Muere Xosé Manuel Beiras, el músico frustrado detrás del enfant terrible de la política gallega

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Llovía a mares sobre Brión. Era noviembre de 2012 y Galicia parecía empeñada en recordarnos que el otoño, por estas tierras, no admite demasiadas concesiones. Esquivamos charcos hasta alcanzar la entrada de una casa de piedra, de esas que parecen haber estado siempre allí, indiferentes al paso del tiempo.Era A Reboraina, el refugio de Xosé Manuel Beiras a quien íbamos a entrevistar para Antena 3 Noticias.Nos abrió la puerta Aurichu Pereira, su compañera y cómplice de vida. Nos recibió con una sonrisa y esa hospitalidad que no necesita ceremonias.—Pasad, os está esperando. ¿Queréis un café?Fuera seguía diluviando. Dentro nos esperaba otro mundo.Había libros apilados por todas partes: viejos, nuevos, ocupando estanterías y rincones. Libros usados de verdad, de esos que se abren, se subrayan, se consultan y se vuelven a leer. Ninguno parecía estar allí para decorar. A un lado, el piano y sus partituras. La música presente incluso en silencio.La casa tenía el maravilloso encanto de los lugares habitados por personas que dedican más tiempo a pensar, leer, crear o discutir que a colocar las cosas en su sitio. Un desorden ordenado, íntimo, auténtico. Las letras y la música parecían haberse repartido el territorio. Y no quedaba mucho espacio para nada más.Allí estaba Beiras. Se levantó para recibirnos. El saludo fue correcto, escueto. La primera impresión fue la de un hombre algo distante, quizá introvertido. Nada que ver con aquel personaje volcánico que tantas veces habíamos visto en la tribuna del Parlamento gallego.—¿Dónde queréis que nos sentemos?—Donde a usted le guste.—Me gusta aquí, en la biblioteca.No podía haber elegido mejor escenario. Ni haber hecho, sin pretenderlo, una declaración de intenciones más precisa.El hombre detrás del personajeAquel noviembre, Xosé Manuel Beiras acababa de protagonizar uno de esos regresos que alteran los pronósticos políticos.Alternativa Galega de Esquerda, la coalición que había impulsado junto a otras fuerzas de izquierda, acababa de irrumpir en el Parlamento de Galicia con nueve diputados. Se había convertido en la tercera fuerza política gallega, por delante del BNG, el partido del que Beiras había sido durante décadas su principal referente.Tenía 76 años. Había dejado atrás el BNG y regresaba a la primera línea cuando muchos daban por concluida su trayectoria política.Pero él rechazaba que aquello fuera una vuelta. “No me retiré nunca”. Lo explicaba recurriendo a una metáfora militar. Había dejado el Estado Mayor, situado en la retaguardia, para pasar a la infantería. A esa primera línea donde, según sus palabras, estaban “las bofetadas y los tiros”.Hablaba con pasión. Argumentando cada respuesta, desarrollando cada idea, abriendo paréntesis y regresando al punto de partida sin perder el hilo.A veces daba la impresión de que no respondía a una periodista, sino que impartía una de aquellas clases universitarias en las que el profesor se niega a simplificar lo que considera esencial.Porque Beiras era, antes y además de cualquier otra cosa, un intelectual.Economista, catedrático de Estructura Económica en la Universidad de Santiago, autor de obras esenciales para comprender la realidad económica de Galicia, había hecho del conocimiento una manera de interpretar el mundo. Y de intentar cambiarlo.No era un hombre de consignas fáciles. Aunque sabía utilizarlas.La indignación como forma de compromisoAquella conversación transcurría en un momento especialmente convulso. España seguía inmersa en las consecuencias de la crisis económica. Los recortes, el desempleo y el deterioro de los servicios públicos ocupaban buena parte del debate político.Beiras había incendiado la campaña electoral con unas declaraciones sobre las consecuencias de los recortes sanitarios. Sus palabras habían provocado una enorme polémica.Le pregunté por ellas.No retrocedió.“¡No solo mata el desmontaje de la sanidad pública! Matan estas políticas”.Hablaba del sufrimiento de las personas, de los suicidios, de las consecuencias que, a su juicio, podían tener las decisiones de un gobierno. Sus palabras eran durísimas. También controvertidas. Pero no parecía dispuesto a retirarles una sola arista.“Ya está bien de historias de si se mata o no se mata”, insistía.Beiras nunca había tenido pelos en la lengua. Ni demasiados reparos a la hora de acompañar sus discursos con gestos que acababan convirtiéndose en símbolos.Ahí estaba aquel zapato que había levantado en el Parlamento gallego en 1993, durante una protesta contra los cambios en las reglas electorales y parlamentarias. Un gesto que terminó formando parte de la iconografía política de Galicia.Podía resultar excesivo. Podía incomodar. Sin embargo, aquel hombre que podía parecer desmesurado en sus formas era también capaz de razonar durante horas cada una de sus convicciones.En esa biblioteca, sus ideas no parecían un argumentario preparado para la entrevista. Formaban parte de una manera de estar en el mundo.Un nacionalista que pensaba más allá de GaliciaBeiras había recorrido prácticamente