Inteligencia artificial, talento, narrativa… y China

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Hace pocos días, dos estudiantes a los que estoy actualmente dando clase me comentaron que tenían una oferta de muchísimo dinero por la compañía de infraestructura de inteligencia artificial que habían creado, pero que la contrapartida de esa oferta era que tenían que radicarse tanto ellos como su compañía en China. Los estudiantes, alemán e indio, parecían bastante decididos a decir que no a la oferta, y tratando de buscar alternativas que les permitiesen vender la compañía, sí, pero poder seguir residiendo en Europa, en los Estados Unidos… o prácticamente en cualquier otro lugar del mundo, menos en China. ¿Cuál es la importancia real del entorno cultural o político en estas decisiones? Para cualquier persona de casi cualquier lugar del mundo, plantearse residir en una ciudad china supone un dilema cultural que para muchos es insalvable. Probablemente es poco real: en la práctica, las ciudades chinas son entornos muy seguros y tranquilos, no más o menos agradables que otras ciudades comparables, y en los que se pueden alcanzar condiciones de vida más que razonables, con todo tipo de bienes de consumo a tu disposición. Sin embargo, la idea de hacerlo resulta enormemente difícil de plantear, y seguramente no tenga tanto que ver con cuestiones políticas, como vivir bajo un régimen no democrático, como por una simple cuestión de idioma o distancia cultural.En la carrera por el talenmto en la inteligencia artificial, esto se traduce en una desigualdad enorme: mientras países como los Estados Unidos, que han conseguido vender la idea del «sueño americano» y pintarse a sí mismos como una especie de «tierra prometida», reciben muchísimos inmigrantes chinos cada año y edifican sus compañías de inteligencia artificial en torno al talento chino, el número de trabajadores que llevan a cabo el camino inverso es, a pesar de los esfuerzos del gobierno chino, minúsculo. La probabilidad de que un estudiante o un emprendedor brillantes nacidos y crecidos en el mundo occidental tomen la decisión de emigrar a China sigue siendo bajísima como lo ha sido prácticamente toda la vida. El visado K para jóvenes profesionales científicos y tecnológicos, introducido en octubre de 2025: demuestra que el gobierno ya ha identificado el problema y está intentando actuar. Pero a pesar de los progresos del país en términos de renta per cápita, de liberalización económica o de indicadores de bienestar, tenemos una imagen de China que, a pesar de los incentivos, no ayuda en absoluto a su consideración como destino. China registró oficialmente apenas 845,697 residentes extranjeros en su censo de 2020, dentro de una población de más de 1,400 millones de personas. Pero sería demasiado cómodo atribuirlo todo a una simple cuestión de idioma, distancia cultural o a una imagen anticuada del país. Para alguien que trabaja en inteligencia artificial, cuestiones como el acceso a información, la libertad de investigación, la seguridad jurídica, la movilidad del capital o la posibilidad de abandonar el país si cambian las circunstancias no son abstracciones políticas: forman parte de sus condiciones de trabajo. China puede ofrecer seguridad, infraestructuras y salarios extraordinarios, pero todavía no ofrece el mismo grado de previsibilidad institucional que muchos profesionales creen encontrar, con razón o sin ella, en los Estados Unidos o en Europa.Por supuesto, esto supone una desventaja importante en términos de atracción de talento, aunque esté edificada sobre premisas erróneas. La idea de que los Estados Unidos son una especie de «tierra de promisión» se desvanece rápidamente cuando ves el tratamiento que la actual administración y una parte de la sociedad norteamericana ofrecen a los inmigrantes. En muchos casos, suficiente para hacer que cada vez más estudiantes extranjeros, particularmente aquellos que pertenecen a lo que podríamos considerar, en contexto norteamericano, «minorías visibles», se planteen alternativas a las otrora imbatibles universidades americanas. Pero ante una oferta seria para construir una vida personal o profesional en el país, en cambio, parece que pocos se lo piensan. La buena noticia para China es que, en cualquier caso, parece que pueden vivir del talento que ellos mismos son capaces de crear: una política educativa planteada a largo plazo ha hecho que el país genere más graduados competitivos en STEM que ningún otro país del mundo seguida de cerca por la India, y que disfruten del mayor surplus de graduados en disciplinas como ingeniería, computación, matemáticas, física y disciplinas similares del mundo. De hecho, gran parte de los esfuerzos del gobierno chino se dirigen no únicamente a atraer investigadores brillantes de otros países, como a conseguir que los suyos no tengan que plantearse emigrar y encuentren incentivos adecuados para desarrollar su carrera profesional en China. Algo que, por otro lado, parecen también estar consiguiendo: muchas de las compañías chinas más comentadas últimamente tienen como característica común el haber sido fundadas por personas nacidas, criadas y educadas en China, que no han necesitado en absoluto salir del país para triunfar. ¿En qué momento cambia esa narrativa? ¿Qué tiene que plantearse China para romper con esa idea de que los Estados Unidos o Europa son sitios a los que resulta muy razonable y deseable emigrar, pero China, en cambio, no lo es bajo ningún concepto? ¿Hasta qué punto juega ahí el factor político de vivir en un régimen no democrático? ¿Qué tiene de realidad la idea de que vivir en China es algo prácticamente impensable? China puede comprar talento y puede facilitar visados, pero la verdadera barrera no es económica. Para convertirse en un polo global de inmigración cualificada tendría que conseguir que trasladarse allí no fuese percibido como una decisión irreversible, que investigar no exigiese aceptar límites difíciles de anticipar y que emprender no dependiese de una relación cambiante con el poder político. En la historia, hemos visto cómo países con entornos culturales diferentes, como Oriente Medio, se convertían en potentes polos de atracción de trabajadores cualificados y no cualificados gracias a políticas muy concretas y a inyectar grandes cantidades de dinero y de incentivos. Los Emiratos demostraron que el dinero puede compensar muchas distancias culturales. La pregunta es si puede compensar también la ausencia de libertades y de confianza institucional. Hasta ahora, la respuesta parece ser que no. ¿Tiene China que plantearse estrategias similares a las que, en su momento, se plantearon los Emiratos Árabes, para conseguir que muchos trabajadores se desplazasen a lo que eran, literalmente, dictaduras en el medio del desierto? ¿Es comparable el caso? En el momento en que la emigración a China deje de ser simplemente cuestión de casos muy aislados y comience a ser algo mínimamente representativo, apoyado en historias de éxito, las cosas podrían cambiar, pero… ¿cómo de lejos estamos de ese momento y qué podría hacer China para conseguirlo?