Una prescripción de valores para humanizar el mundo de hoy

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Un Stefan Zweig del año 2026 tendría argumentos de sobra para escribir la versión contemporánea de 'El mundo de ayer'. Ahora, como en 1942, cuando se publicó el libro del gran intelectual y gran humanista austríaco, nada se parece a lo que hace unos pocos años parecía normal. Estados Unidos ya no es el garante de la seguridad de Europa, la inteligencia artificial ha revolucionado la forma de entender la vida, el trabajo exige nuevas capacidades, la economía crece, pero la desigualdad lo hace todavía más rápido: los cambios se aceleran y las personas son cada vez más prescindibles. En ese contexto, ¿resulta aceptable el desarrollo cuando no va acompañado por los valores? El tercer Foro Líderes con Propósito, organizado por Vocento, reunió este jueves a pensadores, científicos, economistas y dirigentes empresariales para debatir sobre 'Humanismo y regeneración', una llamada a volver al origen, aprender del pasado y avanzar desde una mirada más humana. Para ir hacia delante, «la clave es la educación porque si no hay educación, no hay futuro», resaltó la filósofa Adela Cortina, que pidió «voluntad» de todos, de los políticos, de los padres y «de la calle» para mejorar la formación de los estudiantes. «Si queremos un futuro bueno, tenemos que construirlo y también tenemos que forjar caracteres excelentes para llevar una vida buena», indicó Cortina, que puso el foco en la educación secundaria, que está «muy descuidada». Además, la catedrática de Ética y Filosofía política en la Universidad de Valencia y también directora académica de la Fundación Étnor, Ética de los Negocios y las Organizaciones, señaló con el dedo a los «personajes públicos», que «están dando un pésimo ejemplo de ética». «Los jóvenes no ven que dialoguen, sino que se insultan y polarizan. Eso es una pésima educación», zanjó. Sobre el porvenir también caviló otro filósofo, Jorge Freire, que denunció una «obsesión por el futuro» que crea «ansiedad» y que se traduce en la expansión «de los sondeos y de los vaticinios». «Nos reíamos de los pitonisos y ahora nos hemos encomendado a ellos», afirmó Freire, que achaca este fenómeno a la ilusión humana de «domesticar al azar» y pidió «abrazarse» a los pilares que sustentan la realidad. La exministra de Asuntos Exteriores Ana Palacio diseccionó unas relaciones internaciones que se encuentran «en mutación». El orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en los fundamentos occidentales, se tambalea y las relaciones de poder «han cambiado», explica Palacio, «porque el poder necesita reglas, pero las reglas no aguantan si no tienen un poder detrás». «Los europeos hemos externalizado durante décadas nuestra seguridad a Estados Unidos sin pagar, pero ya no tenemos esa garantía de seguridad porque Donald Trump no quiere conservar el orden internacional», subraya la actual profesora visitante en la Universidad de Georgetown, una voz imprescindible para entender la diplomacia. En esa «metamorfosis» del mundo juegan un papel clave otros dos actores, China, con el que el presidente de Estados Unidos busca «un equilibro de poder», y Rusia, que es «una amenaza existencial para el proyecto europeo». Con China, el reto es «extraordinario», sostiene Palacio, que cree que el país asiático pretende «insuflar al mundo otros valores, como la armonía, que van aparejados al grupo y no tanto al individuo». En el caso de Rusia, la amenaza nuclear late más que nunca. «Como europeos, tenemos que intentar que Estados Unidos nos mantenga en su paraguas nuclear porque la disuasión funciona cuando resulta creíble», añade. A su juicio, y en este escenario tan complicado, España tiene que defender sus intereses estratégicos, que son los mismos «desde 1714», enumera la extitular de Exteriores: «Europa, el Mediterráneo, como guardianes del Estrecho, y nuestra vocación ultramarina en América Latina». Y como colofón, Palacio reclama unas relaciones entre los aliados tradicionales en Occidente «duraderas, previsibles y basadas en la confianza». Si el desafío internacional es mayúsculo, no lo es menos el reto que ha planteado la inteligencia artificial, que más rápido que cualquier otra tecnología, en apenas cuatro años ha modificado tanto el mundo que hasta ha obligado al ser humano a preguntarse «qué es un ser humano», sostiene Román Orús, uno de esos sabios que trata de imaginar un orden para la disrupción que ha supuesto esta nueva tecnología. «Pensábamos que lo que nos distinguía era nuestra inteligencia, pero ahora vemos que no es así y que una vez, como ha ocurrido con otros avances científicos, ya no somos el centro», asevera este físico de formación. Miembro del Panel Científico de Inteligencia Artificial de la ONU, cofundador y director científico de Multiverse Computing y profesor de Investigación Ikerbasque en el Donostia International Physics Center, Orús pone racionalidad en un debate que despierta los miedos más atávicos. «No vamos a morir todos», tranquiliza ante la duda de si la inteligencia artificial puede descontrolarse y acabar con sus creadores. «Pero sí hay que estar alerta», añade a continuación. «Hemos tenido serios problemas de seguridad en las últimas semanas y no hay que ser alarmistas, pero sí tener cuidado». En su opinión, la directriz para mantener bajo control a una aplicación tan poderosa está clara: «La IA debe alinearse con los intereses humanos». Y para ello, «siempre tiene que responder ante una persona». Porque las personas, sigue Orús, «son las que tienen que transmitir a la herramienta la ética y la moral, y en última instancia, las personas deben tener la responsabilidad de responder de las consecuencias de la inteligencia artificial». «Podemos delegar la capacidad de calcular, pero a la IA no se le puede delegar una decisión sobre la vida humana, algo que sirve tanto para la medicina como para la guerra», agrega el experto. Pese a todas las dificultades, Orús se declara «optimista y realista» sobre la inteligencia artificial. «Todavía nos encontramos en la prehistoria. Estoy convencido de que vamos a hacer una IA mucho más eficiente que nos va a llevar a los mayores avances científicos y también humanísticos, pero que a la vez nos va a cuestionar sobre nosotros mismos», sostiene. Con la inteligencia artificial, y con otras herramientas que quizá todavía no están ni imaginadas, deberán convivir las nuevas generaciones, que se moverán en un futuro complicado, augura el economista José Ignacio Conde-Ruiz. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Complutense de Madrid y subdirector de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), Conde-Ruiz reclama fórmulas que favorezcan a los jóvenes para evitar que acaben «votando con los pies», es decir, marchándose de España. «Estamos en un momento de escasez, y la escasez genera conflicto», dice Conde-Ruiz, para referirse a la brecha generacional que parece enfrentar a los mayores con los jóvenes. «No hay dinero para todos y además, en el futuro habrá menos gente aportando y más recibiendo», cuenta. Y sobre la vivienda, se remite a un juego infantil, el de las sillas. «Ahora mismo hay más culos que sillas, así que hay gente que se está quedando fuera», subraya. «O hacemos algo o los jóvenes lo van a tener muy mal», concluye.