Las elecciones generales del próximo 29 de noviembre no solo decidirán quién ocupará la Moncloa durante los próximos cuatro años, también abrirán un ciclo electoral decisivo para el futuro político de la Unión Europea. Francia, Italia y Polonia tienen comicios en el horizonte y una pregunta sobrevuela todas estas citas: ¿hasta dónde puede llegar el giro hacia la derecha de las principales potencias europeas?. Las encuestas reflejan una difícil continuidad del Gobierno progresista español y su eventual caída supondría la pérdida de uno de los principales contrapesos a la creciente influencia conservadora en las instituciones comunitarias. Pese a que el panorama es favorable a las derechas a nivel europeo, existen ciertas diferencias importantes entre países. En Francia, Marine Le Pen encabeza las proyecciones presidenciales con entre el 34% y el 36% de los votos en primera vuelta. En Italia, el partido de Giorgia Meloni lidera las encuestas con cerca del 27%, frente al 21% del Partido Democrático. Aunque la coalición de derechas que sostiene a Meloni mantiene un peso electoral considerable, una alianza amplia de la oposición podría superarla, por lo que los pactos serán decisivos. Y en Polonia, aunque la Coalición Cívica de Donald Tusk encabeza los sondeos, la suma de Ley y Justicia (PiS) y la ultraderechista Konfederacja podría dificultar la continuidad de su del Gobierno. No obstante, sus apoyos actuales no garantizan una mayoría parlamentaria.Esta sucesión de citas electorales llega, además, en un momento especialmente sensible para Bruselas, con la política migratoria, la transición ecológica, el gasto en defensa y el próximo presupuesto comunitario sobre la mesa. Su resultado podría modificar no solo la composición del Consejo Europeo, sino también las alianzas y prioridades que han marcado el rumbo de la integración comunitaria durante las últimas décadas.La politóloga Anna López, autora de La extrema derecha en Europa, advierte de que sería precipitado dar por hecho el desenlace. "Estamos ante un ciclo de reordenación, pero sería demasiado pronto para decir que el giro a la derecha está decidido", señala. Aunque la inmigración, la inseguridad y el malestar económico alimentan el discurso de las fuerzas radicales, cuestiones como la vivienda o la protección del Estado del bienestar también pueden movilizar al electorado progresista.Más allá de quién gobierne en cada país, la disputa estará en qué posiciones terminan imponiéndose en las negociaciones comunitarias. Ruth Ferrero, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, considera que el principal riesgo no reside únicamente en que la extrema derecha conquiste nuevos ejecutivos, sino en que sus planteamientos "terminen convirtiéndose en el nuevo consenso europeo", asumidos incluso por los partidos conservadores tradicionales.Uno de los ámbitos donde más podría notarse ese cambio es la política migratoria y de asilo, cuyo endurecimiento ya cuenta con el respaldo de numerosos Estados miembros. Ferrero anticipa una profundización de las medidas restrictivas, con mayor externalización del control fronterizo y procedimientos acelerados de devolución. Una tendencia que podría extenderse, además, a la transición ecológica, donde las regulaciones ambientales encuentran cada vez más resistencias.El terreno económico será otro de los grandes escenarios que pueden verse afectados. Bruselas debe negociar el próximo marco financiero plurianual, que determinará cómo se distribuyen los recursos entre cohesión territorial, agricultura, defensa y nuevas prioridades industriales. Aquí, sin embargo, las derechas están lejos de formar un bloque homogéneo. La politóloga recuerda que conviven posiciones fiscalmente restrictivas con otras intervencionistas y nacionalconservadoras, diferencias que podrían dificultar la construcción de una agenda común.También están en juego la protección del Estado de derecho, las relaciones internacionales y el apoyo a Ucrania. López coincide en que inmigración, clima y defensa serán los principales terrenos de disputa, aunque introduce una cautela: "No debemos imaginar un Consejo Europeo convertido automáticamente en un bloque de ultraderecha". Los intereses nacionales siguen siendo distintos y las reglas de votación limitan la capacidad de cualquier Gobierno para imponer unilateralmente sus preferencias.En este escenario, el resultado español adquiere especial relevancia. Pedro Sánchez es uno de los pocos jefes de Gobierno socialdemócratas que permanecen al frente de un Estado miembro, por lo que una victoria de Alberto Núñez Feijóo reforzaría la presencia del Partido Popular Europeo entre los grandes países de la Unión y modificaría las posiciones españolas en las negociaciones comunitarias.Las encuestas apuntan a esa posibilidad. El promedio de los sondeos atribuye 