toda la historia del nacionalismo gallego contemporáneo. Desde la oposición al franquismo y la fundación del Partido Socialista Galego hasta la construcción del BNG, al que condujo a su mayor representación parlamentaria en 1997.Pero su pensamiento nunca se detuvo en las fronteras gallegas.En nuestra conversación cuestionó profundamente el modelo territorial español. Consideraba que el Estado de las Autonomías había llegado a una “fase terminal” para las naciones sin Estado y hablaba de un régimen “en putrefacción”.Defendía una “ruptura democrática” y la apertura de un nuevo proceso constituyente. No eran ideas improvisadas. Había dedicado décadas a estudiarlas, defenderlas y discutirlas.El político que decía no serlo“Hay misiones imposibles que no son imposibles” pronunció con rotundidad.Y, sin embargo, insistía en que no era político: “Soy un músico frustrado, un profesor de universidad” mientras aseguraba que si estaba en política era “para pelear”.Tal vez no rechazaba tanto la condición de político como lo que aquella palabra había terminado significando. Para él, la política parecía ser una consecuencia de sus ideas, no una profesión. Algo que se hacía porque había cosas que defender y otras que cambiar.Podía abandonar un partido, romper alianzas, equivocarse o empezar de nuevo. Lo que no parecía dispuesto a hacer era renunciar a sus convicciones para encontrar empatía.Su trayectoria estuvo atravesada por enfrentamientos, rupturas y contradicciones. Su personalidad, tan capaz de movilizar entusiasmos, también provocó desencuentros profundos.Beiras no fue un personaje sencillo. Ni sería justo recordarlo como si lo hubiera sido.Cuando se apaga la cámaraAcabamos la entrevista y descubrimos algo más. El Beiras de las respuestas vehementes, el de los argumentos encadenados y las afirmaciones rotundas, comenzaba a relajarse.Y apareció un conversador extraordinario.De esos con los que uno tiene la sensación de que siempre queda algo interesante por escuchar. Podía hablar de política, de historia, de literatura o de música y encontrar conexiones donde otros apenas veíamos asuntos separados.No había desaparecido el hombre combativo. Simplemente había bajado la guardia. Seguía invitándonos a movilizarnos, a reivindicar derechos, a no resignarnos. Lo hacía con la misma convicción, pero sin la tensión que impone una cámara encendida.Con él había también espacio para la ironía. Durante la entrevista habló de la necesidad de que los políticos hicieran ejercicios de humildad. Y reconoció, divertido, que él ya había curado su narcisismo juvenil.De joven, vino a decirnos, había sido guapo, listo, buen estudiante y tocaba el piano. Lo contaba con esa mezcla de orgullo e irreverencia que le permitía reírse de sí mismo sin renunciar del todo a su personaje.Pensé entonces en el piano que habíamos visto al entrar. En las partituras. En ese hogar donde los libros parecían haber encontrado su sitio sin necesidad de que nadie los ordenase.Quizás aquel músico frustrado del que hablaba con una sonrisa no estuviera tan lejos del político que se negaba a reconocer como propio. En ambos había algo de pasión, de disciplina, de interpretación. Y también de inconformismo.La música no era una afición secundaria en la vida de Beiras. Formaba parte de su universo intelectual y emocional. Como la literatura, el arte o las largas conversaciones.Y estaba Aurichu. La mujer que nos había recibido y que había compartido con él más de cuatro décadas de vida. Pintora, creadora, con una trayectoria propia. Resultaba fácil reconocer allí un territorio compartido de sensibilidades, ideas y afectos.Habíamos entrado en algo más que el domicilio de un dirigente nacionalista. Era el lugar donde habitaba el hombre cuando dejaba de representar al personaje público.La última conversaciónHoy Xosé Manuel Beiras ha muerto a los 90 años. Ha fallecido en A Reboraina, aquella casa de piedra de Brión a la que llegamos empapados una mañana de noviembre de 2012. Aurichu ya no está allí. Murió en 2023.Con Beiras se va una figura fundamental del nacionalismo gallego. Un hombre de convicciones profundas, incómodo en ocasiones, brillante en la conversación, apasionado en la defensa de sus ideas. Alguien que nunca separó del todo el pensamiento de la acción.La familia ha elegido el Museo do Pobo Galego, en Santiago de Compostela, para su despedida. Un lugar cargado de significado para quien dedicó tantas décadas a pensar Galicia y a reivindicar su identidad.Sin embargo, al conocer su muerte, he regresado mentalmente a aquella biblioteca.A los libros desordenados. Al piano silencioso. A la sonrisa de Aurichu. A aquel hombre que se levantó para recibirnos con cierta distancia y terminó regalándonos una conversación que fue mucho más allá de la entrevista.Recuerdo su cultura, su ironía, su carácter. Aquella forma tan suya de hablar de política como si estuviera hablando de la vida.Y me quedo con una de sus frases: “La política no es el arte de lo posible, sino el arte de hacer posible lo necesario”.Tal vez ahí estuviera la mejor definición de Xosé Manuel Beiras.Un hombre que pasó la vida haciendo política. Y que no quiso llamarse político.