Por un lado, están las declaraciones aparentemente tranquilizadoras, con Vladímir Putin insistiendo en que Rusia no tiene planes ni intenciones de atacar a ningún país de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como acaba de reiterar tanto en el Foro de la Cultura, en San Petersburgo, como en la sesión plenaria del Club de Debate Valdái, en las afueras de Moscú. En esa misma línea, como si el incumplimiento de ese mismo compromiso referido a Ucrania no hubiera quebrado hace tiempo la credibilidad del Kremlin, se presenta en todo caso como víctima de la agresión de otros, lo que le obliga a defenderse, avisando de paso que está dispuesto a emplear todos sus medios a su alcance si algo atenta contra sus intereses de seguridad (ahora con Kaliningrado como referencia más explícita).Por otro, se multiplican los actos de guerra híbrida y los anuncios de intensificación de la apuesta militarista. Tan sólo en el pasado mes de septiembre se han registrado más de una cincuentena de incidentes calificados por diferentes gobiernos de países europeos y aliados de la OTAN como guerra híbrida –es decir, ciberataques, desinformación, espionaje, violaciones del espacio aéreo y marítimo y sabotajes encubiertos–. Y en prácticamente todos ellos ha quedado registrada la huella rusa. Para algunos se trata del preludio de un ataque directo, sea puntual –como una incursión terrestre sobre Narva, en la frontera rusa con Estonia– o más general –para tomar por ejemplo el control del corredor de Suwalki, en la frontera entre Lituania y Polonia–, sin descartar para otros una invasión fontal y masiva contra territorio OTAN.Quienes se inclinan por plantear que estamos abocados a sufrir una invasión rusa en toda regla parecen olvidar que la teóricamente extraordinaria maquinaria rusa no ha sido capaz en más de cuatro años de vencer a Ucrania en el campo de batalla. Una Ucrania sumida en una gravísima crisis económica, con un alto nivel de corrupción estructural y que no había sido capaz de resistir la primera oleada de intervencionismo ruso en 2014. Una Ucrania, en resumen, que parecía un objetivo fácil en el marco de la “operación especial militar” impulsada por Putin y que, sin embargo, ha resultado un rotundo fracaso, llevando a Rusia a empantanarse en una guerra de desgaste en la que, aunque disfrute de una obvia superioridad demográfica y haya transformado su sistema en una economía de guerra, la victoria está fuera de su alcance. En otras palabras, si Rusia no puede militarmente con Ucrania, sería irracional que emprendiera una ofensiva militar contra la Unión Europea (UE)-OTAN (23 miembros de la UE son también aliados en la OTAN), no sólo porque la capacidad de respuesta de estos es abrumadoramente superior a la de Kyiv, sino también porque haría aún más difícil su campaña contra Ucrania al tener que diversificar sus esfuerzos en múltiples direcciones.Por supuesto, Ucrania sigue siendo el objetivo prioritario de Rusia y eso significa que no está dispuesto a quedarse con las manos vacías tras todo el esfuerzo (y el coste humano y económico) realizado hasta aquí. De ahí que, con intención de doblegar definitivamente la resistencia tanto de las Fuerzas Armadas como de la población ucraniana, Moscú calcula que necesita reforzar aún más la apuesta en una doble dirección.Por una parte, enviando sonoros mensajes al resto de Europa, haciéndole ver a los Veintisiete que tiene capacidad y voluntad para castigar al que se empeñe en seguir respaldando a Kyiv. Pretende, de ese modo, dejar a Volodímir Zelenski y los suyos sin un apoyo vital para evitar la rendición ante Moscú. Pero cuidando al mismo tiempo de no provocar una respuesta militar por parte de esos gobiernos, consciente de que si no puede imponer su dictado a un país como Ucrania (en crisis y aparentemente débil), menos aún podría hacerlo contra otros mucho más fuertes. Las acciones de guerra híbrida, por tanto, no deberían ser la antesala de una confrontación directa con la UE-OTAN, sino sólo un instrumento para aislar a Kyiv de sus apoyos occidentales. Evidentemente, actuar de esa manera lleva aparejado el enorme riesgo de un resbalón, que puede provocar consecuencias indeseadas para su promotor al disparar una escalada de acción-reacción que acabe por desembocar en un escenario que debería ser indeseable para todos los actores implicados.En paralelo, el Kremlin acaba de anunciar que el borrador de presupuestos para el año 2027 contempla un incremento del 27% en el capítulo de defensa en comparación con lo que Moscú había previsto inicialmente para ese año, lo que supondría en torno a los 200.000 millones de euros. Si se contempla esa dinámica alcista desde 2021 el resultado final es que Rusia habría más que duplicado su gasto en defensa en seis años. Si ese anuncio se materializa finalmente supondrá que, a pesar de las sanciones internacionales, Putin está dispuesto a profundizar en la senda militarista, contando con los fondos necesarios para seguir alimentando a la industria de defensa y para reclutar a más efectivos de combate. De hecho, acaba de firmar un decreto que eleva la plantilla de las Fuerzas Armadas hasta los 2,44 millones de personas, de las que 1,55 millones son efectivos militares en servicio activo. La importancia de esta decisión es extraordinaria si se tiene en cuenta que es el cuarto aumento de efectivos en lo que va de año, cuando solo se habían registrado tres aumentos desde el inicio de la invasión de Ucrania.Y todavía le queda la baza de poner en marcha una movilización general.Autor: Jesús A. Núñez VillaverdeLa entrada Rusia intensifica aún más su apuesta militar se publicó primero en Real Instituto Elcano.