo plano para dar paso a una existencia marcada por la oración, el silencio y la convivencia en comunidad. Por supuesto, las hermanas también prescinden de las relaciones de pareja como parte de su compromiso con la vocación consagrada . Tampoco pueden vestirse con prendas que no sean el hábito religioso y, aunque no existe una norma universal de la Iglesia, algunas órdenes prohíben el consumo de alcohol y tabaco. Todo esto es algo que Leo ha experimentado de primera mano. La monja, que pertenece a la congregación Hermanas de la Caridad de Santa Ana, ha hablado de ello en el pódcast 'Se Buscan Rebeldes'. En la charla ha explicado por qué dejó de fumar. Leo cuenta en una entrevista para el pódcast 'Se Buscan Rebeldes' que ya no fuma. «Siempre digo que para mí el tabaco es una renuncia diaria porque yo fumaría» , apunta. La mujer reconoce que, cuando alguien se enciende un cigarro, se le van los ojos. «El olor me encanta», señala. La monja asegura que sabe que «no es bueno y que va contra la vida», pero es una hábito que siempre le ha gustado. Por lo tanto, sus motivos para despedirse de él van más allá de la salud. «Es verdad que, con el tiempo, me he ido dando cuenta de que no sería coherente mantener un vicio si soy de las Hermanas Pobres». La religiosa insiste en que «no tiene ningún sentido. «No puede ser que esté a favor de la vida si me estoy quitando la mía. No al aborto, pero fumo », comenta. Leo es clara: «Renuncié por amor, por el Señor, por algo más grande y que me merece la pena».