El sueño de la calor produce monstruos

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Hice un reportaje en Prato, cerca de Florencia, sobre las fábricas textiles donde trabajan miles de inmigrantes medio esclavizados y recuerdo un paquistaní al que le pregunté cómo había llegado a Italia. “Andando”, me dijo. Pensé que había entendido mal, pero no. Entonces saqué el móvil, puse el mapa y le pedí que me señalara la ruta. Fue con el dedo en la pantalla a Gujrat, en Pakistán, y siguió por Afganistán, Irán, Turquía, Grecia, Serbia, Hungría, Austria, hasta Italia. Tardó un año y ocho meses en llegar. Me evitó quedar como un panoli, pues justo le iba a preguntar si el cuartucho donde dormía con 10 personas no quedaba muy lejos de su fábrica. A este hombre lo conocí en una protesta donde exigían salarios atrasados. La gran novedad en su vida y en la de sus compañeros había sido la aparición de un sindicato, descubrir que tenía derechos. Su integración en los valores europeos empezó así, hasta entonces no sabía lo que eran. Se ve que no están tan claros a primera vista. Seguir leyendo