Los de más edad -han transcurrido seis décadas- lo recordarán como los días en que se iluminó el Arco de la Macarena después de tantos años. Habían pasado treinta desde el estallido de la Guerra Civil y dos y medio desde la coronación canónica de la Esperanza el último día de mayo de 1964. Y la hermandad de la Macarena estaba de celebración. La obtención del título de basílica menor del templo propio dedicado en 1949 había llegado un año antes, en octubre de 1965, como una larga aspiración de los cofrades macarenos una vez habían visto coronada la imagen devocional de la Virgen de la Esperanza. Desde Roma, el cardenal Bueno Monreal comunicó la noticia y se pusieron en marcha los preparativos. La hermandad celebró triduo preparatorio los días 3, 4 y 5 de octubre de 1966 a las ocho de la tarde con predicación a cargo del maestro de ceremonias de la Catedral, el canónigo Alfredo Gallego Sánchez. El jueves 6 se reservó para recibir las reliquias de los santos mártires Félix y Celestino en la parroquia de San Gil, donde se ofició la misa, antes de velarlas toda la noche en una capilla provisional en el despacho del hermano mayor en la casa de hermandad hasta su traslado definitivo al altar de la nueva basílica en la tarde del 7 de octubre, día del Rosario, advocación titular de la hermandad. Las reliquias de estos santos se guardaron en una pequeña caja de plata empotrada en el nuevo altar de mármol dispuesto para la ocasión. Dentro, junto con los restos, se incluyó un pergamino en el que el arzobispo Bueno concedía «a todos los fieles que la visitaren hoy indulgencia plenaria y, para el día del aniversario de su consagración, a los que la visitaren, quinientos días de indulgencia en la forma acostumbrada por la Iglesia». A las seis de la tarde del día de la Virgen del Rosario comenzó la misa de consagración con asistencia del hermano mayor de la Macarena, Carlos Delgado de Cos, y los del Gran Poder, Estudiantes, la sacramental y el Carmen de San Gil y Valme de Dos Hermanas. Todos esperaban fuera a que el obispo llamara por tres veces con su báculo a las puertas sobre las que había asperjado agua bendita también por tres veces tras cantar la letanía de los santos. Entró el arzobispo y un reducido séquito mientras el pueblo esperaba en la puerta a que concluyera la ceremonia. «Más tarde, con mitra y báculo, el prelado se dirigió al centro de la iglesia donde se hallaba formada con arena una X, monograma de Cristo, y con la extremidad del báculo, empezando por el ángulo izquierdo, trazó sobre la arena el alfabeto griego , y luego, empezando por el ángulo derecho, el alfabeto latino, significando con ello que Cristo es el principio, el medio y el fin de todo, y que, sobre esta piedra fundamental deben ser edificados todos los pueblos y razas. Con esta ceremonia acababa de tomar posesión del templo». Concluida la dedicación, se abrieron las puertas para que entraran los fieles y diera comienzo la misa. En la homilía, el cardenal expresó la singularidad de la basílica macarena porque «pocos templos llegan a este solemne acto, rito que tiene un profundísimo significado». «Hoy podemos decir que esta es la Casa de Dios y puerta del cielo », enfatizó antes de detallar y explicar cada uno de los ritos que se habían llevado a cabo puesto que la declaración basilical exigía la previa consagración del templo.