No he visto todavía «The Social Reckoning«, la película que Aaron Sorkin ha escrito y dirigido sobre las revelaciones de Frances Haugen y la investigación de Jeff Horwitz para The Wall Street Journal. Las primeras críticas dicen que no alcanza la complejidad de «The Social Network«, que es demasiado solemne y que su Mark Zuckerberg, interpretado por Jeremy Strong, es poco más que una encarnación del mal, un villano de tebeo sin matices.¿Y qué?Una caricatura deforma la realidad exagerándola. Pero llega un momento en que la realidad se ha vuelto tan grotesca que pretender añadirle matices no la hace más verdadera, sino más cómoda. Zuckerberg no es un pobre chico socialmente inepto y bastante sociópata que perdió el rumbo mientras construía una empresa demasiado grande. Es un adulto que lleva más de veinte años tomando decisiones perfectamente conscientes, disponiendo de información que los demás no teníamos y escogiendo, una y otra vez, el crecimiento, el dinero y el poder.Los Facebook Files demostraron que la compañía sabía que Instagram dañaba la salud mental de muchas adolescentes, que sus algoritmos premiaban la ira y la división, que traficantes y delincuentes utilizaban sus plataformas y que estas contribuían a la polarización política y a la violencia étnica. Lo sabía. Perfectamente. Sus propios investigadores se lo habían explicado. Y, cuando proteger a las personas implicaba reducir la interacción y, con ella, los ingresos, la protección perdía.En Myanmar, Amnistía Internacional documentó cómo los algoritmos de Facebook amplificaron el odio contra los rohinyás y contribuyeron a crear las condiciones para atrocidades reales. En los Estados Unidos, la FTC impuso a Facebook una sanción de cinco mil millones de dólares por engañar a sus usuarios sobre la privacidad. Y este mismo año, una sentencia en Nuevo México ha considerado las plataformas de Meta un perjuicio público (como no podía ser de otra manera), ha contabilizado 75,000 infracciones de la legislación estatal y ha impuesto a la compañía 942 millones de dólares entre sanciones y medidas de reparación.A estas alturas, presentar a Zuckerberg como un psicópata empresarial y un sinvergüenza no me parece una simplificación dramática, sino una conclusión moral perfectamente razonable sobre la que llevo años hablando. El relato desde dentro que ofrece Sarah Wynn-Williams en «Careless People«, calificado por el Financial Times como una crónica sobre una compañía carente de integridad, completa un retrato difícilmente compatible con la idea de un simple empresario que cometió «algunos errores».Por eso, gracias, Aaron Sorkin, y gracias, Sarah Wynn-Williams, por hacer lo que habéis hecho. La película podrá ser buena, mala o mediocre: eso ya tendremos oportunidad de juzgarlo. Pero necesitamos historias que expliquen al público quién controla esas pantallas que condicionan lo que pensamos, sentimos y votamos. Necesitamos poner rostro a la irresponsabilidad, porque Meta no es una abstracción ni un algoritmo caído del cielo. Es el producto de un asqueroso psicópata que ha hecho muchísimo daño a la sociedad.Por el momento, podemos ver estos dos trailers de la película: frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen> frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen>Zuckerberg conserva el 60.8% de los derechos de voto en Meta. No puede esconderse detrás de su consejo de administración, de sus ejecutivos ni de sus relaciones públicas. Hace mucho tiempo que pienso una persona responsable de semejante acumulación de daño debería estar respondiendo ante la justicia penal. Pero no, no está en la cárcel. Sigue siendo presidente y consejero delegado de Meta. Y encima, es multimillonario. Gracias al descomunal daño que nos ha hecho a todos, a infinidad de personas individuales y a la sociedad, ha conseguido ser un maldito multimillonario. Como para no odiarlo.