137 diputados al PP y 65 a Vox, frente a los 104 del PSOE. Además, una encuesta de 40dB publicada este viernes mantiene la mayoría absoluta de las derechas, con una estimación conjunta de 198 escaños.Pero el efecto de una eventual salida de Sánchez iría más allá del reparto de poder entre familias políticas. Ferrero destaca que España ha contribuido durante los últimos años a mantener abiertos debates que otros gobiernos habrían preferido relegar, especialmente en torno a Palestina y las políticas migratorias. Por tanto, considera que su ausencia en el Consejo Europeo reduciría las posibilidades de construir alianzas alternativas en política exterior y derechos fundamentales.A ello se añade el peso del PSOE dentro de la socialdemocracia europea. Los socialistas españoles constituyen una de las delegaciones más importantes del grupo de Socialistas y Demócratas (S&D) en la Eurocámara, una influencia que López compara con la que ejercen los conservadores alemanes dentro del PPE. Una derrota de Sánchez no modificaría automáticamente el número de eurodiputados socialistas, elegidos en 2024, pero sí debilitaría la capacidad política que proporciona gobernar la cuarta economía de la UE.Las consecuencias podrían extenderse hasta las próximas elecciones europeas de 2029. López advierte de que los acuerdos puntuales entre el PPE y las derechas radicales podrían convertirse en una nueva aritmética parlamentaria estable. "La normalización precede a la transformación", resume. De hecho, los populares europeos ya han recurrido al apoyo de la ultraderecha para sacar adelante iniciativas en materia migratoria y ambiental. Un escenario que podría restar aún más centralidad a la tradicional mayoría de populares, socialistas y liberales.De las tres grandes citas previstas para 2027, Francia aparece como la más determinante. Las presidenciales de primavera marcarán el final de la etapa de Emmanuel Macron, que no puede aspirar a un tercer mandato consecutivo, y podrían abrir las puertas del Elíseo a la extrema derecha. Marine Le Pen parte con una ventaja considerable en los sondeos, aunque su posible candidatura continúa condicionada por el proceso judicial relativo a su condena por malversación de fondos europeos. Además, el sistema electoral francés establece una segunda vuelta en las elecciones presidenciales, un mecanismo que históricamente ha perjudicado a la extrema derecha, primero al Frente Nacional y después a Agrupación Nacional. Esto se debe a que los partidos de izquierda y derecha tradicionales han tendido a unir sus apoyos en torno a un candidato común para impedir su llegada al Elíseo, una estrategia conocida como cordón sanitario. "Francia es la pieza más estratégica", sostiene López, por su dimensión para condicionar, junto a Alemania, las grandes decisiones comunitarias. Ferrero comparte ese diagnóstico y recuerda que se trata de una potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y uno de los motores históricos de la integración europea. En Italia, la incógnita es si Giorgia Meloni conseguirá asentar su modelo de gobierno. Este jueves, el Parlamento aprobó una controvertida reforma electoral que sustituye el anterior sistema mixto por otro proporcional y garantiza una mayoría parlamentaria a las coaliciones que superen el 42% de los votos. Aunque la oposición denuncia que busca favorecer a la primera ministra, la nueva fórmula podría beneficiar al centroizquierda si logra mantenerse unido.A ello se suma la irrupción de Futuro Nacional, el partido ultraderechista del exgeneral Roberto Vannacci, que ronda el 8% de los apoyos y resta votos a la coalición gobernante. Con las elecciones previstas para 2027, no se descarta un adelanto a primavera. Para Ferrero, la continuidad de Meloni permitiría consolidar la experiencia italiana como referencia para otras fuerzas nacionalconservadoras europeas.El tercer escenario es Polonia, donde el Gobierno europeísta de Donald Tusk afrontará elecciones parlamentarias en otoño de 2027. Aunque su Coalición Cívica aventaja a Ley y Justicia (PiS), que ronda el 21%, el crecimiento de la ultraderecha a través de los partidos Konfederacja y Confederación de la Corona Polaca complica la continuidad de la actual mayoría. Su posición en el flanco oriental de la UE añade una dimensión geopolítica relevante, ya que un cambio de alianzas podría repercutir en la defensa continental y las relaciones con Ucrania.La acumulación de estos procesos podría transformar la capacidad de negociación dentro de la Unión. Ferrero recuerda que para bloquear determinadas decisiones de la UE se necesita una alianza de al menos cuatro países que representen más del 35% de la población europea. Una coordinación entre varios grandes países permitiría una influencia muy superior a la ejercida hasta ahora por gobiernos aislados como el húngaro.