De puertas afuera, Israel no tiene un enemigo tan implacable como Hamás, responsable del asesinato de miles de israelíes desde su fundación en 1987. Pero de puertas adentro, tampoco tiene un activo político tan valioso como el grupo armado palestino, particularmente para aquellos gobiernos que rechazan de pleno la creación de un Estado palestino. Esa tensión, casi esquizofrénica, ha impregnado la política israelí desde hace décadas, hasta quedar en primer plano desde el "alto el fuego" declarado en la Franja de Gaza hace un año. La hoja de ruta presentada por la Junta de Paz para acabar con la guerra le ofrece a Israel lo que lleva muchos años reclamando: el desarme completo de Hamás y su renuncia a seguir gobernando el enclave devastado. Pero lejos de aceptarla, el primer ministro Binyamín Netanyahu ha optado por prolongar la vida de los islamistas y mantenerlos como un instrumento político para avanzar sus intereses. Seguir leyendo....